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Diplomacia cubana e intervención norteamerica en la Guerra de 1895.

Autor(a): Dr. Yoel Cordoví Núñez.

La Legación Cubana y la diplomacia

La búsqueda del apoyo internacional a la revolución fue una de las tareas prioritarias en su fase organizativa; también, en su ejecución. Los trabajos de José Martí, encaminados a lograr con los "pueblos amigos" las relaciones que tendieran a "acelerar con la menor sangre y sacrificios posibles el éxito de la guerra y la fundación de la nueva república",1 estaban entre las prioridades emprendidas por el Maestro, ya fuese de forma directa o por medio de comisionados: "Grande y constante es el socorro que el Delegado espera abrir en los pueblos americanos...",2 así expresaba a los presidentes de los clubes del Partido Revolucionario Cubano (PRC) en el Cuerpo de Consejo de Cayo Hueso.

Como un "deber de conservación nacional" consideraba la atención que debía prestársele a las relaciones con Estados Unidos, imposibles de obviar, tanto por su cercanía, número de emigrados cubanos, centro donde radicaba la dirección del Partido, así como por las pretensiones expansionistas sobre los pueblos de América Latina, avizoradas por él desde fecha temprana. La independencia de Cuba y Puerto Rico, según el Delegado, sólo estaría garantizada cuando el pueblo norteamericano conociera y respetara los méritos y capacidades de los habitantes de estas islas. El peligro estaba latente: "... se correría gran riesgo si no se lograse mover a efecto y consideración al pueblo y gobierno de los Estados Unidos."3

Una vez iniciada la guerra y establecida la Delegación Plenipotenciaria , esta mantuvo la cuestión de la diplomacia entre sus líneas de acción principales. Las agencias y la Legación Cubana en Washington fueron las estructuras encargadas de desempeñar tales funciones, apoyados en todo momento por los clubes y Cuerpos de Consejos del PRC.

Los agentes de la Delegación en Estados Unidos eran, por lo general, figuras formadas en esa nación, con perfecto dominio del idioma inglés y que gozaban, además, de gran influencia en amplios círculos de la política y los negocios, a través de los cuales gestionaban el apoyo y la mediación del gobierno norteño en el conflicto hispano-cubano. Algunos, como los casos de Juan Guiteras, Fernando Figueredo y Nelson Polhamus, habían desempeñado o desempeñaban funciones y cargos en ese país.

El Dr. Guiteras, agente de Filadelfia y profesor de la Universidad de Pennsylvania, se desempeñó en el cargo de Inspector de Salubridad Pública en los estados de Georgia, Florida y Las Carolinas, mientras que el agente en Tampa, Figueredo, ocupó un asiento en la Cámara de la Florida durante la reelección del senador demócrata Wilkinson Call, figura importante en los debates parlamentarios a favor de la intervención en el problema cubano. Por su parte, el agente Polhamus, además de los vínculos estrechos sostenidos con las agencias de información, se codeaba con lo más selecto de la sociedad en los estados de Alabama, Mississippi y Tenesse.

Si bien los ejes Filadelfia-Nueva York y Washington-Nueva York, marcaban el ritmo de los esfuerzos diplomáticos, las agencias ubicadas en otras ciudades, como Boston, Texas e Illinois, también trabajaron con el objetivo de cumplir con uno de los deberes planteados por Estrada Palma: "... procurar que el gobierno de los Estados Unidos nos reconozca como beligerante."4

Los esfuerzos por lograr el reconocimiento de la beligerancia de los gobiernos y el apoyo de los pueblos a la causa libertadora no fue una misión exclusiva de los funcionarios cubanos en Estados Unidos. En México, por ejemplo, las indicaciones de Estrada Palma a su agente Nicolás Domínguez Cowan tenían dos finalidades esenciales: explorar la voluntad de los hombres públicos y de estado de México e ir preparando el terreno para gestionar el reconocimiento y reunir fondos y recursos de guerra en esa nación.5

Fue la república mexicana uno de los centros priorizados en América Latina para la labor diplomática. El trabajo con esta nación fue atendido a través de Cowan, pero también de forma directa mediante el Encargado de Negocios en Washington. En dos ocasiones durante la guerra Quesada viajó a México y son conocidos sus fallidos intentos por entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz, quien sólo se limitaba a enviar a su secretario con instrucciones nada precisas con relación a la independencia de la vecina Isla.6

Otra república del hemisferio con la que la directiva de la Delegación trabajó directamente fue Chile, tal vez teniendo en cuenta el apoyo oficial y activo que prestó esa nación a la independencia de Cuba durante la Guerra de los Diez Años. En abril de 1897 Gonzalo de Quesada llegó al país andino para presentar al ministro Domingo Gana un proyecto de acción común entre las repúblicas del continente a favor de la causa cubana. Fue otro fracaso. Ese mismo año fueron concertados tratados importantes entre España y Chile que se extendieron a Perú, Costa Rica y Guatemala, además de los tratados de paz y propiedad literaria firmados con México y Uruguay.7

La importancia de la labor diplomática en Estados Unidos se hacía más notable en la medida que se percibía, claramente, el distanciamiento y la hostilidad de los gobiernos de las repúblicas latinoamericanas hacia la independencia de Cuba. En América Latina a finales del siglo XIX dominaban los círculos más conservadores del liberalismo en íntima asociación con el capital extranjero, desplazando a los sectores populares, más ligados al proceso libertador en la Isla. Igualmente , España dejaba de constituir una amenaza para las jóvenes naciones del continente, influidas por cierto espíritu hispanista que llegó a cristalizar en iniciativas como la Unión Ibero-Américana , la amplia conmemoración hemisférica del cuarto centenario en 1892 y las solicitudes formuladas por varios gobiernos para que la antigua metrópoli mediara en delicados litigios fronterizos.

La posición del gobierno de Estados Unidos no distó de la que asumieron las repúblicas del continente. El no reconocimiento de la beligerancia, la crítica al movimiento revolucionario y los obstáculos constantes en la organización y envío de expediciones caracterizaron tanto a la administración de Grover Cleveland como la de su sucesor William McKinley. Existían, no obstante, diferencias notables que favorecían la búsqueda de la mediación de Estados Unidos con más probabilidades de éxito, aunque también con mayores riesgos: las comunidades de emigrados, superior en número y organización a las del resto del mundo, cercanía, desarrollo e historia, sensibilidad del pueblo norteamericano por la causa cubana e, incluso, la propia existencia de concepciones expansionistas, susceptibles a acudir al intervencionismo como recurso de dominación.

Desconocer la labor diplomática desplegada por la delegación cubana en el transcurso de la guerra, reduciendo este intríngulis a las relaciones entre Estados Unidos y España, es soslayar una parte esencial, nada despreciable en el conjunto de factores que imbricados condujeron a la intervención. Desde el primer año de la guerra, las estructuras de la Delegación comenzaron a proyectarse activamente en encauzar los sentimientos del pueblo estadounidense hasta lograr una acción conjunta e invariable que impulsara al Congreso y al Gobierno del país a variar la política hostil anunciada por la administración Cleveland.

Mucho se ha hablado acerca del papel de la "prensa amarilla" en la creación de estados de opinión favorables a la intervención de Estados Unidos, pero muy pocas veces se menciona el papel de la prensa cubana, ni de la Legación Cubana como fuentes y proveedores de información. Los reporteros norteamericanos acudían diariamente a la Legación a partir de las cuatro de la tarde, en busca de las últimas noticias recibidas desde la isla. A esa hora, Horacio Rubens o Gonzalo de Quesada los recibían y les ofrecían los materiales pertinentes. El "Club del Maní ", como se le llamó a estos encuentros, fue una de las variantes en la obtención de información por las cadenas publicistas. De las oficinas salían los reporteros con cartas de altos jefes militares cubanos, partes de guerra, noticias sobre la situación del conflicto en distintas partes del país, fotos del campo insurrecto y de sus más connotados líderes, declaraciones a favor de la independencia y esclarecimiento de hechos utilizados por la prensa proespañola para desacreditar la lucha de los cubanos. 8

Estas informaciones eran también solicitadas por algunos congresistas, quienes acudían a las oficinas de la Legación en busca de datos: "Los reporteros me tienen loco, pero es preciso darles material, precisaba Quesada a Estrada Palma en abril de 1896.9 Al mes siguiente, el Encargado de Negocios, quien junto a Rubens y a Albertini, constituían las verdaderas cabezas pensantes en las gestiones de la intervención, volvía a retomar el asunto, pero esta vez para quejarse al Delegado por la ausencia de noticias: "Hágame el favor de contestarme mis cartas y crea que a veces estoy ansioso porque no tengo noticias de lo que pasa que puede tener buen efecto aquí..."10 Esta preocupación sería reiterada en varias ocasiones:

... No me mandan nada, ya no hay aquí más argumentos de Rubens, ni folletos, ni impresos. Yo sentiría que por falta de datos no pudiéramos pelear mejor. Yo comprendo que Vd. está muy ocupado, pero a esto de Washington y a mis cartas deben atenderse...11

Sin dudas, la campaña publicista de la prensa cubana y principalmente de la prensa norteamericana a favor de la lucha de los cubanos (al margen de las pretensiones), contribuyó a movilizar la opinión del pueblo estadounidense desde el mismo año 1895. Múltiples fueron las expresiones de simpatía en toda la nación, aún en aquellos estados en los que la composición de cubanos era reducida. Alejados del bullicio del Peñón, en la ciudad de Wilmington, el edificio Gran Opera House acogió en una noche a más de 12000 personas para manifestar su apoyo a los independentistas cubanos y recoger acuerdos de solicitudes de beligerancia al Congreso.12 Igualmente, se encontraba la actitud de hombres como el norteamericano Varnun Stevenson, de Illinois, quien no cejaba en sus disputas con la policía de la ciudad por obcecarse en desplegar diariamente la bandera cubana en una de las esquinas del correo.13

A medida que la guerra avanzaba, el incremento en la formación de clubes y organizaciones norteamericanas proindependentistas y de las notas al gabinete presidencial en reclamo de la intervención, creaban un clima de expectación a tener en cuenta en la agenda electoral de los partidos políticos y en los libros de cuenta de los hombres de negocio. Los miembros de la Delegación , conscientes de esta situación y ante la prolongación del conflicto, movieron los resortes pertinentes que agilizaban el tratamiento de la intervención, entendida ésta no sólo en su carácter directo o armado, sino como cualquier acto mediador que pusiera fin a las hostilidades en un plazo breve.

Desde septiembre de 1895, fecha en que se estableció oficialmente la Delegación Plenipotenciaria , Quesada en compañía de Rubens, se las arreglaba para contactar con congresistas y figuras cercanas al presidente. El trabajo principal era averiguar los votos con los que se podía contar y los que serían hostiles, "debido a los grandes intereses que se mueven aquí en contra de la independencia de Cuba, y lo que tibios o indiferentes o neutrales podemos atraer a nuestro lado..."14

En esa labor de cabildeo, los miembros de la Legación , muy unidos al agente Guiteras en Filadelfia y a Estrada Palma, contaron con la colaboración del teniente Thomas Rogers, quien los relacionó con importantes personalidades de la política. En las agendas de los funcionarios diplomáticos empezaron a aparecer nombres como los del senador J. Donald Cameron, de Pennsylvania y Henry Cabot Lodge, de Massachussets. De acuerdo a los testimonios de Rubens: "Cuando él abandonó a Washington ya nosotros dos nos podíamos valer para actuar solos en nuestra campaña de propagar informaciones..."15

Entre los contactados se encontraban también el senador Geoge Gray, demócrata de Delaware y "brazo derecho del presidente", y el senador Brice, "indispensable factor en las combinaciones políticas del Congreso". No podía faltar en la lista Wilkinson Call, senador por la Florida , quien durante diecisiete años ve+nía presentando resoluciones a favor de la independencia de Cuba y había prometido a los miembros de la Legación acercarse personalmente al Fiscal General para "exponerle las quejas de los cubanos y la injusticia del proceder del gobierno".16

Las relaciones con legisladores de todos los partidos y la propaganda hábilmente encauzada a incidir en la opinión pública hacían de "Cuba libre" un eslogan de gran atractivo electoral. Durante el mes de abril de 1896, el Congreso, dominado por la facción republicana, aprobó resoluciones que reconocían la beligerancia de los cubanos. Este reconocimiento, de acuerdo a las leyes internacionales, era el primer paso de una nación en el momento de intervenir en la lucha entre naciones extranjeras o entre una nación y una parte de su territorio, enfrascada en su independencia. La proclamación de la neutralidad revestía la forma legal del reconocimiento del estado de guerra entre las partes beligerantes.17

Sin embargo, a pesar de que durante el verano de 1896, tanto la convención nacional republicana como demócrata, permanecieron adoptando posturas favorables al reconocimiento de la beligerancia, en ninguno de los casos las resoluciones fueron ratificadas por el presidente Cleveland, quien al igual que su secretario de Estado, Richard Olney, mostraba su oposición a la vía revolucionaria en la codiciada Isla. Las variantes del gabinete presidencial residían en la concertación de fórmulas conciliatorias con España que detuvieran las afectaciones en las inversiones y en su comercio con Cuba, al tiempo que frenara el paso radical del conflicto a manos del Ejército Libertador.

La invasión a Occidente y la posterior prolongación del conflicto, sin que la política del "último hombre y la última peseta" diera los frutos esperados, las presiones del pueblo norteamericano y del mismo Congreso dirigidas a la mediación de Washington en el asunto, condujeron a Estados Unidos a conminar a España para que implantara una autonomía amplia, capaz de tranquilizar los ánimos y devolver la tranquilidad a la colonia.

La preocupación de la administración Cleveland aparecía explícita en la nota que dirigió Olney al ministro español en Washington, Enrique Dupuy de Lome, el 4 de abril de 1896. En ella, luego de reconocer que la insurrección "en lugar de haber sido dominada" era más fuerte que nunca y que entraba en el segundo año de su existencia "con esperanzas de éxito decididamente mejoradas", precisaba los intereses que podían llevar a Estados Unidos a intervenir en el conflicto, entre ellos, el interés "por la no interrupción de las importantes relaciones comerciales que han sido y deben continuar siendo ventajosísimas para ambos países...", y "por evitar la absoluta destrucción de la propiedad en la isla (...) que está acabando con los capitales americanos..."18

Tras la elección de noviembre de ese año, Cleveland se apresuró a establecer los términos en que Estados Unidos intervendría en la guerra. En su mensaje anual al Congreso el 7 de diciembre, el presidente advertía que la nación no esperaría por tiempo indefinido una acción pacificadora por parte de España y que Washington intervendría cuando fuera evidente que la soberanía de España sobre la Isla se hubiese "extinguido" y la prolongación de sus "desesperados" esfuerzos militares causara "un sacrificio inútil de vidas humanas" y de propiedades.

Mientras tanto los miembros de la Legación Cubana mantenían su campaña en el Congreso en busca de neutralizar los argumentos emitidos por los congresistas contrarios a la intervención norteamericana. Los materiales estaban dirigidos a demostrar la existencia de un gobierno civil entre los independentistas cubanos y la imposibilidad de aceptar la autonomía. Entre los congresistas comenzaron a circular copias de la constitución de Jimaguayú, artículos sobre el Consejo de Gobierno acompañado de fotos de sus miembros, folletos como los titulados "Cuban Belligerancy", "Petition of Tomás Estrada Palma", " La Autonomía y Cuba" y cuantos periódicos expusieran el dramatismo de la guerra y desmintieran la propaganda de la prensa proespañola. El 1 de diciembre, Quesada solicitaba a Estrada Palma:

Le agradecería me envíase copia de la carta de Calixto García sobre la toma de Guáimaro y cuanto se diga sobre atrocidades. Todo para enviarlo a la secretaría de Estado. Mr. Phillips me dice que la lucha en el Congreso será ruda e interesante, pero tenemos esperanzas de que declaren la independencia de la Isla. A este fin trabajan Mr. Adams con quien conferencié anoche...19

El primer informe del Comité de Relaciones Exteriores del Senado no presentó un criterio unánime y fue formulado en dos dictámenes; el de la mayoría, sustentado por el senador John Morgan, de Alabama y el de la minoría, propuesto por el senador de Pennsylvania, Cameron. El primero planteaba el reconocimiento de la beligerancia, mientras que el segundo llegaba a plantearse el problema en términos de independencia. No obstante, la oposición era fuerte y la influencia de la denominada "prensa negra", encabezada por el periodista Godkin con su New York Evering Post , perseguía reducir el entusiasmo de muchos legisladores al aproximarse el período de postulaciones.20

Quedaba, igualmente, conformada la oposición por grupos económicos de presión muy fuertes como los de Louisiana, representados por el senador Caffery, quienes temían a la competencia del azúcar cubana en caso de sobrevenir la anexión tras una acción interventora. Estados Unidos estimulaba dentro de su territorio la producción de azúcar de caña, meple y sorgo, mediante la subvención a los fabricantes y la inversión de grandes cantidades en experimentos y estudios de los adelantos que presentaba Europa. Republicanos y demócratas tenían en cuenta esos intereses. Los primeros daban entrada libre al azúcar, con sólo las restricciones que imponía la ley Mckinley, y en cambio compensaban a sus fabricantes con una prima de dos centavos por libras, mientras los segundos suprimieron la subvención, pero impusieron al azúcar extranjero un derecho de aduana de 40% advaloren.21

Existían casos como el del senador Orville Platt, uno de los más activos lobbits en Washington contra el reconocimiento de la beligerancia, asociados en negocios con los azucareros Edwin F. Atkins y Henry A. Himely, acérrimos enemigos de la revolución cubana. Atkins en su correspondencia con el ministro Dupuy de Lome agradecía el envío de una guarnición española dirigida a proteger su central "Soledad", cerca de Cienfuegos, al tiempo que enfrentaba a los cubanos en su residencia en Boston: "... nos hace una guerra sin cesar. Nos llama bandoleros, negros...", así expresaba el agente de esa localidad, Monzon Aguirre, al Delegado a inicios de 1897.22

De igual modo, se manejaba entre algunos congresistas las exposiciones dirigidas por el cónsul norteamericano en Cuba, Ramón O. Williams, con las quejas y proposiciones de autonomía firmadas por hacendados y hombres de negocios en Estados Unidos.

Incidían en la oposición los vínculos políticos entre los agentes diplomáticos de España en Estados Unidos con figuras importantes en los círculos de la política norteamericana. Tal era el caso de Calderón Carlisle, consultor de Dupuy de Lome y miembro de la firma legal Johnson y Carlisle de Washington, emparentado por los marqueses de Calderón de la Barca , además de ser demócrata influyente, amigo de H.T.Thurber, secretario particular del presidente Cleveland.

Múltiples eran los intereses que de una u otra forma se veían afectados por la guerra de liberación, y por una posible intervención a favor de los cubanos. El abogado de la Legación , Rubens, los resumía de la siguiente manera:

Habían banqueros internacionales en posesión de bonos españoles e hispano- cubanos. Habían banqueros americanos influidos por colegas extranjeros temerosos de que las condiciones cambiaran. Habían Grandes Hombres americanos inspirados por sus banqueros que mantenían los mismos puntos de vistas. El Secretario de Estado Olney se veía presionado por sus amigos de Nueva Inglaterra, propietarios de ingenios en Cuba, los que deseaban un inmediato cese de la Revolución o que, al menos, no se prestara ayuda alguna a la causa...23

Otros asuntos de índole domésticos relegaban el asunto cubano a finales de 1896. La campaña presidencial fue duramente disputada. Los demócratas, representantes de los agricultores y partidarios del patrón oro y plata, los denominados "republicanos de plata" del oeste, y los populistas, se unieron para apoyar a William Jenning Bryans en la campaña de la moneda de plata y de la reducción de los aranceles. Los republicanos monometalistas, por su parte, defensores de los intereses industriales del norte, unidos a los "demócratas del oro" del este, se agruparon para respaldar a su candidato William McKinley. Este último derrotó por amplio margen a Bryan, y los republicanos salieron con 202 escaños en la Cámara y una oposición de 150. La diferencia en el Senado, sin embargo, era mucho menor. De los 88 puestos, los republicanos retuvieron sólo 46.

La pequeña mayoría republicana en el senado estaba escindida con relación a la política hacia Cuba. Un grupo, denominado "Los Trece Senadores Insurgentes", lidereados por Henry Cabot Lodge, abogaba por priorizar la cuestión cubana, mediante una acción definida que colocara a Estados Unidos en posición favorable para sus designios expansionistas. Eran los "jingoes", como se les conocía, un grupo estable de individuos, nacidos entre los años de 1850, con gran influencia en los actores políticos y sociales más importantes de la nación: el gobierno, el ejército, la marina y la opinión pública, además de contar con ideólogos de la ascendencia del filósofo e historiador John Fiske, del sacerdote Josiah Strong, con su difundido libro Our Country: Its Possible Future and its Present Crisis , y del capitán Alfred Thayer Mahan, con sus seductoras teorías geopolíticas.

La concepción de este grupo, compuesto por políticos lúcidos del naciente imperialismo norteamericano, consistía en vincular el problema cubano a lo diversos asuntos de política exterior que debía enfrentar el gobierno: el debate sobre el futuro de Hawai, el conflictivo gobierno tripartito de Samoa, la participación en lo que parecía el inminente reparto de China, la construcción de un canal interoceánico, entre otros focos de atención en el contexto internacional.

Sin embargo, las discusiones en el congreso, a inicios de 1897, parecían dejar rezagado el asunto cubano con relación a otros puntos de las agendas de debates. Se hacía eco de esta impresión el Encargado de Negocios cubano cuando en sus declaraciones a Estrada Palma informaba: “En lo que queda ya de sesión no creemos poder alcanzar nada (...) El canal de Nicaragua, el tratado con Inglaterra sobre arbitraje, la ley sobre inmigración y un sinnúmero de leyes y proyectos nos adelantan un paso... “24

Las presiones de los jingoes sobre el presidente entrante para que asumiera una actitud enérgica en política exterior y concibiera a Cuba eslabón esencial en la estrategia expansionista encontraron en el libro The interest of America in the Sea Power , publicado en 1897 por Mahan, el doctrinario que fundamentaba sus concepciones. La anexión de Hawai, pieza indispensable en el control del Pacífico, la apertura del canal interoceánico y el dominio del Caribe como asentamiento de bases navales que garantizaran el control del área y de la consecuente política imperial, conformaban los postulados geopolíticos básicos que definían las nuevas tendencias y concepciones, las cuales buscaban en la intervención en el conflicto hispano - cubano el espacio idóneo para su puesta en práctica.

Tales concepciones, defendidas con aliento en los debates parlamentarios, tenían en los senadores Lodge, de Massachusetts; Albert Beveridge, de Indiana; George G. Vest, de Missouri; y William V. Allen, de Nebraska, entusiastas defensores que se nucleaban en torno a Teodoro Roosevelt quien, desde su puesto adjunto de la Marina , estudiaba las formas de poner en práctica las teorías de Mahan. El historiador y periodista Claude Julien lo definía como “tenor en el coro de los partidarios del expansionismo”, aunque no faltaron voces elevadas, como la del senador Allen, quien se autoproclamara “el jingo de los Jingos”.25

Sin embargo, no todas las piezas estaban en el mismo orden. Si bien Mackinley durante su primera etapa como congresista había apoyado muchas de las iniciativas diplomáticas del presidente republicano Benjamín Harrison, especialmente en lo que se refería a la anexión de las islas Hawai y la construcción del canal en el istmo, no fue así con respecto a la construcción de buques de guerra e instalación de bases navales en el Caribe. Por otra parte, la muerte del lugarteniente general Antonio Maceo, a finales de 1896, parecía abrir un promisorio compás de espera, favorable a una solución pacífica y ventajosa para Estados Unidos, dado el supuesto descalabro y desintegración que sufrirían las fuerzas cubanas luego de la sensible perdida.

Apoyaban al presidente en su posición abstencionista importantes sectores de la banca y las industrias, hostiles a un conflicto que pudiera suscitar el descenso de los valores de Wall Street y detuviera o revertiera la recuperación, observable tras la crisis de 1893. El propio Marck Hanna, íntimo amigo del presidente y representante de la estrecha unión entre el partido republicano y el big business , temía perder las ganancias en aventuras coloniales. La prensa financiera de Wall Street, al referirse a los debates parlamentarios, expresaba que la propuesta de arreglar el conflicto colonial, “por el mutuo asesinato de los ejércitos” era “un borrón” en el nombre de la Gran Nación.26

A pesar de los numerosos obstáculos, la Delegación , desde inicios de 1897, movilizaba sus estructuras por medio de influyentes hombre de negocios y políticos cercanos al presidente. Desde Illinois, el agente Portuondo comunicaba a Estrada Palma que había logrado conseguir varias peticiones, “firmadas por las personas más influyentes de la banca, comercio, profesiones, etc.”, sin que aparecieran los cubanos involucrados, “para darle de ese modo el carácter de manifestación espontánea del pueblo de San Luis.27

Mientras tanto, Fidel Pierra, en representación de la Delegación , incursionaba por el estado de Ohio y contactaba con personalidades de la banca, del foro y de la política, íntimos amigos del ex gobernador del estado y presidente de la República y de su secretario de Estado John Sherman, antiguo secretario del Tesoro y senador por Ohio durante tres legislaturas. El periódico El Porvenir relataba desde Nueva York el banquete que se le obsequió al representante cubano en la casa de James H. Payne, vicepresidente y agente de la Permanent Saving and Loan Company, al cual asistieron varios editores de importantes diarios, banqueros, fabricantes y comerciantes. 28

Como parte de estas labores, en febrero de 1897, Gonzalo de Quesada y su secretario Díaz Albertini, fueron invitados por William Alden Smith, miembro del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados del estado de Michigan. Se presentaron acompañados de representantes del Congreso por Nueva York, Michigan e Illinois. El día 15, reunidas las dos cámaras en Joint Convention , Quesada ocupó un puesto en la legislatura del estado. Al concluir, el senador Mason propuso que las dos cámaras elevaran el acuerdo que reconocía por unanimidad “la independencia de la República Cubana”.29

Sin embargo, ni el reconocimiento de la beligerancia, ni el de la independencia, este último presentado por Cameron y aprobado en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, fueron aprobados por el ejecutivo. Las impresiones de Quesada a Estrada Palma recogen el estado de las gestiones para esta fecha:

La elección presidencial que resultó el triunfo de W. Mac. Kinley no ha producido en el país el inmediato y saludable efecto que esperaba y aún no hay confianza en la reacción posible de los negocios. De ahí que nuestra causa encuentre su primer obstáculo, porque- dada la incertidumbre en todo, la poca estabilidad en los valores y el temor universal de los capitalistas- que a la postre son los que gobiernan- no se atreve nadie a cargar con las responsabilidades de nuevas perturbaciones económicas.30

La compra de la independencia sobre el tapete

Ante tal oposición, la compra de la independencia comenzó a considerarse seriamente por los círculos de poderes, norteamericanos y cubanos. Sólo con dinero, aseguraba el senador Call a Quesada, el reconocimiento de la independencia podía ser un hecho antes del 15 de enero de 1897: “Dice que necesitaba sólo 50 millones de pesos que se pueden obtener en Londres, que así lo ha asegurado un banquero con quien está en comunicación”.31

A mediados de 1896, había fracasado una iniciativa promovida por el cubano José de Armas y Cárdenas en Inglaterra, sobre bases similares. Desde 1894, Cárdenas, en función de agente financiero del Ayuntamiento de la Habana , entró en contacto con los banqueros Seligman Brothers. Según sus testimonios, para esa fecha se manejaba un plan conocido entre los grupos financieros londinenses, encaminado a proporcionar a España 300 millones de pesos a cambio de la concesión a Cuba de una autonomía similar a la que regía en Canadá. Aún cuando en la Península algunos políticos acogieron la propuesta, el plan de Maura abrió un compás de espera español, interrumpido por el inicio de la guerra de liberación.

En 1896, el proyecto volvió a activarse, pero esta vez de acuerdo con Estrada Palma y sobre la base de la independencia de Cuba. Las proposiciones de Cárdenas fueron favorablemente acogidas por la directiva de una sucursal importante de la casa Seligman Brothers en Nueva York. Su ejecutivo se encargaría de formar un sindicato por la parte financiera, mientras el representante cubano sondeaba al gobierno español para conocer las posibilidades de éxito.

En París, Cárdenas pudo entrevistarse con el Conde de Casa Miranda, muy conocido en el mundo por ser esposo de la cantante famosa Cristina Nilson, y en España por ser hombre de confianza del ministro Antonio Cánovas del Castillo, además de funcionar en esos momentos como Consejero de Estado. Gracias a sus favores, pudo salir con destino a Madrid a mediados de 1896 en el tren Sud-Express, portando un pasaporte español con el seudónimo de Manuel Martínez, comerciante de la Habana.

En la capital metropolitana, según testimonios de Cárdenas, fue recibido por Cánovas en su gabinete de la presidencia en la calle Alcalá y en compañía de Casa Miranda. En las dos entrevistas sostenidas, el ministro conservador se opuso a los fundamentos del proyecto, alegando que la independencia sólo se reconocería una vez que los insurrectos depusieran las armas.32

Confiaba Cánovas en una pronta victoria y no estaba dispuesto a que le contrariaran, Para ello recurrió a la represión, aún cuando algunos diarios madrileños como el Heraldo y El Imparcial criticaban contra la conducción de la guerra en Cuba por Weyler. De hecho, un artículo del periodista Gonzalo Reparaz en el Heraldo , provocó su encarcelamiento y los dos diarios citados retiraron sus corresponsales de la Habana.33

Con la prolongación de la guerra y los efectos nefastos de la reconcentración, la idea de la intervención asumió matices más definidos por la directiva política en la Isla. Desde julio de 1896, el secretario de Relaciones Exteriores del Consejo de Gobierno, Rafael M. Portuondo, se encontraba en Estados Unidos “con un pliego de instrucciones reservadas”. De acuerdo al informe leído en reunión del Consejo, el enviado había practicado “cuantas gestiones diplomáticas pudo llevar a cabo cerca del gobierno de Estados Unidos”, y aunque no podía asegurar el resultado creía “que ese gobierno se inclinaría a favorecer la causa de Cuba”.34 En febrero del año siguiente era Salvador Cisneros Betancourt, presidente de la República en Armas, quien se dirigía a su sobrino Gonzalo de Quesada con proposiciones precisas:

Estoy seguro, que aunque no todos, la mayor parte estarían dispuestos a pagar una indemnización y en esto podrían servir los buenos oficios del Gobierno de Washington interviniendo él y recabar del de España y la Diplomacia debe juzgar mucho por ver si se consigue y como no queremos sino lo equitativo y regular se podría apreciar la cantidad por medio de un Arbitro, idea sugerida por un “reporter” de “el World”.35

La idea de la indemnización no era nueva. No pocos banqueros, políticos y diplomáticos norteamericanos acariciaban semejante negocio, siempre y cuando los bonos emitidos para el pago fuesen garantizados por Estados Unidos o mediante un empréstito levantado en ese país que conduciría a una anexión inevitable de la isla dada la imposibilidad de soportar la deuda. Asimismo, la política de McKinley ante la presión popular y del Congreso, y luego de la confirmación de la crítica situación antillana, mediante los informes de su enviado William J. Calhoun, fue la misma que tradicionalmente sustentaron distintos gabinetes presidenciales y la que, de hecho, había quedado en suspenso durante los meses finales de la administración Cleveland: la compra de la Isla.36

Otro motivo más para que esta variante interventora fuera priorizada por los miembros de la Delegación. Para ello fue concebido un gran proyecto financiero, suscrito en agosto de 1897, entre Samuel Janney, miembro de la firma bancaria Chrysty and Janney de Nueva York y el abogado y financiero John Mc. Cook, de la firma Alexander and Green y amigo de McKinley, con el Delegado Estrada Palma, en representación de la república cubana en armas.

El propósito del contrato, según su primer artículo, consistía en "llevar a efecto un plan para comprar a España la isla de Cuba..." Por medio de este acuerdo, Janney recibiría de los cubanos 150 millones de pesos en bonos al 4%, cuyos intereses se pagarían semestralmente, mientras que el monto principal sería saldado en el plazo de 50 años. El pago debía ser hecho en oro norteamericano de la ley, peso y calidad entonces vigente o en su similar español del mismo valor. Se disponía, igualmente, que en la primera quincena de cada mes la república de Cuba depositara en la tesorería de Washington la mitad del importe total de los ingresos que por concepto de derecho de aduanas se recaudaban el mes anterior.37

No es posible precisar la cifra que estaría destinada a indemnizar a España por la pérdida de su soberanía sobre Cuba, pero lo cierto es que el "sindicato de compradores de voluntades", como calificara Portell Vilá a Janney y a sus asociados, manejarían cuantiosa suma dirigida a influir en periodistas, políticos, banqueros y hombres influyentes a favor de la independencia de Cuba, mediante una compraventa en la que Estados Unidos intervendría en calidad de mediador.

El contrato fue bien acogido en el seno del Consejo, presidido ahora por el general Bartolomé Masó y Marques, siempre y cuando sus términos no comprometieran en lo político ni en lo económico el porvenir de la república. Los argumentos eran similares a los que meses antes comunicaba el Marques de Santa Lucía al Encargado de Negocios en Washington:

... Es de conveniencia absoluta e innegable evitar la prolongación de una lucha que cuesta ya la vida a una parte considerable de la población cubana y que de día en día lleva a la isla de Cuba a la ruina completa de sus propiedades, a la muerte de sus industrias todas y al aniquilamiento de sus relaciones mercantiles...38

Difícil, sin embargo, resultaba desbrozar algún plan o crearse determinada expectativa. Las condicionantes contextuales cambiaban con rapidez. España relevó a Weyler, concedió la autonomía y abolió la reconcentración, aspectos que habían pasado a ser pilares en las presiones del gobierno estadounidense sobre la decadente metrópoli europea. La nueva política se cumplía en los límites de tiempo que McKinley había fijado a España como ultimátum, de acuerdo a las instrucciones dadas a su ministro Stewart Lyndon Woodford, y en su mensaje al Congreso descartaba cualquier compromiso que otorgara personalidad internacional a la futura república. Según sus palabras había ocurrido “un cambio sembrado de esperanzas en la política de España en Cuba”.39

Entre el armisticio y la intervención armada

El grupo de Janney y Cook no estaban dispuestos a renunciar al provechoso negocio, ante los cambios de última hora en la política española. La probabilidad del reconocimiento de la independencia mediante una indemnización, cada día parecía más remota. La independencia y la consecuente evacuación de la isla por las tropas españolas pasó a ser el punto de mira de estos intereses financieros. En el nuevo contrato, a firmar entre el Delegado y Janney, el primero se comprometía a entregar 37 millones y medio de pesos en bono, decisión que volvería a ser ratificada por el Consejo de Gobierno el 27 de enero de 1898.

Un conjunto de acontecimiento inesperados a inicios de ese año favorecían a Janney y a sus asociados en las labores de cabildeo: los evidentes síntomas de fracaso del gobierno autonómico, a tenor de las condenas de los independentistas cubanos en Cuba y en el exterior, y de los disturbios en la Habana liderados por oficiales españoles contrarios a la autonomía, el informe del senador Redfield Proctor, testigo de los horrores de la reconcentración, las declaraciones prointevencionistas de la prensa religiosa, la publicación de la carta de Dupuy de Lome seguida del hundimiento del “Maine” y del fallo del tribunal naval de Estados Unidos alegando que la explosión había sido provocada por una mina submarina.

Suficientes materiales para llevar al agobio de la opinión pública, debatida en el consumo diario de noticias referidas a la guerra con tónicas y objetivos disímiles, y al condicionamiento de un clima emocional favorable a la causa cubana. La opinión publica pasaba a tener un papel político imposible de desatender por la diplomacia diseñada hasta ese momento ajena a esos sentimientos. Las elecciones nacionales se aproximaban y los líderes y diputados del partido republicano, conscientes de los resultados alentadores de los demócratas en las elecciones parciales de noviembre de 1897, ejercían potentes presiones sobre McKinley para que actuara con rapidez y decisión.

Las discusiones se harían más tensas. Testimonios de Rubens aseveran que en dos ocasiones se lanzaron tinteros y hasta "hubo una sección de boxeo en pleno Senado". Los elementos más conservadores alegaban que la Marina no estaba preparada para la guerra y que ni un solo barco tenía carga completa por cada cañón. Los oponentes en la contienda, defensores de la intervención armada, citaron al almirante Bradford, jefe del Buró de Equipos, para que compareciera ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. El marino yanqui declaró que cada barco en servicio debía disponer como mínimo de cincuenta juegos de balas y que en ese momento todos tenían más de cien.40

Quedaba aún la fórmula del armisticio, ventilada por el ministro de ultramar, Segismundo Moret, lo cual suponía el cese del conflicto y el reconocimiento de un gobierno rebelde por la parte española, con quien negociaría el autonómico en la Isla. Si España no conseguía un acuerdo para octubre, el presidente de Estados Unidos impondría una solución que conduciría al reconocimiento de la independencia de Cuba.

Tanto los independentistas cubanos como los españoles rechazaron la propuesta de armisticio y el posterior ofrecimiento unilateral del fin de las hostilidades por la Metrópoli. La presión republicana sobre McKinley se recrudecía y el camino a la intervención directa o militar, como última variante, quedaba expedito en la búsqueda de lo que, por otras vías, anhelaba el presidente: controlar la Isla , sueño de un siglo postergado en espera paciente, consciente de las oportunidades que esta ofrecía para afirmar la presencia y el comercio de Estados Unidos en el Extremo Oriente y en las Islas del Pacífico. Los días del colonialismo español en Cuba estaban contados.

Bibliografía

Fuentes Bibliográficas

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Fuentes Periódicas
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Fuentes Documentales
Archivo Nacional de Cuba: Fondo Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York y Fondo Máximo Gómez

Notas y Citas

1José Martí: "Bases del Partido Revolucionario Cubano", 14 de marzo de 1892, en: Centro de Estudios Martianos (CEM): Obras Escogidas , t . III, La Habana , 1992, pp. 26-27.
2 José Martí: Carta a los presidentes de los clubes del P.R.C. en el Cuerpo de Consejo de Cayo Hueso, Nueva York, 13 de mayo de 1892, en: CEM: Epistolario , t.III, La Habana , 1993, p.96.
3 Idem.
4 Tomás Estrada Palma: Carta a Máximo Gómez, Nueva York, 12 de julio de 1895, en Archivo Nacional de Cuba (ANC): Fondo Máximo Gómez , Leg. 8, Nº1071.
5 Véase de Salvador Morales: Espacios en disputa. México y la independencia de Cuba . México. 1998.
6 Los informes de Quesada a Estrada Palma sobre sus gestiones en México pueden verse en el ANC: Fondo Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York (PRC): Caja 144, Nº 17001.
7 Rafael María de Labra: Aspecto internacional de la cuestión de Cuba, Madrid, 1900, p. 84. Más información puede verse de Sergio Guerra, "La revolución independentista de Cuba y la Guerra de 1895 desde la perspectiva de América Latina". (Ponencia presentada en el evento "1898: Naciones emergentes y transición imperial". Junio (1994).
8 Adoptó el nombre de Club del Maní por ser este el producto que se les obsequiaba a los periodistas que asistían a las reuniones. Tomado de Horacio Rubens: Libertad, Cuba y su Apóstol , La Habana , 1956.
9 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, Washington, 7 de abril de 1896, en ANC: Fondo PRC , Caja 144, Nº 17,017.
10 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, Washington, 23 de marzo de 1896, en Correspondencia diplomática de la Delegación cubana en Nueva York durante la Guerra de Independencia de 1895 a 1898 , t. IV, La Habana , 1943-1946, p.51.
11 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma. Washington, 19 de enero de 1898, en Idem, p.121.
12 Patria , Nueva York, 30 de octubre de 1895.
13 B.H. Portuondo: Carta a Estrada Palma. Illinois, 26 de octubre de 1897, en ANC: Fondo PRC , Caja 76, Nº 13,233.
14 Horacio Rubens y Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, 15 de septiembre de 1895, en Correspondencia diplomática de la Delegación Cubana en Nueva York durante la Guerra de Independencia de 1895 a 1898 , t. IV, La Habana , 1943-1946, pp. 27.
15 Horacio Rubens: Ob. Cit ., pp. 75-76.
16 Horacio Rubens y Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, 15 de septiembre de 1895, en: Correspondencia diplomática... pp. 27-28.
17 El 28 de febrero de 1896, el Congreso de Estados Unidos reconocía por primera vez la existencia del "estado de guerra entre el Gobierno de España y el Gobierno proclamado y desde hace tiempo sostenido por la fuerza de las armas del pueblo de Cuba". En la declaración oficial se aludía también a la estrecha neutralidad que entre las partes contendientes debía mantener Washington. Véase de Juan Guiteras: "The U.S. and Cuba", Filadelfia, 1895, en ANC: Fondo PRC , Caja 69-X.
18 Richard Olney: Carta a Dupuy de Lome, 4 de abril de 1896, en Lorenzo Portillo: Un próximo porvenir , La Habana , 1899, pp. 2-5.
19 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, 1 de diciembre de 1896, en: Correspondencia diplomática..., p.180.
20 Herminio Portell Vilá: Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, La Habana , 1939, p.180.
21 Rafael María Merchán: "El azúcar", en Patria, Nueva York, 2 de octubre de 1895.
22 J. Monzon Aguirre: Carta a Estrada Palma, Boston, 23 de enero de 1897, en ANC: Fondo PRC , Caja 69, Nº 12,927.
23 Horacio Rubens: Ob. cit ., p.74.
24 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma, 1 de febrero de 1897, en: Correspondencia diplomática... , p.97.
25 Claude Julien: El imperio norteamericano , La Habana , 1970, pp. 85-86.
26 Tomado de Leland Jenks: Nuestra colonia de Cuba , Buenos Aires, p.78.
27 B.H. Portuondo: Carta a Tomás Estrada Palma, Illinois, 29 de mayo de 1897, en ANC: Fondo PRC , Caja 76, Nº 13,228.
28 En Columbus, Pierra contactó con la Liga Cubano-Americana de esa ciudad, presidida por el coronel retirado del ejército federal, James Kilbourne y el bibliotecario Charles Galbreath. Por medio de estos individuos tenía acceso al Capitolio e interactuaba con funcionarios del ejecutivo del estado. El Porvenir . Nueva York, 24 de enero de 1897. Véase también las cartas de Monzón Aguirre a Tomás Estrada Palma en el ANC: Fondo PRC , Caja 69.
29 Idem.
30 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma. Washington, 10 de febrero de 1897, en: Correspondencia diplomática... , p. 93.
31 Gonzalo de Quesada: Carta a Estrada Palma. Washington, 6 de diciembre de 1896, en ANC: Fondo PRC , Caja 144, Nº 17,019.
32 José de Armas y Cárdenas: “La perfidia española ante la revolución cubana”, Nueva York. 1896, en ANC: Fondo PRC , Caja 69-I.
33 Sobre la política de Cánovas, véase de Antonio Elorza y Elena Fernández Sandoica: La Guerra en Cuba (1895-1898). Historia política de una derrota colonial , Madrid, 1998.
34 Acta del Consejo de Gobierno, San Blas, 31 de julio de 1896, en: Joaquín Llaverías y Emeterio Santovenia: Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia , t. III, La Habana , 1928-1933.pp. 141-142.
35 Salvador Cisneros Betancourt: Carta a Gonzalo de Quesada, 5 de febrero de 1897, en Correspondencia diplomática... t. V., p.4.
36 A finales de febrero de 1897, Cleveland citó al abogado Frederick R. Coudert y le pidió que llevara a cabo las negociaciones de compra. Coudert se excusó, alegando, entre otras razones, la proximidad de la fecha en que debía asumir la presidencia William McKinley. Véase de Ramiro Guerra: La expansión territorial de los Estados Unidos, a expensas de España y de los países hispanoamericanos , La Habana , 1973, pp. 329-330.
37 Los términos del contrato pueden verse en el Acta del Consejo de Gobierno. La Esperanza , 10 de diciembre de 1897, en: Joaquín Llaverías: Ob. cit ., t.III, p.68.
38 Idem ., p. 71.
39 Mensaje presidencial, 6 de diciembre de 1897, en: Lorenzo Portillo: Ob. cit ., p.49.
40 Horacio Rubens: Ob. cit ., p. 290.

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