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| El soldado cubano en la Guerra del 95: hábitos, costumbres e inventivas para sobrevivir . | ||
Autor(a): Dra. Yolanda Díaz. Vivir es la primera prioridad del ser humano, de que esto pueda ser logrado o no, se derivaran toda una serie de necesidades que acompañarán al hombre mientras exista. De ahí que la subsistencia - entendida como el conjunto de medios y medidas encaminados a permitir y garantizar la vida -, pasará a ser la prioridad básica del ser human, y la misma pondrán en funcionamiento todos los resortes, vías y modos que la hagan posible. Garantizar la subsistencia es imprescindible tanto en tiempos de paz como en la guerra, aunque en el segundo caso se convierte en un propósito mucho más complejo, si tenemos en cuenta que en medio de un hecho bélico el subsistir está condicionado por la capacidad de lograr escapar ante todo de la muerte, y luego luchar por alcanzar los alimentos y aliviar las necesidades espirituales que suponen estar lejos del hogar, la familia y las cosas cotidianas que anteriormente rodeaban al soldado, como el trabajo, los amigos, los entretenimientos, etc. Teniendo en cuenta lo anterior, intentar un acercamiento a la vida en campaña de los soldados cubanos que combatieron por lograr la independencia del yugo colonial español durante la segunda mitad del siglo XIX es, ante todo, acercarnos al ser humano con toda la carga de motivaciones, aspiraciones, ilusiones, decepciones, dificultades, etc., que entrañó la guerra. Con muy escasos recursos, los soldados cubanos tuvieron que ingeniárselas para lograr superar el gran reto que suponía enfrentarse a un ejército superior no sólo en número de hombres, sino también en disponibilidad de armas y con apoyo económico para mantener el avituallamiento permanente de sus tropas. Sin embargo investigaciones resientes han permitido demostrar que durante el conflicto estudiado, la soldadesca española confrontó serias dificultades con su subsistencia, en plena contradicción con la forma en que se suponía debía funcionar el abastecimiento a sus tropas , así como la atención sanitaria y a todo tipo de necesidades en general, lo cual incidió en su rendimiento y capacidad combativa. También los mambises fueron implementando alternativas que le permitieran mantenerse durante el tiempo que duró la contienda de 1895-1898, etapa particular a la que nos referiremos, teniendo en cuenta la disponibilidad de fuentes para el estudio del tema en cuestión y el avance que desde el punto de vista organizativo tuvo esta contienda. Para garantizar el abastecimiento de los cubanos, dentro de la estructura organizativa del Ejército Libertador, existía el Cuerpo de Administración Militar creado en diciembre de 1897. Como es de apreciar este se instituyó cuando poco faltaba para completar el tercer año de lucha armada y ante la inminencia de una intervención norteamericana en el conflicto. Esta circunstancia motivó que durante la mayor parte del tiempo el soldado cubano tuviese que ser abastecido a través de la estructura civil de gobierno con las consabidas contradicciones que ello podía entrañar, al estar subordinada una cuestión militar a la Secretaria del Interior.1 Así, para garantizar sus suministros, el soldado cubano se vio obligado a implementar tantas vías como posibilidades tuviese. Una de las principales fueron las prefecturas. Un periodista del periódico La Discusión las describía así en abril de 1895: “En breve incursión por los campos insurrectos no dejó de llamarnos la atención la existencia de un campamento en condiciones excepcionales. Hállase asentado en una intrincada y abrupta sierra. Aquello más que un inmenso campamento, constituye un verdadero poblado, donde han buscado albergue multitud de familias, hay pequeños huertos y estancias con siembras y crianzas, y se lleva una vida aislada por completo de la jurisdicción. Allí han resucitado los prefectos."2 Como puede apreciarse ellas fueron el refugio para una parte de la población que por una causa u otra no se sumó a la lucha; en dependencia de la región estas podían establecerse en el interior del monte, en terrenos de una ciénaga, en elevaciones, en cuevas, etc., primando siempre como medida principal la mayor inaccesibilidad posible para el Ejército Español. El hecho de tener que garantizar suministros para una población no combatiente planteó como dificultad la limitación en el abastecimiento a los miembros del Ejército Libertador, pero de cualquier forma estas contribuyeron a su alimentación y demás necesidades generales, a la par que crear condiciones propicias para facilitar el servicio de comunicaciones. Productos agrícolas tales como maíz, malanga, yuca, boniato, arroz, ñame, calabaza, etc., se convirtieron en alimentos habituales de la dieta del soldado cubano, las que frecuentemente eran obtenidas de las prefecturas; independientemente de lo anterior en algunas regiones abundaban productos particulares, Eduardo Rosell y Malpica3 narra cómo en la prefectura de Toa, eran abundantes los cacaotales, cocales y platanales, el primero suplía la ausencia del café y acerca de los otros refiere que era imposible acabar totalmente con ellos. En las ubicadas en el interior del intrincado monte se estimulaba el cuidado y crianza del ganado caballar y vacuno, lo cual debía permitir la reposición de las cabalgaduras del soldado y la carne para el suministro de las fuerzas, generalmente salada. Era común encontrar también talleres dedicados a diferentes actividades como la curtimbre, talabartería, reparación de armas, fabricación y recuperación de proyectiles o elaboración de calzado y ropas. La adquisición de recursos en las prefecturas, respondía al principio de territorialidad. Las fuerzas que operaban en una región determinada se trasladaban a la prefectura más cercana a fin de obtener en ella lo necesario, previa autorización de cualquier autoridad civil del territorio: Gobernador, Teniente Gobernador o, incluso, el Secretario del Interior, pero cuando resultaba imposible localizar a algunas de estas autoridades, imperaba la necesidad y entonces los soldados cubanos se apropiaban de todo lo que necesitasen y hubiese en existencia, sin importar el reclamo de la autoridad de la prefectura. Como quiera que la prefectura no lograba suplir las necesidades, también el arribo de expediciones se convirtió en otra variante por la cual suplir las carencias. Sin embargo, esta vía debió afrontar varios problemas, uno de ellos fue tener que funcionar en territorio norteamericano, y Estados Unidos con su falsa neutralidad siempre respaldó los intereses norteamericanos, con lo cual permanentemente los cubanos y no cubanos simpatizantes con la lucha que se libraba en la Isla, tenían que permanecer bajo el constante asedio de las autoridades de ese país. A lo anterior se unía lo inadecuadas que en ocasiones eran las embarcaciones, lo que les impedía a veces escapar de la persecución española, o zozobrar por su mal estado y deterioro. Finalmente estaba el problema de los lugares para desembarcar, teniendo en cuenta las dificultades que creaba el sistema de vigilancia español dentro de la Isla, la inaccesibilidad de algunos lugares para garantizar un adecuado desembarco, o las propias contradicciones entre los cubanos, todo lo cual incidió que la distribución de lo que arribaba en las expediciones no se comportara de manera similar para toda la Isla. Una vez desembarcado el material en la Isla, su entrega a la tropa se efectuaba a partir de redes de distribución, que debían garantizar la adecuada recepción. La Secretaría de Hacienda debía encargarse de entregar la mercancía a la de Guerra para su posterior distribución, pero e se mecanismo era poco operativo dada la situación irregular que planteaba la guerra y, por tal razón, solamente la rapidez y habilidad de los combatientes cubanos podían salvar los recursos recibidos, circunstancia que tropezaba con el mecanismo establecido por el Consejo de Gobierno. Al llegar una expedición, la práctica común fue la recogida de lo desembarcado por la tropa más cercana al lugar, la que debía encargarse de compartir lo recaudado con otras fuerzas, este principio no siempre se cumplía y no se declaraba la totalidad de lo recibido, lo que permitía disponer de una reserva; así algunos jefes militares, sobre todo de la zona occidental, veían con disgusto como la mayor cantidad de recursos - armas, municiones, medicinas y alimentos- quedaban en el otro extremo de la Isla, mientras ellos apenas tenían con que enfrentar al enemigo. Una mirada a lo aportado por ellas nos permitirá advertir que los alimentos, el vestuario, el calzado y las medicinas, no fue lo más abundante, a pesar de los esfuerzos y la disposición que establecía el empleo de los fondos del Partido Revolucionario Cubano solo para satisfacer las necesidades generales de la tropa.4 Entre lo transportado hacia Cuba aparecen no más de 70 cajas de zapatos y ropa, número menor de medicinas y material quirúrgico, así como 650 000 raciones de víveres, aunque debemos decir que se desconoce el contenido exacto de algunas expediciones. En noviembre de 1897, Tomás Estrada Palma escribía a Félix F. Pérez en Kingston, para que organizara pequeñas expediciones que saliendo de Caimán Grande desembarcaran en la zona central. Sin importar el país de procedencia, estos pequeños embarques debían dar prioridad al traslado de: vestuario, calzado y medicinas.5 Por ello ante la carencia de productos tan esenciales como las anteriormente señaladas el soldado cubano debió implementar otras vías que le posibilitaran suplir sus necesidades, llegando incluso a usar las ropas de sus homólogos españoles muertos en acción, generando escenas como la narrada por José de Parra Quintero en su libro, quien refiere como durante un descanso nocturno un soldado mambí, que frecuentemente tenía pesadillas, despertó en medio de la noche y al ver a su lado a otro que dormía con una camisa de las que usaba el soldado español, se levantó dando gritos y dispuesto a atacarlo, pues creía que los españoles habían entrado al campamento.6 Igualmente los pacíficos eran desprovistos de ropa y calzado, con la consiguiente protestas de estos, pero fue el “aporte” que debieron dar a quienes cada día arriesgaban la vida luchando. Con la política de Reconcentración implementada por Weyler la situación de apoyo y sostén por parte de la población cubana se complejizó, por ello fue muy frecuente que los sacos de yute o los de envasar harina, arrebatados a los españoles, fueran usados como vestidos, haciéndoles aberturas para sacar la cabeza y los brazos, atándose a la cintura una soga o banda de yagua que servía para ajustar la pieza al cuerpo y portar el machete. Otras veces ni siquiera eso, solo contaban con taparrabos que les cubrían un poco más abajo de la cintura. A las dificultades para lograr garantizar la indumentaria, se añadía su continuo deterioro después de tanto bregar por el monte, desgarrándose de manera tal que a veces las ropas solo eran jirones, se dio el caso de más de un oficial de baja graduación que mostraba las insignias incrustadas en las bandoleras, a falta de camisa u otra prenda de ropa que cubriera su torso. Para garantizar el calzado, además del que se elaboraba a partir del cuero curtido de las reses sacrificadas, también estaba el que se arrebataba a los soldados españoles, así como el que se fabricaba con la yagua de la palma real que aunque no era duradero ni muy seguro, al menos brindaba cierta protección. Su confección era muy sencilla, por lo que podía ser repuesto periódicamente. También se implementaron otras variantes tales como el asalto a convoyes, a zonas de cultivo, fortines y poblaciones, aunque estas se comportaron de manera irregular por regiones, así el asalto a convoyes fue más característico de la zona oriental, mientras a las zonas de cultivo lo fueron en la región centro occidental. En los poblados asaltados se extraía de las tiendas, comercios, farmacias y otros lugares todo lo que pudiera ser de utilidad para los cubanos: frazadas, vestuario, telas, calzado, hamacas, machetes, ropas, medicinas, etc. El continuo asalto a las zonas de cultivo españolas proporcionaba viandas y carne y en muchos casos pusieron a prueba la intrepidez y astucia de los soldados cubanos para penetrar en estas zonas sin ser detectados y sacar las reses. Pero las necesidades obligaron a los cubanos a utilizar vías que no por ser eventuales, dejaban de ser conocidas y de las cuales frecuentemente se valía el campesino cubano para cubrir sus necesidades alimentarias, estos métodos tenían mucho que ver con habilidades que habían desarrollado y que le permitían encontrar aquello que pasaba inadvertido para el soldado español: restos en los boniatales, tablas de yuca y platanales. En ocasiones llegaban a sitios abandonados, donde predominaba la hierba y sin embargo encontraban alguna variedad de tubérculos que, por su pequeño tamaño, habrían sido desechados por otros soldados. El apremio por alimentarse hizo que la dieta del cubano fuera tan variada como escasa. Para algunos la carne de los animales de carga - caballos, mulos y asnos- no resultaba apetecible por su fuerte olor, sabor y por el aspecto que tenía al ser hervida, pero cuando el hambre arreciaba, los escrúpulos quedaban a un lado y entonces esa carne se convertía en exquisito manjar. Con la jutía se elaboraban, según el criterio de los soldados cubanos, exquisitos asados y ajiacos. Algunos mambises se internaban en los bosques y cazaban puercos jíbaros, venados y jabalíes. Del majá se consumía su carne, y se empleaba la piel y la manteca, esta última para uso medicinal; con trampas y lazos eran capturadas diversas aves que también ayudaban a la alimentación; siguiendo el vuelo de las abejas podían llegar hasta donde estaban las colmenas de las que extraían la miel, rica en nutrientes y utilizada para elaborar la apetecida canchánchara cubana;7 de los lagos y lagunas eran sacadas jicoteas, peces, jaibas y cortaban el berro que utilizaban para añadir a los caldos y ajiacos o para consumir en su estado natural. También algunas variedades de la flora cubana aportaban alimentos sustitutivos: de la palma extraían el corojo para su alimento y el palmiche para las cabalgaduras; del corazón de la majagua sacaban una especie de caimito utilizado para elaborar frituras y se obtenía un liquido similar al guarapo; del coco, se aprovechaba el agua y la masa para elaborar el aceite; del curujey, planta similar a la de la piña pero de habitad parásito en árboles frondosos, se obtenía el agua que se acumulaba cuando llovía y cuya descomposición demoraba; la caña se consumía en su estado original, o procesada en forma de azúcar, raspadura o melao, todo lo cual, además, podía ser vendido o cambiado por otros productos; para conseguir la sal raspaban unos caracoles que se adherían a las raíces de los mangles. Muchas veces las frutas fueron el único alimento; el tamarindo, el mango, el mamey, la guayaba y la naranja fueron una dieta regularmente recurrida por los combatientes cubanos. Esa misma flora proveyó a los mambises de los productos que permitieron sustituir las medicinas no tuvieron en el momento preciso, ya fuera a causa de la persecución enemiga, o por la insuficiente disponibilidad. Un caso muy representativo fue el empleo de la aguedita , hierba silvestre muy común en los campos cubanos, con la cual hacían un extracto que después de procesado permitía elaborar píldoras que sustituían a la quinina. Cuando las fiebres eran elevadas y causadas por problemas gástricos, se utilizaba un laxante confeccionado con güira cimarrona y miel de abejas , con la precaución de no excederse en la dosis, pues podía, entonces, acentuarse el mal. Para similar propósito se utilizaba el palo de caja , árbol criollo de hoja verde oscura, que, a excepción del extremo oriental, no era muy abundante en el resto del país. El peralejo , el encino , el marañón , el caimito y el guayabo, el extracto de la corteza de cedro , así como el de las raíces y corteza de mangle , eran poderosos astringentes indígenas. El peralejo , además, procesado como tintura y mezclado con el iodoformo en sustitución del tanino era de gran efectividad para la realización de curas secas en las heridas.8 Para las curas de heridas utilizaban como algodón, la lana de los capullos de la flor de ceiba , el almidón de yuca para sustituir el yeso en el tratamiento de las fracturas y las fibras de guacacoa como vendaje. Los polvos de café y tabaco eran antisépticos, en tanto la yaguama fue un anticoagulante. Las plantas herbáceas como hierba buena , la retama , la hierba mora , el llantén y el caisimón , en forma de compresas o infusiones, tuvieron una amplia aplicación para diversidad de dolencias: problemas hepáticos, inflamación y estados ulcerosos.9 Así, poco a poco, los combatientes cubanos se valieron de las más diversas formas para sobrevivir y subsistir durante la última guerra de independencia. Alimentos, vestuario, calzados, medicinas, etc., fueron obtenidas por las más disímiles vías: prefecturas, expediciones, apoyo de los pobladores, arrebatárselas a los españoles o empleando sabiamente la flora y fauna nacional, a fin de garantizar que las necesidades más perentorias quedaran cubiertas.
1 En octubre de 1895, según un Proyecto de Ley para el Gobierno y la Administración de la República , la Isla fue dividida en cuatro Estados: Oriente, Camagüey, Las Villas o Cubanacán y Occidente, cada uno con sus respectivos Distritos. A cada estado correspondía un Gobernador y a cada distrito un Teniente Gobernador. |
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