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| Religión en Cuba. Un antes y un después del 98. | ||
Autor(a): MsC. Yoana Hernández Suárez. Investigadora Auxiliar. Instituto de Histora de Cuba. No poco se ha escrito entorno a los sucesos que rodearon al llamado 98 en Cuba. Tal es así que se menciona este año e inmediatamente afloran a la mente de muchos cubanos los sucesos acontecidos a finales del siglo XIX en Cuba, entre los cuales ocupan un lugar cardinal la voladura de un acorazado norteamericano y la intervención del gobierno de los Estados Unidos en la guerra que gran parte de la nación cubana libraba contra el dominio colonial español en la “siempre fiel Isla de Cuba”. Sin embargo, siempre quedan aspectos de ese período histórico que no han sido del todo explicados o analizados en su interrelación con la aquella época de cambios y redefiniciones. Pero el noventa y ocho estuvo precedido de largos años de lucha en los cuales se forjaron parte de los cimientos que hoy sostienen a la nación cubana. En ese contexto el papel de las diferentes religiones que desarrollaban su quehacer en la Isla no fue para nada insignificante. Es necesario entender que los cubanos y cubanas han estado siempre en contacto con creencias muy diversas. Cierto es también que durante muchos siglos la Iglesia Católica ocupó el monopolio espiritual en la “mayor de las Antillas” sin embargo, ello no significó en medida alguna que el resto de las creencias anularan su existencia. De hecho existe una larga tradición cultural desde el siglo XIX en la cual tanto las religiones de origen no cristiano, como otra importante variante del cristianismo que no era la católica, el protestantismo, han marcado pautas. Ante los procesos que se desataron antes y después del ´98 siempre estuvo la huella de las religiones de origen africano, como otras nacidas en la propia Isla y con un sello autóctono que parecería imposible lograr en aquellas condiciones de censura “espiritual” por parte del catolicismo. El cuadro religioso cubano en la etapa finisecular logro una heterogeneidad indiscutible, muestra ello de la no conformidad de los habitantes de esta Isla con patrones estáticos e impuestos que pretendían ignorar los diferentes componentes étnicos en Cuba. No resultaba extraño entonces el retrato de un lucumí, que mira curioso la danza de un Dragón asiático y que corre asustado ante el sonido de un tablado a punto de deshacerse en pedazos por tacones y castañuelas que bailan una zarzuela interminable o un pregonero que vuelve a casa aún con frutas en su cesta y que tropieza con una hermosa lavandera que teme por su hijo escapado a la manigua. Este cuadro, de un autor desconocido siempre captó mi atención en mi adolescencia. Transcurrió algún tiempo después en que pudiera comprender en su magnitud, si es que ello es posible, el alma de aquella obra de autor desconocido. Todos ellos con sus prácticas religiosas, en ocasiones irreverentes y “paganas” deben haber escuchado el sonido de la explosión del Maine en la Bahía de la Habana. La sociedad cubana de fines de siglo XIX no era solo la imagen de las revistas de modas en las cuales aparecían posando las damas de la “alta sociedad”, o de caballeros de cabellos engolillados y trajes bien planchados, como salidos de alguna tintorería china de entonces. Era también, y sobre todo la sociedad de los bautistas, metodistas, presbiterianos, episcopales, mayomberos, Kimbiseros, Brillumberos, ñáñigos, cartománticos, espiritistas, espiritistas entre otros. Cuba arribó al siglo XX libre del dominio colonial español, pero ligada a otra nación más poderosa y cercana. La población de la Isla había sido afectada en más de 300 000 personas, la agricultura también inició el siglo con las afectaciones producidas por la guerra, mientras que el proceso de dominación de Estados Unidos sobre Cuba se conformó, fundamentalmente, sobre la base de los intereses azucareros de las empresas monopolistas yanquis y de los fabricantes y mercaderes del azúcar establecidos en el territorio nacional. El crecimiento de la economía cubana quedó subordinado a las necesidades de la industria norteamericana del refino. La producción azucarera creció a un ritmo acelerado durante las primeras décadas del siglo XX, mientras que la expansión de esa industria trajo también afectaciones en la composición de nuestra población, incrementando el flujo migratorio y produciendo transformaciones en las normas de vida rural de esta Isla, fundamentalmente. La sociedad cubana se había estratificado, cada sector, cada grupo social ocupaba, no solo un lugar socialmente aceptado, sino físicamente delimitado. En las zonas rurales, las condiciones de vida mostraron un inestable ingreso familiar, las viviendas, en su mayoría, eran los clásicos bohíos , existían muy pocas escuelas- en ocasión ninguna- en las que predominaba un elevado estado de deterioro y cuya fundación casi siempre se debía a iniciativas individuales o en ocasiones a instituciones religiosas, con una baja matrícula. En esos lugares la vida religiosa estaba marcada por reminiscencias ancestrales de los indocubanos, mezcladas con diversas ideas del catolicismo cuya evangelización fue limitada y pobre, los modos de adivinación de los gitanos itinerantes, el pensamiento mítico mágico de los chinos y algunas mezclas de espiritismo con las religiones de origen africano. Debido a la falta de atención médica, muchos campesinos buscaban ayuda en los curanderos, quienes con yerbas de diferentes tipos trataban de curar a las personas haciendo a la vez figuras mágicas con las manos sin que faltara en ellas la señal de la cruz. Para conocer su futuro, como una forma de darse aliento, buscaban a cartománticos y quirománticos, quienes con las cartas y lecturas de las manos podían decir los que ellos necesitaban escuchar. En este sentido los gitanos desempeñaron un papel primordial. El contacto con los muertos lo realizaban mediante el espiritismo en sus formas sincréticas, el de cordón, desarrollado principalmente en el oriente del país, mezcla de espiritismo con formas danzarias del areito de los indocubanos y el cruzado o cruzao, que no era otro que el espiritismo mezclado con la Regla Conga o Palo Monte de Origen africano. En las zonas urbanas la vida tenía otras características, en los llamados pueblos de campo también estaban presentes esas ideas religiosas, pero en las zonas urbanas la población tenía otras posibilidades laborales, existía una infraestructura diferente, pequeños comercios, escuelas y diferentes servicios, entre los que se encontraban los de salud, con todas las deficiencias conocidas, la farmacia y el alumbrado. El catolicismo oficial estuvo marcado por otros credos que a su vez lo estuvieron por el catolicismo, de manera que fueron mezclando las ideas y las prácticas religiosas hasta formar modos propios al estilo cubano, en particular entre los sectores más humildes de la sociedad. La cartomancia, la quiromancia y el curanderismo estaban presentes en la Isla desde el inicio de la colonización, con la introducción de chinos para la realización de diversos trabajos aparecieron también sus creencias. El espiritismo llegaría en la segunda mitad del siglo XIX, para poco a poco mezclarse con otras prácticas animistas y mágicas formando nuevas manifestaciones propias de Cuba. Si bien las religiones cristianas proponían a los creyentes soluciones escatológicas, con una vida eterna mediante la salvación de las almas, el espiritismo- con sus variantes-, las creencias de origen chino, la cartomancia, la quiromancia y el curanderismo, las religiones de origen africano, proponían soluciones terrenales, que de hecho muchas personas necesitaban. El espiritismo permitía a muchos acercarse a sus seres queridos fallecidos, mientras que los chinos lo hacían de modo peculiar entre ellos. La cartomancia y la quiromancia daban información sobre el pasado, el presente y el futuro de quienes deseaban conocer algo más sobre sus vidas, mientras que el curanderismo era la forma más asequible de los pobres al enfrentamiento de diversos padecimientos de salud. La estratificación de la sociedad también influía en los individuos en cuanto a su ideas religiosas,- sin descartar la existencia de un catolicismo popular- particularmente aquellas que pudieran ayudar a solucionar sus vidas cotidianamente, pensando además, que en otra vida estarían mejor, en tanto esa otra vida sería el resultado de la reencarnación y no el cielo o el infierno. Las fuentes acerca del papel de los cultos no cristianos antes y después del 98 no son de fácil localización. Es por ello que las siguientes líneas centraran su atención en la actitud asumida por las variantes del cristianismo asentadas en Cuba a raíz de los sucesos del 98. Queda en ese compás de espera una deuda con los otros grupos ya antes mencionados. Los protagonistas de ese análisis serán la Iglesia Católica en Cuba, como institución, así como la Iglesia Episcopal o Anglicana, la Metodista, la Bautista y la Presbiteriana. La Iglesia Católica y el 98. La llegada del nuevo vecino. En las dos décadas que precedieron al llamado desastre del 98 , la política española hacia las colonias antillanas estuvo caracterizada por la defensa y el sostenimiento de la monarquía borbónica, como emblema y encarnación de una fórmula política de garantía, insustituible, para los intereses socioeconómicos en presencia. También se basó, en gran medida, en una valoración insuficiente del margen de juego permitido por la oposición existente entre el liberalismo peninsular y el liberalismo de base antillana, moviéndose posturas en el marco de una ambigüedad calculada. - Una oposición, claro está, que nunca habría de verse resuelta -. España intentó movilizar a las potencias europeas y al Vaticano , para que mediaran ante Estados Unidos y evitaran su intervención. Lo único que logró fue un apoyo moral pues no hubo coalición alguna en contra de EE.UU. Las potencias estaban más interesadas en sus propios intereses y en no enemistarse con EE.UU. que en ayudar a una España debilitada. 1 Por su parte el Vaticano, con el entonces Papa León XIII, mediante Monseñor Ireland - no tenía Delegado Apostólico entonces en los E.U.A.- propuso un plan para el cese de las hostilidades previamente aceptado por España. Estas acciones no cuajaron y se quedaron en simples paréntesis de espera. La intervención norteamericana en la Guerra, así como su inmediata ocupación militar, constituyeron un freno para la consumación de los ideales de independencia nacional al cual aspiraban los cubanos. El gobierno norteamericano supo que para lograr sus objetivos debía desarticular toda llama, por pequeña que fuese, que pudiese luego incendiar nuevamente la nación. Fue así que desestimó a las tres instituciones que representaban la unidad de las fuerzas revolucionarias y que aportaban las cimientes organizativas y jurídicas de la anhelada República independiente: el Partido Revolucionario Cubano, el Consejo de Gobierno de la República en Armas y el Ejército Libertador. En este sentido ¿qué lugar, entonces, ocupó la Iglesia Católica? ¿Acaso no resultaba un ente importante en todo este andamiaje de cambios y redefiniciones en la Isla?. El análisis de estos aspectos ocupará las siguientes reflexiones. To be or not to be: el dilema se transforma. Ante la nueva coyuntura que significaba el traspaso de Cuba de manos españolas a norteamericanas, el Vaticano dio por terminado el Patronato Regio al igual que los Estados Unidos, quienes veían en ello un paso para la modernización de la sociedad. Se debe apuntar que el "Estado" que se moldeaba no tenía compromisos con la Iglesia aunque tuviera un carácter transitorio e intervencionista. Este se separó de la Iglesia en la Constitución Provisional de Wood de 1898 en el artículo referido a la libertad de cultos - cristianos -. Para el Vaticano no podía pasar inadvertido lo peligroso de continuar, luego de la firma del Tratado de París, una posición opuesta a la independencia de Cuba, salvo que se pensase que esa causa opositora a la cual se había entregado la Iglesia durante tanto tiempo podía tener en las nuevas circunstancias de la ocupación norteamericana, "un mejor brazo armado " 2 Era evidente que la posición del Vaticano tenía que definirse hacia el minoritario clero cubano y al mayoritario sentimiento de los cubanos, o hacia el mayoritario clero español identificado con el propósito anexionista sostenido por el capital hispano asentado en Cuba. El último obispo nombrado por el Patronato para la Diócesis de La Habana había sido Monseñor Santander y Frutos.3Los sacerdotes cubanos habían abogado desde largos años por una iglesia separada de las estructuras que la ataban al Patronato Regio y por la dirección de la misma a favor de los cubanos.4 El 30 de septiembre de 1898 más de 52 sacerdotes cubanos firmaron un documento el cual fue dirigido posteriormente a su santidad el Papa León XIII5 fundamentando la necesidad de crear en Cuba, una Iglesia Católica que no dependiera del clero español.6 Con la Intervención de un país mayoritariamente protestante ¿en qué situación quedaba la Iglesia Católica en Cuba? Resulta interesante el hecho de que los interventores respetaron la práctica del catolicismo en Cuba, con toda su estructura de tradición y cultura. La Iglesia Católica no fue blanco de ataque por parte del gobierno norteamericano. Esta Institución se encontraba inmersa en todo un rejuego de actitudes. Desde inicios de la Primera Intervención tuvo que enfrentar disímiles problemas como: - el apoyo al elemento español que había permanecido en la Isla, especialmente a los grandes comerciantes de exportación, importación, mayoristas y refaccionarios. - el cambio de situación de la Iglesia en Cuba al cesar la identificación entre ella y el Estado. - La necesidad de favorecer la normalización de las actividades religiosas referidas a las iglesias cristianas, bajo la autoridad de un país mayoritariamente protestante como Estados Unidos. - Por otra parte, la cuestión de las propiedades de origen eclesiástico que habían pasado a manos del Estado español en la Isla y de los atrasos de los pagos de este a la iglesia por diferentes conceptos, y por último, - la ideología independentista del pueblo cubano y su reflejo dentro de la iglesia en aquellos sacerdotes nacidos en Cuba que habían apoyado la lucha por la independencia.7 Ante esta coyuntura la situación más favorable luego de la separación entre la Iglesia y el Estado a partir de la derrota española, y la mejor forma de lograr relaciones armónicas con el gobierno interventor, estaban dadas, para la Iglesia, por la anexión de Cuba a EE.UU. Esto expresado en el sentido de que la Iglesia como Institución necesitaba subsistir. Al romperse las estructuras que la ataban a España, vio en el nuevo gobierno la posibilidad de mantenerse en la Isla y también de lograr alguna ayuda económica. La Iglesia en Cuba prefirió evitar los riesgos de futuras relaciones con una República cubana, en favor de las seguridades que a primera vista le brindaba acogerse a la posición obtenida con los Estados Unidos. Así también aseguraba la posibilidad de pago de adeudos y propiedades incautadas por el gobierno español. Los sentimientos de tantos cubanos que habían luchado por la independencia no podían ignorarse de forma tan simple. Así la Iglesia trató de "complacer" a unos y otros en aras de aparentar una armonía que a todas luces mostrara equilibrio y concordia. Ante esta nueva situación para la Iglesia Católica, temiendo sufrir otro desastre a manos de sus enemigos, la Santa Sede había nombrado el 19 de septiembre de 1898 a Plácido Chapelle Delegado Apostólico para velar por sus intereses durante las conversaciones de paz en París y administrar eclesiásticamente Cuba y Puerto Rico, ahora que la partida de España podía crear un peligroso vacío. Desde septiembre de 1898, un grupo de sacerdotes se dirigían a la Santa Sede a través de mensajes para que el Papa acogiese entre ellos a los sucesores de los obispos españoles. Todo parece indicar que la dirigencia de este grupo estaba en manos de los padres Luis Mustelier y Galán y Manuel de Jesús Doval.8 Importantes figuras del clero se adueñaron de la escena para tomar las riendas en las decisiones de la Iglesia Católica en Cuba. Como se ha señalado, Monseñor Chapelle, Arzobispo de New Orleáns, tenía bajo su autoridad las jurisdicciones eclesiásticas de Cuba y Puerto Rico. Este nombró Arzobispo de Santiago de Cuba al cubano Francisco de Paula Barnada y Aguiar. - Cargo que ocupó el 2 de julio de 1899.- El proceso de nombramiento había sido bastante rápido. Ante la renuncia del franciscano español Francisco Sáenz de Urturi y Crespo en Santiago de Cuba, Chapelle encontró libre el camino para este nombramiento. Urturi no podía continuar en su ministerio pues según sus propias palabras " ... Un obispo que no siente amor por sus diocesanos es obispo muerto...En mis diocesanos ante todo veo a los enemigos de mi patria..." Este mismo sacerdote recomendó como su sucesor al Padre Barnada. En La Habana, el obispo Santander había sufrido continuos fracasos y deseaba renunciar. El sucesor de Santander tendría que enfrentar el asunto de las propiedades eclesiásticas. Chapelle no dudo en presentarle a la Santa Sede como candidato a la mitra habanera al entonces auditor de la legación pontificia en Washington, Donato Sbarreti. ¿En qué consistía, pues, esta distribución? Se trataba de satisfacer a las distintas tendencias dentro de la Iglesia y en el país. Por una parte, con Barnada en Santiago de Cuba el nacionalismo tendría su representación, teniendo en cuenta la labor de este obispo en el 95. Con Chapelle se pretendía lograr de forma efectiva la gestión anexionista tras la figura de colofón que sería Sbarreti. Este último aseguraría las garantías a los antiguos sectores integristas en el Obispado de La Habana. Valga señalar que estos nombramientos los hacía el Vaticano puesto que estaba cuidando a la Iglesia y no tanto a Cuba. La Isla podía estar gobernada por uno u otro gobierno, pero la Iglesia necesitaba subsistir como entidad. Con el caso de Le Chapelle se seleccionaba, por el Vaticano, una figura diplomática acostumbrada al trato con los norteamericanos lo cual facilitaría, desde el punto de vista de la Iglesia, las relaciones con el nuevo gobierno. Con la aparente neutralidad de Sbarreti, la Iglesia Católica lograba a primera vista conciliar las tendencias sin mostrar abiertamente sus tensiones. Se lograba: - el anexionismo sostenido por la mayor autoridad eclesiástica en esta parte del mundo (Monseñor Plácide Chapelle)9 - apoliticismo en la mayor autoridad de la Isla ( Donato Sbarreti) - independentismo en la autoridad subordinada de Santiago de Cuba. (Francisco de P. Barnada) Resulta de vital importancia entender la clara diferencia entre un lugar y otro. No se trata de nombres sino de comprender el lugar real de La Habana como centro de poder y Santiago, tierra que había parido importantes revoluciones. El control de la opinión pública de la capital como de la vida social y económica, constituía un factor de primer orden en el control sobre el resto del país. Así se pretendía ceder un "poco" a todos en perfecto juego de ajedrez en el cual las piezas estarían ocupando un lugar aparentemente equilibrado. Esta maniobra no confundió a las fuerzas que abogaban por una Iglesia separada de España, ni a los independentistas. Desde que se conoció en La Habana el nombramiento de Sbarreti, por mediación de Chapelle, se desató toda una tormenta.10 En una carta dirigida por el párroco del Cerro, Luis Marrero, al general Máximo Gómez, señalaba refiriéndose a Chapelle: "Como prelado americano y hechura de Mckinley, su política será anexionista y contraria al clero cubano nativo, que es republicano puro. Si queréis reinar: divide ha dicho Maquiabelo. Así es que tenemos ya en nuestro seno al protestantismo que viene a dividirnos, más de lo que estamos divididos. Y esos propagadores son cubanos! Americanos disfrazados! Como todas las comunidades de frailes españoles de buena cepa, que hoy tenemos son anexionistas, y harán a la república cubana, todo el mal que puedan, siempre que ceda en su provecho, en el de España, en el de Roma, o en el de la América del Norte. Para contrarrestar esta política es necesario oponerle el clero cubano nativo, que se ponga al frente de la república cubana, aunque seamos diez, o cinco, o uno solo. Lo esencial es que la soberanía espiritual que hoy es española pase al clero de la República de Cuba." Firmado. Luis Marrero. Cura párroco del Cerro, 28 de septiembre de 1899.11 Mensajes como este eran enviados al general Gómez por diversos sacerdotes y párrocos cubanos.12Pero no se deben perder de vista los siguientes elementos. Primero, si bien es cierto que los sentimientos del clero cubano estaban inclinados hacia el logro de una Iglesia separada de España, no es menos cierto que desde el punto de vista del liderazgo los sueños de los sacerdotes cubanos se encontraban en una especie de limbo al haber permanecido relegados y excluidos de los principales cargos por la jerarquía española en Cuba, por lo que no se debe descuidar el análisis soslayando este aspecto. Otro elemento importante lo constituye el hecho mismo de ver al protestantismo como un enemigo de la independencia. Más que la propia teología de esas iglesias el peligro podría estar en algunos misioneros protestantes norteamericanos, los cuales estuvieron abiertamente al lado de la intervención norteamericana. La formación posteriormente de un protestantismo con líderes de origen cubano, rompería con el mito de protestantismo versus independencia. A inicios de 1899 las tensiones entre los sacerdotes cubanos o los sacerdotes que abogaban por un clero nativo al frente de la Iglesia Católica en Cuba se hacían más evidentes. Otras posiciones, sin embargo, seguían abogando por la anexión de Cuba a los Estados Unidos, dentro y fuera de la Iglesia.13 En medio de esa coyuntura histórica, a finales del año 1899, se reúnen Gonzalo de Quesada y Moseñor Chapelle para llegar a un acuerdo por el cual concluyen que se otorgaría, primero, el Obispado de La Habana para un clérigo cubano; segundo, condición por parte del Arzobispo de Nueva Orleáns y aceptada por Quesada, de que las propiedades eclesiásticas - sobre todo aquellas que habían permanecido en manos del estado español- gozasen de igual tratamiento que las particulares por el gobierno. [Por el gobierno cubano que se estableciera en el futuro] Visto así parecía que todo quedaba resuelto. Baste señalar que estos acuerdos no se cumplieron y que el gobierno de los Estados Unidos se las agenció para satisfacer las pretensiones "monetarias" de la jerarquía católica. McKinley trató de ofrecerle ciertos favores a la Iglesia con el objetivo fundamental de pagar de alguna forma el apoyo de la jerarquía católica a la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Así los términos del acuerdo con Sbarretti significarían otro golpe al independentismo ya que con las indemnizaciones a la Iglesia Católica se obligaba al independentismo cubano a pagar a los propios anexionistas.14 Los acuerdos entre Wood y Sbarreti quedaron como herencia a la república cubana puesto que no fueron cumplidos por el primer gobierno de la Isla. Roma tuvo que esperar al momento de la segunda intervención norteamericana para que se pusiera punto final a ese negocio recibiendo no ya el pago establecido, sino uno inferior por concepto de indemnización total. Unido a esta situación las reformas en la Iglesia Católica eran exigidas por parte de un numeroso grupo de hombres. En una de las cartas enviadas por el ya citado párroco del Cerro a Máximo Gómez, este le solicitaba que en la entrevista que tendría con Chapelle por la organización de la Iglesia Católica le presentara una serie de puntos entre los que estaban: "1- Indicar al delegado apostólico que por bien de la Iglesia aconseje a los prelados españoles de la isla, que dimitan unos cargos, para los cuales están desautorizados por su historia en la conciencia pública de un pueblo que no los quiere... 2- que de no dimitir, los elementos que valen y más prominentes del país, están dispuestos a elevar a S.S. sentida protesta, con pública experiencia de agravios, pidiendo justicia a sus justas demandas 3- por último, que el pueblo cubano con todos sus organismos aspira de derecho a ser gobernado civil y espiritualmente por actividades propias y que, por consiguiente, las iglesias y propiedades de las mismas, como cubanos, no deben ser regidas por la colonia, sin que por esto se rechace otras procedencias que vengan en buena hora en su cooperación y auxilio."15 En esta misiva, además de los elementos propios del discurso del clero nativo, aparece ya al final una idea de gran importancia, y es la de no cerrar todas las puertas a las manos que " vengan en buena hora de cooperación y auxilio" . Esta idea no es extraña si se tiene en cuenta el estado en que se encontraba la Iglesia Católica después de la guerra y el enorme atraso del pago de las rentas que España por diferentes conceptos no había adeudado. La figura de M. Gómez aparece en todo momento como la del gran mediador. El prestigio de este general emergido con una transparencia difícil de opacar, sería aprovechado por muchos sacerdotes para canalizar las reformas en la Iglesia. En una carta dirigida por Gómez a Luis Mustelier y a Monseñor Chapelle el 21 de junio de 1899 señalaba que: "En el camino de las reformas radicales que en todos los órdenes de la vida pública se viene recorriendo en esta isla, separada por siempre de la antigua metrópoli, se ha iniciado también el movimiento hacia los asuntos eclesiásticos. La elección de un cubano distinguido, el Padre Barnada para la sede episcopal de Santiago de Cuba ha sido muy bien acogida por todo el país, del mismo modo que lo sería la exaltación del ilustrado doctor Mustelier al obispado de esta diócesis - se refiere a La Habana -. Adjunto este nombre a la elevada consideración de su Iltma. con mi recomendación modesta pero eficacísima"16 La posición de Máximo Gómez con respecto a la designación de Sbarretti era clara. No se trataba de una postura facilista; no significaba oponerse al extranjero, sólo por extranjero, sino por todo lo que Sbarretti podía representar con respecto a los Estados Unidos. Este enfrentamiento a la designación de Sbarreti constituyó de alguna manera, la primera ocasión de reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias cubanas luego de las constantes polémicas de inicios de 1899. La idea de que los cubanos luego de dos años de ocupación y con su ejército licenciado, unido a un arzobispo italiano de corte anexionista votarían por sí mismos y sin esfuerzo por la anexión, quedaba descartada con la dura lucha que abrazaría a toda la Isla en los años posteriores por parte de los hombres que estaban identificados con los sentimientos de libertad e independencia. A inicios de 1900 la lucha se hizo evidente una vez más. Una proclama fechada el 8 de febrero de 1900, presentaba el nombramiento de Sbarretti como la última de las intrigas urdidas por los simpatizantes de Santander, " ...esa camarilla de explotadores de cubanos, continua en su inquina contra el país y quiere imponer a este Mr. Sbarretti..."17 A través del Diario La Discusión se convocó en el mes de febrero a la creación de un Comité de Propaganda y Acción que tenía como objetivo "impedir la intrusión de un obispo extranjero en nuestra patria por lo que rogamos a todos los comités, clubes, sociedades e individuos que no estén conformes con semejante imposición se sirvan concurrir a la reunión que habrá de celebrarse (...) en el Club Antillano (...)18 Esta nota estaba firmada por Magdalena Peñarredonda, Salvador Cisneros Betancourt, Lacret Morlot, Diego Vicente Tejera y Valentín Villar. Ante esta situación el Obispo Sbarreti le informó al Cardenal Rampolla el 10 de agosto de 1900 sobre el posible viaje de una delegación de cubanos para solicitar el nombramiento del Padre Mustelier como obispo de La Habana entre los que se hallaba M. Gómez. Le decía que ese Comité de Propaganda y Acción " ...está compuestos de adeptos a la detestable masonería, de enemigos de la Iglesia... El presidente honorario es M. Gómez, adversario de la Iglesia... El (tal) Gómez es masón"19 Esta acusación de Sbarretti sobre M. Gómez (masón) no era nada halagüeña ante los ojos de León XIII. Para el Papa la secta de las sectas era el Orden masónico . La realidad superó los cálculos de la dirigencia católica. La mayoría de los cubanos estaba de tal modo comprometida con la independencia de Cuba que este paso terminó por convertirse en un dilema que debía solucionarse como parte de ese largo camino truncado hacia la toral independencia de la nación. Fue así que el año de 1900 se convirtió en el año de reordenamiento de intereses. Comenzó la búsqueda de aliados y combinaciones de unos y otros de redefinición de posiciones y aprovechamiento de cualquier coyuntura para obtener las mayores ventajas posibles. Antes de la propia convocatoria a elecciones para la Constituyente se había cocinado en buena sazón la designación de Sbarretti, por lo que no puede verse este acto como fruto de la casualidad. El conflicto entre los insurrectos y las decisiones del Vaticano provocó una atmósfera de movilización popular que a la larga influyó en las posturas asumidas por los independentistas en las elecciones a la Constituyente. Si bien es cierto que en el segundo semestre de 1900 el interés tuvo necesariamente que centrarse por parte de los independentistas en controlar la Constituyente, las voces contra la designación de Sbarretti no se apagaron. El 20 de diciembre de 1900 los sacerdotes Luis Marrero, Manuel Doval, Luis A. Mustelier, Basilio Enríquez, Bernardo Ramírez, Angel Haza, Adolfo del Castillo y Guillermo González Arocha publicaron una protesta y adhesión a la Santa Sede e insistían en la necesidad de nombrar en Cuba a un Obispo favorable a la Revolución. La figura más interesante de este grupo lo es, a mi modo de ver, el Padre Arocha. Este sacerdote había colaborado como espía de Antonio Maceo, siendo párroco de Artemisa. Durante el triste período de la reconcentración este hombre se negó a que su iglesia fuera ocupada por las tropas de Valeriano Weyler. Este último trató de procesarlo para fusilarlo, sin embargo por mediación del obispo Santander salvó la vida.20 La Asamblea del Cerro, muy a pesar de los pronósticos del gobierno norteamericano, coincidió con Gómez, especialmente el Marqués de Santa Lucía, en la lucha contra la designación de Sbarreti. La carta enviada por Gómez a Cisneros Betancourt, comentada con anterioridad, había despejado las dudas sobre una discrepancia irreconciliable entre los principales líderes del independentismo. Pero el dilema del catolicismo no solo se concentró en estas designaciones sino en la presencia de un grupo de misiones protestantes que estaban asentándose en la Isla, esta vez de forma más abierta y con el ánimo expreso de provocar una descentralización del monopolio religiosos ejercido por la Iglesia Católica. Protestantismo y ocupación norteamericana El historiador Herminio Portell Vilá en uno de sus estudios sobre referidos a la etapa de la ocupación norteamericana en Cuba señalaba que: “Un estudio sereno de la situación política de la Isla al comenzar el año 1898 tiene que llegar a la conclusión de que era realmente muy crítica y que no era posible esperar de ella una solución pacífica para las tres naciones envueltas.”21 Anterior a este acontecimiento, durante todo el siglo XIX, la realidad mostró cierta neutralidad y hasta indiferencia, y en ocasiones intentos de compra por parte de Washington, quien, tal como se ha planteado en la historiografía en general, prefirió la amistad con España antes que de la liberación de los cubanos, nunca reconocidos como beligerantes. Cuando estaba por concluir el siglo XIX, en los Estados Unidos reinaba un clímax de evidente autosuficiencia, reflejado en casi todas las capas de la sociedad estadounidense. Las campanas redoblaban las Buenas Nuevas de su Destino Manifiesto. Esta idea constituyó el sustrato ideológico del expansionismo norteamericano. Este sentimiento fue abrigado también por algunas autoridades eclesiásticas de la época. Sobre este particular existen algunos casos sui géneris como el del Reverendo Josiah Strog. En el año 1891 este hombre escribió un libro titulado Our Country en el cual predecía que la raza anglosajona, con todas sus innumerables condiciones y por su pureza espiritual por divino favor solo en un siglo dominarían- para su bien- a todos los seres humanos.22 Esta idea, con una vigencia indiscutible, merece especial atención. ¿Cuál era entonces la misión de los elegidos , de los puros ? Los cubanos, o más bien Cuba, formaba parte de ese mundo que sería dominado en apenas un siglo . Con la intervención norteamericana, tales aspiraciones se hallarían en el pináculo de su puesta en práctica para Cuba. En ese contexto histórico, la religión, particularmente los protestantes norteamericanos, asumieron, en gran medida la misión de los elegidos. La mayoría de las denominaciones protestantes contaban con un órgano oficial para publicar sus criterios. Estos periódicos o folletines, se fueron sumando, poco a poco, a las ideas expansionistas. Para ello buscaron las más diversas justificaciones: desde las humanas hasta las divinas. En todo ese clímax afloraba el hecho de que “la providencia ” y el ” llamado macedonio ” se los “ exigía ”. El “ destino manifiesto” llegó a ser invocado por muchos religiosos con el “ día del señor ”. Con tales ideas se preparaban para “ liberar ” a Cuba del llamado “ oscurantismo romanista”. En todo ese contexto no se debe perder de vista que, a pesar que el Presidente y casi todo el gabinete norteamericano eran protestantes, así como un 90% de los legisladores federales. Cuba no fue invadida por los evangélicos, sino por el poder político y económico de ese país. Esta idea es necesario subrayarla puesto que no debe exagerarse el verdadero lugar que desempeñó el protestantismo en todo este proceso. El poder ejercido en Cuba por los gobernantes norteamericanos no fue utilizado para favorecer a la pequeña comunidad protestante asentada en Cuba. La intervención norteamericana no tuvo el factor religioso como móvil fundamental. Las iglesias protestantes en gran medida, se unieron, indistintamente, a ese llamado. Las fuentes existentes coinciden en señalar que, la mayoría de los protestantes norteamericanos, ya fuese por vía de sus publicaciones o por las declaraciones de sus asambleas, estuvieron de acuerdo con la intervención estadounidense en Cuba en el año 1898.23 Cuba fue vista como una gran posibilidad para el misionerismo evangélico. Por entonces existían las llamadas juntas, generalmente divididas en domésticas y extranjeras, las cuales mostraron su interés en abrir estaciones de predicación fuera de su país. Cuba, aún cuando no cumplía con aquello de “ lejanas tierras ” sí despertó un gran interés puesto que había sido escenario de una guerra donde habían muerto norteamericanos también. Además, existía entonces, una resolución conjunta con todo lo que ello significaba. La misma concebía una responsabilidad política y moral del gobierno estadounidense hacia el pueblo cubano, lo que las iglesias interpretaron como una responsabilidad religiosa. Sin duda alguna, a través de la historia, la prensa ha desempeñado roles significativos: estos no siempre han estado al lado de la verdad. En esta línea es importante comentar una editorial del periódico metodista Northern Christian Advocate el cual por los días de la intervención señalaba: “Si tuviéramos que ir ahora a la guerra, nuestra causa sería justa y el metodismo está listo para cumplir con su deber. Cada predicador metodista se convertirá en un oficial de reclutamiento"24 Por su parte, los presbiterianos también adoptaron una posición semejante a la de los metodistas. Así en un editorial del periódico Evangelis t publicaron lo siguiente: “Si es la voluntad de Dios Todopoderoso que por la guerra desaparezca toda esta inhumanidad del hombre por el hombre en el hemisferio occidental, que venga la guerra.”25 Siguiendo este mismo discurso, la Alianza Cristiana y Misionera, de corte marcadamente fundamentalista, en su periódico Christian and Missionary Alliance publicó: “La mano poderosa de Dios está guiándonos, abriéndonos el camino para la evangelización del mundo, y pidiéndonos pronta cooperación y obediencia.”26 Los bautistas también mostraron su posición mediante un editorial del Standard en el cual plantearon que: “... con una hogaza de pan en la punta de la bayoneta, y con sus barcos colmados de harina y municiones. La bandera de la cruz roja ha precedido a sus estandartes, y será seguida por Biblias y libros escolares... Los ciudadanos cristianos apoyarán al presidente, junto a la enseña nacional.”27 El tema de la evangelización protestante de Cuba, así como su relación con la lucha que tenía lugar en la Isla fue abordada por otro importante periódico norteamericano nombrado el Advance . En una de sus páginas expresaban que: “¿Entrará el protestantismo en Cuba y mostrará un espíritu diferente? ¿Irá a Cuba con ayuda material en una mano y espiritual en la otra? Los eclesiásticos de nuestra tierra deben prepararse para invadir a Cuba tan pronto como el ejército y la marina nos abran la mano...”28 Resulta interesante introducir un elemento de crucial importancia como fue la reacción del catolicismo en Cuba ante esta penetración religiosa. Se debe señalar que los editoriales del catolicismo se preocupaban por la entrada de las juntas protestantes a Cuba y así lo manifestaban en sus publicaciones. Esto, por supuesto significaba una posible pérdida del monopolio ideológico de la Iglesia Católica, entre otros aspectos. Por ello fue muy común el enfrentamiento entre ambos grupos en la prensa de la época. Esta situación no significó en caso alguno, que existiera una uniformidad total en los criterios. Muchos periódicos norteamericanos apoyaron la política de su gobierno en la medida que iban teniendo lugar los acontecimientos. Tal situación fue similar en el caso de los protestantes. No todas las denominaciones se pronunciaron de igual forma. Las posiciones fueron muy diversas. Estaban aquellos que favorecían la anexión o el protectorado; otros, como los episcopales, vieron con muy buenos ojos la anexión y así lo reflejaron en su periódico Churchman. En él pedían la anexión planteando que con ello “ ahorrarían a los cubanos muchos años de violencia.29 Los cuáqueros y los unitarios anti-intervencionistas asumieron una postura muy diferente. Emprendieron la idea de la paz oponiéndose a todo tipo de violencia. Muchos fueron los protestantes que favorecieron la intervención, entre otras cosas, por el deseo de establecer las ideas protestantes en uno de los países que dejaría de estar bajo el control de España. El 16 de julio de 1898 fue firmada la capitulación en Santiago de Cuba. Ese momento fue de trascendental interés para las juntas misioneras norteamericanas. Si bien es cierto que en Cuba habían existido varios intentos de establecer iglesias protestantes - de hecho algunas denominaciones lograron pasos significativos al respecto- antes de 1898 fueron prácticamente clausuradas y sus feligreses diseminados al comenzar la guerra de 1895. La Iglesia Católica veía a los que se afiliaban al protestantismo como elemento proclive a la subversión política, por lo que estos grupos sufrieron la persecución de es institución. Por tal situación, al llegar los misioneros entre 1898 y 1900, pudieron encontrar muy dispersos a unos cuantos creyentes. Estos se unieron a las iglesias reiniciadas o a las que comenzaban su obra. Fueron cubanos, obreros cristianos, los que habían logrado organizar algunas iglesias en Cuba antes de la intervención. Muchos de ellos, trabajadores manuales que habían permanecido afiliados al movimiento independentista cubano. Al finalizar el siglo XIX, las juntas (Boards) que enviaron misioneros a Cuba pertenecían a las siguientes iglesias: Sociedad de Amigos (Cuáqueros) Además de estas denominaciones, se desarrolló en Cuba el trabajo de dos organizaciones internacionales paraeclesiásticas: La Young Men´s Christian (YMCA) y la Sociedad Bíblica Americana.30 La Constitución Provisional, dictada por el general Leonard Wood, en octubre de 1898, hacía referencia a la libertad de cultos (cristianos, por supuesto). Por esa resolución, las juntas misioneras tuvieron la posibilidad de venir a Cuba con su obra. La Constitución planteaba la separación entre la Iglesia y el Estado.31 A finales del mes de mayo de 1899 se dictó la orden militar No. 66 en la cual la separación entre la Iglesia y el Estado quedaba certificada. Por esa vía se tomó una importante medida. El matrimonio civil pasó a ser el único reconocido por la ley, puesto que se garantizaba la absoluta libertad de cultos. La celebración de las ceremonias religiosas se continuó permitiendo. La orden No. 66 desató innumerables protestas por parte de la Iglesia Católica. Pero la misma precariedad existente entre los principales líderes mambises y el clero en general, llevó a que los primeros no apoyaran a la Iglesia Católica en sus protestas. En el mismo mes de mayo de 1899, también se dictó la orden No. 57 por la cual se daba competencia exclusiva a los tribunales civiles para conocer de los juicios de divorcios y nulidad de matrimonios, retirando ese privilegio a los Tribunales Eclesiásticos.32 Brooke permitió a los clérigos de todas las iglesias celebrar sus ceremonias, pero sin otorgarles a ellas validez legal. Estas medidas no significaban en caso alguno, que los gobernantes norteamericanos favorecieran a la comunidad protestante en detrimento de la católica. En el cuarto tomo de la obra Historia de Cuba del historiador Herminio Portell Vilá,33 el autor explica las relaciones que se establecieron por importantes figuras políticas norteamericanas y la Iglesia Católica en Cuba. Así explica las conexiones que logró Leonardo Wood con esa Institución al señalar que: “Con el cambio de gobernador... el clero y sus partidarios pudieron imponer su voluntad al pueblo de Cuba porque Wood les dio la razón, como siempre hizo y ello por motivos políticos porque él no era católico...”34 El único caso en el cual consta que Wood tuviese desavenencias con la Iglesia Católica fue el relacionado con el Padre Emilio Fernández, párroco de la Iglesia de Monserrate, situación esta que supo arreglar con su astucia y poder. Con ello demostró quien decía en Cuba la última palabra, incluso en lo referente a cuestiones internas de la propia Iglesia.35 Sin descuidar la esencia de la política norteamericana hacia Cuba, así como el interés de los misioneros protestantes, se hace necesario mencionar una de las facetas menos estudiadas en cuanto a la intervención norteamericana en la Isla. Las características económicas, sociales y hasta políticas propias de la nación norteña la colocaban en la época, en el tren de una modernidad, superior al del ideal español en Cuba. Ello repercutió para la Isla en un discreto impulso económico, en la sanidad y la educación. En esas tareas participaron protestantes norteamericanos, a través de las iglesias que se iban estableciendo en el país.36 Pero también fue real el hecho de que muchos protestantes que vinieron a Cuba, no venían con un espíritu puramente misionero . Algunos llegaban por intereses más bien económicos. Sobre este particular el historiador Marcos A. Ramos en su obra Panorama del Protestantismo en Cuba cita un caso muy ilustrativo. “Uno de los más famosos inversionistas - señala el autor - conocido en parte por su actividad religiosa, fue el financista cuáquero Perceval Farquhar que llegó a Cuba en el verano de 1898... Este prominente evangélico obtuvo una concesión para electrificar el sistema de tranvías de la capital. Después de sus éxitos en esa ciudad se dedicó a comprar ferrocarriles e integrar como una figura fundamental la célebre Cuba Company... Los inversionistas y los mercaderes no fueron a Cuba como misioneros ni como propagandistas de una fe religiosa determinada. Algunas excepciones no deben ser usadas para entrelazar ambos fenómenos de manera definitiva .”37 Intereses económicos y políticos se exhibieron indistintamente en mucha de la propaganda misionera. La vieja idea de la incapacidad de los cubanos para gobernarse por sí mismos salió a relucir también en voz de un predicador independiente. Si bien este hombre estaba desvinculado de los intereses generales de las juntas misioneras, trató por sí solo, de convertir a los cubanos, con los cuales tuvo contacto, a las ideas anexionistas. A través de este predicador, se manifestó la existencia de corrientes de pensamiento dentro de los sectores religiosos que estaban influenciados por los prejuicios raciales, el expansionismo y la poca información acerca de Cuba y los cubanos.38 No es, sin embargo, objeto del presente estudio, detallar los ejemplos de figuras particulares, sino realizar una caracterización a partir de lo que constituyó la generalidad. Es por ello que solo se introducen ciertos ejemplos con el ánimo de mostrar la diversidad del protestantismo que llegó a Cuba. Entre las prohibiciones puestas en práctica durante la intervención norteamericana estuvo la de restringir las actividades más visibles de la santería afrocubana.39 Estos ritos religiosos llegados a Cuba con los esclavos africanos y mezclados con la realidad religiosa de la Isla, no eran del agrado de los interventores. No se hizo ninguna concesión a estos cultos por el nuevo gobierno, limitándose a la tan cuestionada libertad de cultos estipulada por la Constitución Provisional de Wood. Sin embargo, la Iglesia Católica, como se ha planteado, recibió un trato bastante respetuoso. Más que caballerosidad , funcionó el olfato político. Acerca de este asunto Joel James Figarola emitió su juicio sobre una de las principales figuras de la Iglesia Católica, Sbarreti que: “... es decir, obtiene bajo un gobierno protestante norteamericano, lo que la Iglesia en España, reyes y generales católicos no había podido obtener.”40 Es por ello que muchos autores han coincidido en señalar que la intervención norteamericana no derivó en suceso nefasto para el catolicismo en Cuba. Si bien se trató en algunos casos de limitar el poder de la Iglesia Católica, esto no tuvo grandes efectos. Cuando Wood trató de legalizar nuevamente el matrimonio religioso, encontró una fuerte oposición por 80 municipios, de los 107 existentes, pues favorecían el matrimonio civil. Otras medidas tomadas por Brooke, en su condición de gobernador militar de la Isla de Cuba, tuvieron la aceptación popular, como la separación de la Iglesia y el Estado, incluyendo el traspaso de todo lo relacionado con el divorcio a los tribunales civiles y la entrega de los cementerios a los municipios.41 También se prohibieron procesiones de tipo religiosas y funerales, aunque estos últimos continuaron.42 Ante esta situación, el protestantismo cubano, aquel surgido en la emigración y luego traído a Cuba por los propios nacionales desde 1883 aproximadamente, realizaba su obra sin un visible apoyo de los interventores. No debe perderse de vista que unido a este grupo, también en 1898, entró a Cuba el grueso de los misioneros protestantes norteamericanos. Por esta razón a este momento se le ha llamado, muy acertadamente, la hora de las juntas misioneras . ¡¿Evangelio versus expansionismo norteamericano?! La intervención norteamericana en Cuba, muestra entre otras tantas cosas del interés expansionista de Estados Unidos, tuvo entre sus pasajeros, a muchos misioneros protestantes. Las iglesias protestantes norteamericanas, a través de sus juntas, también asumieron, en gran medida, un expansionismo misionero . Pero, ¿cuál fue entonces la actitud de esas denominaciones ante la intervención?, ¿Cómo conciliaron la misión evangelística con los intereses expansionistas?, ¿Hasta dónde apoyaron o no la política de su gobierno? Responder tales interrogantes es tarea delicada y compleja. La información ausente atenta contra las respuestas. La escasez de estudios sobre este particular y la variedad de los criterios que se han podido localizar, no facilitan juicios más concluyentes al respecto. Aún así, el análisis de los datos existentes permite comenzar a apuntar algunos elementos. La autora ha decidido exponer, hasta donde ha sido posible, sus criterios sobre este particular, pero resaltando que estos análisis serán limitados puesto que sin la información suficiente es imposible rehacer una realidad que el tiempo con sus mañas, ha absorbido para sí. De cierta forma la historia dio otra vuelta a la tuerca en el año 1898. Aquellas publicaciones de los evangélicos que habían solicitado la guerra en la mayor de las Antillas fueron las que alertaron sobre la necesidad de llevar a cabo el proyecto misionero en Cuba. Este aspecto no puede verse desde una óptica estrecha. Si bien no se pueden desvincular a aquellas misiones protestantes – y católicas- del expansionismo norteamericano en los siglos XIX e inicios del XX, tampoco se debe ignorar a quienes asumieron las bases de su fe como un compromiso sincero. Las tendencias en la historia rara vez serán homogéneas. Portell Vilá en otra de sus obras señalaba que: “Al cesar la dominación española, de la misma manera que afluyeron a Cuba clérigos norteamericanos pertenecientes a todas las sectas reformadas y se dedicaron a una obra misionera con ribetes políticos, también vinieron a establecerse en la Isla los PP Agustinos de los Estados Unidos con representantes de otras órdenes religiosas y del clero secular de nacionalidad norteamericana. En todos ellos la fe y la propaganda política a favor de su patria iban estrechamente mezclados como se puede ver con el estudio de la documentación oficial y privada de los estadistas y políticos de la época.”43 Esta documentación a la cual alude Vilá era la relacionada, básicamente, con las órdenes católicas ya que no ofrece en su obra información referida las juntas de misiones protestantes. Otros autores cubanos y extranjeros han estudiado los pasos del protestantismo a raíz de la primera intervención norteamericana en la Isla. Entre ellos se pueden citar a Leoncio Veguilla, Reinaldo Ramos, Rafael Cepeda, Adolfo Ham, Reinerio Arce, de Cuba y desde el exterior, Margaret Crahan, Marcos A. Ramos, Guillermo Cabrera Leiva, entre otros.44 La investigadora estadounidense Margaret E. Crahan, en una de sus obras apuntó lo siguiente: “... Aunque norteamericanos protestantes habían empezado a hacer proselitismo en la Isla antes de 1898, no fue hasta ese año que montaron una campaña sustancial para liberar a Cuba de lo que ellos consideraban como oscurantismo romanista... el protestantismo no entró en Cuba al mismo tiempo que la penetración política y económica de los Estados Unidos por mera casualidad, sino como su ayudante íntimo. Las iglesias estaban convencidas de que la salvación no se basaba simplemente en aceptar las creencias religiosas dominantes en Norteamérica, sino en adoptar las instituciones políticas y económicas, así como las prácticas de los Estados Unidos.”45 Este criterio ha sido calificado como “ un poco exagerado ” por el historiador Marcos A. Ramos en la obra citada. Sin embargo, la autora no deja de tener razón al apuntar elementos como los de la relación real de aquellos misioneros con el tiempo que les correspondió vivir. Crahan realiza su estudio basándose en el caso de los metodistas, pero muy acertadamente, expone elementos generales que caracterizaron a los misioneros de finales del siglo XIX llegados a Cuba desde Estados Unidos. Sin embargo ha quedado demostrado que antes de 1898 los predicadores norteamericanos no tuvieron una labor activa en Cuba ya que esta misión – pequeña entonces- estuvo en manos de pastores cubanos. La escasa información existente en Cuba al respecto, fundamentalmente la relacionada con las misiones protestantes, apunta hacia el hecho de que al terminar el siglo XIX, aquellos grupos de protestantes establecidos en la Isla desde la década del ´80 del mismo siglo, iban organizándose de forma más activa. El impulso que estas iglesias recibieron provino, mayormente, de los Estados Unidos. Las causas fueron diversas, pero no pueden ignorarse los crecientes intereses económicos de los norteamericanos en Cuba – y otras islas del Caribe- y a la migración de protestantes que ya se estaba dando con anterioridad en el territorio cubano. También se debe reconocer que este movimiento, por llamarlo de alguna forma, había tenido su origen con los propios cubanos que habían emigrado temporalmente a los Estados Unidos, para ayudar a preparar la revolución del ´95 desde el exilio. Estos hombres y mujeres aceptaron el protestantismo como fe y lo llevaron a su tierra natal. Otra causa, no menos importante, está en la conciencia de aquellos pastores sinceros que concibieron necesario venir a Cuba a enseñar y difundir un tipo de cristianismo diferente al que se conocía hasta entonces en la Isla. Para entender en conjunto la obra misionera protestante en la mayor de las Antillas es imprescindible revisar no sólo las generalidades, sino también las particularidades de todo el proceso. Estas últimas, más que las primeras, constituyen, en más de una ocasión, la regla de muchos acontecimientos históricos. Aquellos misioneros, en múltiples ocasiones, hicieron énfasis en la educación utilizando textos que contenían experiencias norteamericanas. En ese sentido difundieron su idioma, las costumbres, instituciones, y también, lo que a muchos enorgullecía: los logros de los Estados Unidos.46 Propagar esa forma de vida era, en la interpretación de los misioneros norteamericanos, una forma de llevar la modernidad a otras tierras. Este aspecto ha sido objeto de los más diversos análisis por gran parte de la historiografía que ha tratado el período, no tanto desde la óptica religiosa, como desde el análisis más general del significado de la intervención norteamericana en su conjunto.47 De forma general se ha podido observar cómo las posiciones de la Iglesia Católica y de las primeras denominaciones protestantes asentadas en Cuba ante el conflicto del 98 estuvieron dirigidas a no ceder espacios ni a perder lo que consideraban sus derechos. Tanto la Iglesia católica como las denominaciones protestantes vieron el 98 como un momento de cambio en el cual había que tomar partido pero hacia el lado que les permitiera extender su influencia y desarrollar su “misión” . Las distintas fuerzas de la sociedad también se inmiscuyeron en los principales debates del período en materia de religión. Obsérvese que tanto la Constitución Provisional de 1898 como la Constitución de 1901, en su artículo referido a las libertades individuales insistía en la libertad de cultos y el respeto a la moral cristiana. No se registraba en esos documentos al lado “oscuro” y “mestizo” de la nación. Esa historia no la solucionó ni la Constitución de 1940 ni la controvertida Ley Constitucional de 1952. Tuvieron que ponerse muchos soles para que esa historia cambiara, pero esos análisis quedarán pendientes para futuros trabajos.
Notas y Citas 1 España trató de lograr apoyo internacional a través de diversas vías: a) 1897, primer intento de lograr ayuda diplomática; b) Plan alemán de septiembre - octubre. 1897; c)febrero 1898 solicitud de ayuda de España, d) mayo 1898 la Regenta Ma. Cristina recurre a las más altas instancias europeas a solicitar ayuda.
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