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Intervención de Estados Unidos en Cuba durante la guerra (1895-1898).

Autor(a): Msc. Manuel López.

El 4 de julio de 1776, la Unión norteamericana proclamó la Declaración de Independencia del dominio británico, y en 1787 se dio una constitución que, aunque no recogía los intereses de varios sectores importantes de la sociedad, nacía aureolada por la democracia, la libertad, la legalidad, y otros atributos atrayentes, al mismo tiempo que llevaban a cabo una gran expansión territorial mediante la compra y la fuerza, logrando adjudicarse La Luisiana en 1803, Florida Occidental 1810, Florida Oriental 1819, Texas 1845, Oregón 1846, California 1848, Alaska 1867.

En cuanto a Cuba, Estados Unidos permaneció al acecho esperando la oportunidad que le fuera más conveniente para apoderarse de ella, aspiración que desde el siglo XVIII se proclamó por sus gobernantes: En 1790 Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de esa nación, propuso apoderarse de “las islas del azúcar”, entiéndase Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico; Tomás Jefferson consideraba que al estar Cuba en la boca del Misissipi debía ser de ellos, pero mientras no puedan ocuparla, Cuba debía mantenerse como colonia de España; John Quincy Adams en funciones de secretario de Estado, poco antes de ser presidente, haciendo una comparación entre la gravitación física y la política, sentenciaba doctrinalmente: “... así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga a ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión norteamericana...”

La ansiada anexión de Cuba por Estados Unidos durante gran parte del siglo XIX, se movió entre los intereses de los esclavistas sureños partidarios en todo momento de anexarse la Isla para ganar fuerzas en el congreso de la Unión , y los industriales del norte proclives a esperar para resolver antes su conflicto interno que en definitiva desembocó en 1861 en la Guerra de Secesión.

Durante la guerra de los 10 años, Estados Unidos obstaculizó por todos las vías posibles el envió de armas a los revolucionarios cubanos, al mismo tiempo que se las vendía a España. Treinta cañoneras obtuvieron los españoles en ese país para perseguir las expediciones mambisas, pero la Unión no dejaba de ser una espada de Damocles pendiente sobre las cabezas de los gobernantes españoles.

En noviembre de 1875 mientras se desarrollaba la invasión mambisa a Las Villas, el secretario de Estado Hamilton Fish, amenazaba y advertía a España que de no terminar con la situación existente en Cuba, los Estados Unidos se verían obligados a intervenir.

No obstante la advertencia, en 1877 el Ministro de Estado español declaraba que el gobierno de su Majestad “... no tiene más que motivos de gratitud hacía el gobierno de Estados Unidos, que de él habían recibido las pruebas más inequívocas no sólo de benevolencia, sino de verdadera amistad”.1 Con razón el norteamericano Tomás Jordán, general que por breve tiempo ocupó la jefatura del ejército mambí, calificó de infame la neutralidad de los Estados Unidos.

Terminada la guerra en 1878, la política estadounidense continuó caracterizándose por apoyar a España en su dominación en Cuba, al mismo tiempo que en el seno de la sociedad norteamericana se iba produciendo un impetuoso desarrollo de sus fuerzas productivas y formación de monopolios que fueron conformando la base de un entramado imperial, en una nación que ya había mostrado su vocación expansionista.2

En 1886 en carta a Ricardo Rodríguez Otero, José Martí decía: “Salvo en lo recóndito de algunas almas generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más que posesión apetecible, sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñables.... tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales para poner al cabo, sobre lo que queda de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas”.3 Casi una década después, esta visión profética de Martí se convertiría en realidad.

La salida de los Estados Unidos a la escena mundial estaba condicionada por la competencia de las potencias europeas que pugnaban por una nueva repartición del mundo, encontrándose en el centro de esta puja Inglaterra y Alemania. La primera a partir de 1885 disminuyó su interés por las colonias, confiaba que la política librecambista se impondría en todas partes, y su comercio e inversiones en Norteamérica resultaba para ambas naciones de vital importancia; en cuanto a la segunda que se había quedado atrás en la repartición del orbe, tenía grandes aspiraciones en expandir sus capitales en Asia, sobre todo en China. Mientras el poderío español, resultaba insuficiente para participar activamente en las lides internacionales de las potencias europeas, y su política exterior se caracterizó por el aislamiento y la neutralidad.

En la lucha de las potencias por obtener territorios y garantizar esferas de influencia, las marinas de guerra pasaron a ser el instrumento idóneo. En la década de los ochenta, las asignaciones presupuestarias con carácter militar en los Estados Unidos, tuvieron en el desarrollo de sus medios navales su principal receptor, y ya en vísperas de la declaración de guerra a España en 1898, había pasado del lugar 12 al 6 entre las flotas existentes.

Los gobiernos estadounidenses siguieron la política de amparar a España en cuanto a su dominio en Cuba, sin embargo, desde antes del comienzo de la guerra hispano-cubana en 1895, consideraron a la metrópoli española un enemigo potencial, al menos esto se refleja en la elaboración de los planes de campañas navales hechos en los Estados Unidos con el objetivo de una posible guerra contra España, estos fueron confeccionados: 1 en 1894, otro en 1895, 3 en 1896 y 2 en 1897.4

Con relación a España la potencia naval de los Estados Unidos era muy superior, cuestión que el Almirante Cervera había evidenciado antes que los norteamericanos declararan la guerra a su país y su flota fuera hundida a la salida de la bahía de Santiago de Cuba. Sobre este asunto el 12 de noviembre de 1897 el periódico El Norte de Castilla, valoraba: “Caro, tarde y malo. He aquí los tres estigmas de todo lo que se relaciona con nuestra marina de guerra”.

Recién comenzada la guerra, el 11 de mayo de 1895 en el discurso de la Corona a Las Cortes, España se congratulaba de la amistad con los Estados Unidos: “El Presidente de los Estados Unidos y su Gobierno, no se han apartado de la línea de conducta que corresponde a la leal amistad que ha existido siempre entre los dos países desde los comienzos de aquella República”.5 Tanto Washington como Madrid, parece pensaron que la contienda iniciada por los cubanos podía ser abortada.

Los cubanos comenzaron una invasión desde oriente hasta el occidente de la Isla que culminó exitosamente a inicios de 1896, la repercusión internacional de esta hazaña militar se hizo sentir en los Estados Unidos, donde gran parte de la población simpatizaba con los insurrectos de la Isla. A finales de febrero el Senado de la Unión aprueba el reconocimiento de la beligerancia cubana por sólo 8 votos en contra, iniciativa que no fue aceptada por el presidente Cleveland.

A inicios de abril, el secretario de Estado norteamericano en nota entregada al Ministro plenipotenciario español Enrique Dupuy de Lome, le manifestó la preocupación del presidente Cleveland ante la destrucción provocada por la guerra sin un desenlace previsible, al mismo tiempo que le expresaba los deseos de la supervivencia de la soberanía española compatible con el autogobierno de la Isla , y se pronunciaba a favor de una pacificación que los Estados Unidos se comprometían a conseguir. El gobierno español confiando en que aplastaría la insurrección con las decenas de miles de efectivos que estaba enviando a Cuba, agradece pero declina el ofrecimiento estadounidense, y promete reconocer un gobierno local en Cuba tras la victoria española.

La insurrección se había extendido a todo el territorio nacional cubano, sin que el inmenso ejército de Weyler y su política de reconcentración de la población lograran disminuir el empuje revolucionario. Por su parte, el gobierno norteamericano en nota de Olney del mes de octubre, insiste en que España ofreciera a Cuba una verdadera autonomía con el objetivo de lograr la pacificación.

En diciembre, el mensaje del presidente Cleveland al congreso abordó con mayor amplitud sus ideas intervencionistas: Dejó claro el rechazo a reconocer la independencia o la beligerancia cubana, considerando a la República de Cuba como un gobierno en el papel; se pronunció por darle solución a una guerra que destruía la riqueza, y centró su interés en buscar la paz mediante el establecimiento de un gobierno autónomo, al mismo tiempo que sugería la idea de comprar la Isla ; ofreció sus oficios amistosos ante el gobierno español, para si no se lograba terminar la guerra, intervenir en la contienda procediendo según las circunstancias y teniendo en cuenta sus intereses; advirtió que su nación no consentiría que Cuba pasase a manos de otra potencia.

El mismo día en que el presidente Cleveland pronunciaba su mensaje al congreso, caía en Punta Brava el Lugarteniente General Antonio Maceo, y el gobierno español en la visión racista de Cánovas del Castillo se ilusionaba con que muerto el Titán de Bronce, al menos el vigor combativo de las fuerzas cubanas decaería, sobre todo en las masas negras que componían el ejército mambí, cuestión que el desarrollo de la contienda se encargó de desmentir.

El mensaje presidencial fue recepcionado de manera ingenua por el Consejo de Gobierno Cubano, por ejemplo, el secretario del Exterior Portuondo Tamayo lo enfocaba como una intervención amistosa.

El 29 de enero de 1897, Máximo Gómez, en carta al general Carrillo, le decía: “Silvestre, corresponsal del World y viejo conocido mío, ha venido, como en carácter de tal, pero, (dice él) que Cliven desea saber ‘si nosotros estamos dispuestos a aceptar la autonomía'. (Pendejada). A eso le hemos contestado que NO.. 'o si estamos dispuestos a comprarle a España la Isla de Cuba interviniendo en el trato los americanos'. A eso hemos contestado que sí creemos se puede llegar a un arreglo, siempre que sea bajo la base de la independencia, muy pronto, ante que el país se arruine más, pues entonces nos veríamos en apuros para pagar lo estipulado o no se estipularía nada puesto que Cuba en escombros, España tendría que irse. Al mismo tiempo aceptamos a los EE.UU., como árbitros o mediadores en el NEGOCIO pero sin que por ello sufra menoscabo la soberanía de Cuba independiente”.

Mientras Gómez daba una rotunda negativa a la autonomía, el Ministro de Estado español, Duque de Tetuán, sometía a consultas del Consejo de Estado un plan de reformas para Cuba y Puerto Rico, que comunicaron al presidente de Estados Unidos el 5 de febrero de 1897, con ello accedían a los planteamientos hechos por Cleveland. Poco después, el embajador español en Washington comunicaba a su gobierno la favorable impresión que las reformas habían causado en la administración norteamericana, “suprimiendo todo temor de ingerencia de la nueva administración, al menos por mucho tiempo”. No dejaba de ser ingenuo el enfoque de este embajador.

En las elecciones estadounidense de 1896 el movimiento populista y el Partido Demócrata fueron derrotados. Las corporaciones, la prensa y por primera vez el abundante uso del dinero, llevaron a la presidencia a McKinley, la puja electoral sirvió para consolidar el sistema tras años de protesta y rebelión, y la propaganda acudió a la unidad nacional como un modo de bloquear el sentimiento clasista. “McKinley en una rara conexión retórica entre el dinero y la bandera, había dicho: ‘Este año va a ser un año de patriotismo y devoción por el país. Me alegra saber que la gente en todos los sitios del país quiere ser devota a una bandera, las gloriosas rayas y estrellas, que la gente de este país quiere mantener el honor financiero del país con tanta devoción como mantenemos el honor de la bandera'. El acto supremo del patriotismo era la guerra”.6 Pero mientras no sonaran los cañones, el flamante presidente seguiría presionando al gobierno español con la pirueta autonómica a la vez que le prometía una “benévola espera”, mientras Madrid, confiando en el éxito que iban obteniendo las armas españolas según las informaciones que le enviaba Weyler, demoraba la aplicación de las prometidas reformas.

El 26 de junio de 1897, el secretario de Estado de los Estados Unidos John Sherman, por encargo de su presidente, hizo entrega al embajador de España en Washington, de una advertencia sobre el modo de hacer la guerra por Weyler que impresionaba tanto al pueblo como al gobierno. Por ello, el presidente, “se ve obligado a protestar en nombre del pueblo americano y en el nombre de la humanidad”. Poco después, España responde a los conceptos empleados por el gobierno americano, afirmando que la guerra en Cuba se ajusta a las prescripciones de los pueblos civilizados, y refiere lo sucedido en Estados Unidos durante la Guerra de Secesión, donde hubo embargos, confiscaciones, destrucción de propiedades, quema de ciudades, devastación de regiones, fusilamientos etc.

A la altura del mes de agosto, Weyler se encuentra empantanado en la región central de Cuba, donde de sus fuerzas en operaciones en toda la Isla emplea alrededor del 40% en esta región tratando de aniquilar al General en Jefe Máximo Gómez, lleva 8 meses en esta campaña y no obtiene prácticamente resultados En España, Cánovas, el protector del marqués de Tenerife, muere asesinado, y días después, Calixto García toma la ciudad de Tunas en un golpe anonadante para el ejército español. Los días de Weyler estaban contados, las armas mambisas habían hecho fracasar su guerra de exterminio.

Estados Unidos y España sondearon las cancillerías europeas, Washington con el objetivo de auscultar sus reacciones ante el posible conflicto, y Madrid buscando alianzas que le permitieran contener la probable agresión. En este rejuego diplomático, Estados Unidos llevaba la mejor parte, en definitiva, de cara a las potencias europeas, Cuba estaba dentro de la zona de influencia de su vecino del norte, que además había demostrado tener poder económico y naval suficiente como para ser respetado en el concierto de las potencias; y España era un imperio venido a menos, con una endeble economía, y su soledad se hacía sentir. En cuanto a Cuba nada podía esperar de los gobiernos que pugnaban por ampliar sus dominios y esferas de influencia, ni siquiera encontró apoyo en los gobiernos latinoamericanos, a excepción del ecuatoriano a cuyo frente se encontraba Eloy Alfaro. Eran tiempos en que las oligarquías ligadas al capital extranjero, habían echado a un lado los atributos democráticos y los ideales de emancipación, no obstante, en esos países la solidaridad de los pueblos se hizo patente, y en la mayoría de ellos se formaron clubes de propaganda y se recaudaron fondos para la causa cubana.

El 23 de septiembre de 1897 Wodford, embajador de Estados Unidos en Madrid, dirige nota al gobierno español dándole un plazo para que España formalice proposiciones que pusieron término a la guerra. A inicios de octubre Sagasta se instala como presidente del Consejo de Ministros español, con Pío Gullón en la cartera de Estado; Segismundo Moret, en Ultramar; el general Correa en Guerra, y el almirante Bermejo, en Marina. Este gobierno responde a Estados Unidos, que procurará conseguir la pacificación de Cuba por una acción militar humanitaria a la par que enérgica y la más amplia autonomía. Al propio tiempo quiere se precise la línea de conducta que piensa adoptar McKinley, con el objetivo de impedir en la Unión la formación de expediciones filibusteras. A esto último Estados Unidos contesta, que ha cumplido siempre lealmente con los deberes que impone el derecho internacional.

Mientras se cursaban las notas diplomáticas, en Estados Unidos aparecía el libro del contralmirante Mahan, The Interest of America in the Sea Power, que resultó ser la Biblia de la expansión, este se pronunciaba por una marina cada vez más fuerte, capaz de dominar el Pacífico, obtener Hawai, apurar la construcción de un canal por Nicaragua o Panamá, y tener bases en el Caribe donde Cuba resultaba un precioso objetivo. El libro contribuyó a ampliar los horizontes de los expansionistas y la ambición por los mercados de Japón y China.

La situación se va tornando cada vez más compleja dado los aprestos intervencionistas del gobierno de los Estados Unidos. En noviembre el General en Jefe del Ejército Libertador cubano olfateando la situación, le envía carta al Capitán General Ramón Blanco diciéndole que la Corona no debía permitir que la Isla alcanzara la independencia gracias a favores extraños y le sugiere gestione ante el gobierno metropolitano el reconocimiento de la República de Cuba y así alcanzar la paz, pero de no lograrse los objetivos por los que luchan los patriotas, “fuego y sangre nos manda nuestro honor y decoro y eso haremos” hasta alcanzar la victoria.

El 25 de noviembre de 1897, por Real Decreto, España decidió implantar en Cuba y Puerto Rico la autonomía, esto le permitía quedar bien con los yanquis, a la vez que se ilusionaban con que esa política, simultaneada con las acciones bélicas, podría desarticular al Ejército Libertador, pero este rechazó firmemente la maniobra autonómica y las acciones combativas continuaron. A pocos días de promulgado el Real Decreto, el 28 y 29 de noviembre, tras fuerte batalla, el Lugarteniente General Calixto García tomó el pueblo de Guisa.

Por su parte, la delegación cubana en Nueva York, a cuyo frente se encontraba Estrada Palma, se enfrascó en negociaciones con financistas norteamericanos. El gobierno cubano en armas, inducido por las informaciones que le suministraba su delegado en el exterior, aprobó uno de esos contratos en sesión del 27 de enero de 1898 con el objetivo “de obtener una acción resuelta del Ejecutivo americano en el sentido de llegar a la solución pacífica de la contienda hispano-cubana, solicitando de España el reconocimiento de la independencia de Cuba y la evacuación de nuestro territorio por las tropas españolas, mediante una indemnización...”7

El 6 de diciembre de 1897 el presidente de Estados Unidos en su mensaje al congreso negó la beligerancia a Cuba y presentó a los insurrectos utilizando los mismos métodos de Weyler; al mismo tiempo reconocía al gobierno español las medidas tomadas en la Isla y consideraba aguardar algún tiempo para apreciar sus efectos, a la vez que advertía:

“Sí posteriormente pareciera ser un deber impuesto por nuestras obligaciones con nosotros mismos, con la civilización y con la humanidad intervenir con la fuerza, sería sin falta de nuestra parte y sólo porque la necesidad de tal acción será tan clara como para merecer el apoyo y la aprobación del mundo civilizado”.

Ese mismo día Mckinley, en conversaciones de sobremesa con un banquero amigo, “determinó reiniciar las gestiones para comprar la Isla de Cuba a España, negocio en que pensaba obtener un buen margen.”8 Pero la venta de Cuba a Estados Unidos era para España una cuestión difícil y quizás muy costosa, el historiador Grabiel Maura Gamazo señaló que cualquier gobierno español que hubiera propuesto la venta de Cuba, estaría firmando su certificado de muerte política.

Diez días después del mensaje del presidente de los Estados Unidos al congreso, Estrada Palma le escribía a Gómez que, el gobierno norteamericano tenía que tomar una resolución decisiva en cuanto a Cuba, la cual no podía ser otra que “apoyar la independencia absoluta”, pero el gobierno de la manigua más coherente con la realidad, el 29 de diciembre examinó la situación de la manera siguiente:

“...se veía venir la intervención sin que se supiera cuándo ni cómo, ni en que dirección ni condiciones se ejercería. Era necesario, pues, tratar de que esa ocasión llegara pronto, tuviera por base nuestra independencia y se realizara en pro de la Revolución Cubana. Precisaba adelantarse a nuestros enemigos y evitar que se convirtiera en perjuicio de Cuba lo que se anunciaba como encaminado a obtener solución estable y definitiva para nuestros asuntos.

“Tampoco se ocultó al Consejo de Gobierno los peligros que entrañaría una intervención armada que se efectuara sin que se pudiese contar con nuestra aquiescencia o nuestro concurso. Era necesario gestionar y obtener una inteligencia o un acuerdo con el Ejecutivo americano sobre asuntos tan fundamentales.

“Las instrucciones posteriores a nuestro Delegado y los trabajos de éste fueron todos encaminados en las direcciones expuestas.”9

El 24 de diciembre de 1897 el gobierno estadounidense convocó a la ciudadanía norteamericana a contribuir en ayuda de los reconcentrados en Cuba, la intención estaba clara, tenían en gaveta los copiosos y espeluznantes informes que el cónsul Lee le enviaba desde La Habana acerca de la reconcentración, e iban a potenciar su campaña en esta dirección con el objetivo de presionar a España aún más, mientras proyectaban una imagen humanitaria ante su país y el mundo.

El 8 de enero de 1898 se formaba en Nueva York una junta de socorros por miembros de la Cruz Roja americana y otros comerciantes y religiosos, posteriormente Estados Unidos decidió transportar dicha ayuda en buques de guerra, pero ante la protesta española por semejante humillación, Washington desistió de tal propósito. Los suministros para los reconcentrados fueron llegando a la Isla , destacándose en esta labor muchos ciudadanos norteamericanos y sobre todo Clara Barton, quienes trabajaron con verdadero sentido humanista, al margen de las intenciones de la administración norteamericana.

El 5 de enero de 1898, el Ministro de Su Majestad en Washington informaba a su cancillería que la situación mejoraba de día en día, parecía estar en otro planeta. El 12 turba de integristas en La Habana se amotinan por el artículo “Fuga de granujas”, aparecido en el diario El Reconcentrado que censuraba la conducta de un oficial hispano quién había cometido tropelías en la Isla y marchaba de regreso a España, los ¡Viva Weyler! y otras consignas antiautonomistas, y los ataques a los diarios El Reconcentrado, La Discusión y hasta al Diario de la Marina , más nuevas manifestaciones y desordenes se prolongaron durante 3 días, siendo sofocados por la Capitanía General , utilizando cuantos medios tuvieron a su alcance. El motín fue de gran repercusión en Estados Unidos, siendo aprovechado por los que deseaban apoderarse de Cuba, acompañados por una campaña de prensa que exaltaba los ánimos, y daba por fracasada la política española en Cuba para hacer valer la intervención norteamericana. Pero la administración norteamericana avanzó cautelosamente sin perder el objetivo de obtener a Cuba, y se dio a la tarea de continuar presionando a España.

Desde mediados hasta finales del mes de enero, los manejos diplomáticos entre Estados Unidos y España se caracterizaron, por el aumento de la hipocresía y la mentira. El Ministro de Su Majestad en Washington comunicaba que los ánimos estaban más tranquilos, si bien el cónsul Lee ha reiterado a su gobierno que la autonomía ha fracasado en Cuba; el gobierno español le hacía llegar al norteamericano, que según el general Blanco, no había dudas que la autonomía se implantará en Cuba, sin la menor dificultad.

La Reina de España recibió a Woodford y le solicitó lanzara una proclama en la cual demandara al pueblo estadounidense no contribuir con dinero a la causa de la revolución, y que el presidente norteamericano clausurase la delegación cubana en Nueva York. Si hacía esto, las potencias europeas aprobarían su decisión. Después de esta entrevista el Ministro Moret se reúne con Woodford con el mismo objetivo, o sea que Estados Unidos y España se unieran en el propósito común de apoyar la autonomía y acabar con la revolución. Moret le habló al embajador estadounidense de una maniobra conservadora en las cortes que intentaría derribar al gabinete, y si se hacían del poder cancelarían la autonomía y Weyler regresaría a Cuba, esta hipótesis según el propio Woodford le comunicó a McKinley el 17de enero de 1898, fue respondida por el Ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Madrid de manera tajante: Weyler de nuevo en Cuba significaría la intervención instantánea y final de su país en la isla.10

Estados Unidos, utilizando los canales diplomáticos, decía a España que se concretaría a la política trazada por McKinley en el mensaje al congreso, y este estaba tan satisfecho que decidió enviar un acorazado de la flota de la Unión , el Maine, en visita amistosa al puerto de La Habana , lo cual no era más que otro acto de presión, no tenía nada de amistosa, y se producía en momentos de tensión que podían producir alteraciones. El 25 de enero entraba dicho acorazado en la bahía habanera, al mismo tiempo el gobierno español comunicaba a Washington su extrañeza por la desconfianza que muestra en la eficacia del cambio de la política colonial.

Al margen de la disyuntiva confianza-desconfianza, Estados Unidos jugó la carta autonómica, como también lo hizo con la posible compra de Cuba, o cuando lo creyera oportuno lo haría mediante la guerra. Sólo sus intereses eran la brújula que los orientaba, y los acontecimientos le irían dictando cuándo, cómo, y porque medios, se lanzarían a apoderarse de Cuba y cumplir con ese viejo sueño de los gobernantes norteamericanos.

El 1º de febrero, Madrid se dirige a la cancillería norteamericana congratulándola por la eficacia en la persecución de expediciones demostrada en los últimos meses, pero deplora que no hayan tomado medidas para clausurar la delegación cubana en Nueva York. Rechaza que Estados Unidos se convirtiese en árbitro calificador de los resultados de la autonomía, y mucho menos que Washington pudiera determinar si había llegado o no el momento de intervenir en los asuntos cubanos, alude a que si la soberanía española se ponía en juego, no dudarían en acudir a todos los sacrificios.

El 8 el Ministro de Estado español cursa telegrama a los embajadores en Berlín, Londres, París, Roma, San Petersburgo y Viena participándole que la concentración de fuerzas navales americanas cerca de Cuba originan recelos al gobierno de Su Majestad.11

El 9 de febrero, publica el Journal carta de Dupuy de Lome a Canalejas, la cual había sido enviada en diciembre de 1897. En esta valoraba negativamente el mensaje presidencial al congreso, y agregaba epítetos para con Mckinley calificándolo de “débil y populachero”, y “politicastro”, además de hacer otras consideraciones. La renuncia de Dupuy no se hizo esperar y el incidente fue otra braza de candela utilizada en los Estados Unidos por los que querían atizar la llama de la guerra aumentando el clima hostil contra España, pero la administración norteamericana sólo se lamentó que transcurridos 4 días de la carta a Canalejas, Su Majestad no haya desautorizado las apreciaciones emitidas por Dupuy, y se conformó con que la dimisión del funcionario fuese aceptada, con lo que se dio por terminado el incidente.

El 15, una gran explosión en la bahía de La Habana convierte en chatarra el Maine, 266 marinos mueren en la catástrofe. El gobierno y la reina de España hacen patentes sus condolencias y días después Máximo Gómez hace llegar las suyas. Varias autoridades norteamericanas se inclinaron a considerar el hecho como un accidente, pero la prensa jingoísta no desaprovechó la oportunidad para responsabilizar a España y clamar por la guerra, también en la Casa Blanca había quienes querían hacer aparecer a la metrópoli como culpable de la explosión. Se precipitó la tesis de que la explosión fue de fuera para adentro, y para que España no tuviera escape por si no se podían obtener pruebas certeras, de todas maneras sería responsable por falta de la debida protección.

Tanto los norteamericanos como los españoles nombraron sus respectivas comisiones de investigación de las causa del suceso, Estados Unidos se había negado a investigar los hechos conjuntamente con España. El 20 la comisión española determina que la destrucción del buque fue causada por una explosión interna, pero la norteamericana entrega su informe un mes después y Mckinley el 28 de marzo lo envía al congreso y a la prensa, sus conclusiones eran diametralmente opuestas, la destrucción del Maine fue el resultado de dos explosiones, una pequeña en el exterior del acorazado, que había desencadenado otra enorme interna.

La voladura del Maine pendió sobre España como una espada de Damocles hasta el inicio de la guerra hispano-cubana-norteamericana. Un serio estudio de la explosión fue realizado por el almirante Hyman G. Rickover en su libro sobre el Maine publicado en 1976, en este se dice: “Lo más probable fue el calor de un incendio en la carbonera contigua al pañol de reserva de cargas de seis pulgadas.

“No obstante, como no hay modo de probarlo, no pueden eliminarse como posibilidades otras causas internas”. Al margen de uno u otros criterios, el hundimiento del Maine fue un gran pretexto para incentivar el clima de guerra y la presión contra España, a la vez que su manipulación intencionada servía para darle cierto carácter justificativo a la guerra que Estados Unidos estaba por declarar.

Mckinley ante la posible guerra y sabiendo que la situación sería debatida en el congreso, en una reunión con varios senadores propone plantearle a España la compra de la Isla,12 ¿vacilaba?, los senadores no estuvieron de acuerdo. Por su parte Woodford informaba a Mckinley que los españoles estaban por la paz pero salvando la dinastía, de lo contrario se encontraban dispuestos a la guerra aún perdiendo a la Isla , además consideraban que Estados Unidos deseaba la paz si España resolvía el conflicto cubano.

Al parecer, tanto el gobierno español como el propio embajador norteamericano en Madrid consideraban que en Washington se aguardaba por los resultados de la autonomía, pero la Casa Blanca pensaba distinto, la guerra no se había declarado, pero diversas medidas militares se tomaban en Estados Unidos para cuando estallara el conflicto que muchos consideraban inminente.

El 1º de marzo, el secretario de Estado Sherman remite a Woodford una larga nota en que daba por fracasado el ensayo autonomista, y haciendo galas de humanitarismo, se condolía de los sufrimientos de los reconcentrados que España no podía mitigar. Prácticamente las negociaciones se cerraban, pero el gobierno español insiste en airear la autonomía y comunica a Washington su desconfianza en el cónsul Lee solicitando sea retirado. Además, pidió la expulsión de varios corresponsales de prensa de los Estados Unidos, y denunció que oficiales navales se habían entrevistado con el general Lacret que intentaba desembarcar en Puerto Rico. De una u otra forma todas estas cuestiones fueron rechazadas por el gobierno estadounidense.13

Estados Unidos bullía en la antesala de la guerra, la coyuntura para poner contra la pared a España se la había propiciado el estallido del Maine, pero algún tiempo era necesario para ultimar los preparativos bélicos, además de cierta preocupación por la actitud que pudieran asumir las potencias europeas.

Los ecos de la conflictiva Estados Unidos-España llegaban a la manigua, Aníbal Escalante Beatón en su obra sobre Calixto García nos da su percepción: “Aquella bronca diplomática entre España y los Estados Unidos la veíamos nosotros con gran satisfacción, ya que nos hacía concebir la esperanza de que nuestra lucha en la manigua se encontraba ya en la recta final”.14

El 9 de marzo, el congreso norteamericano aprueba un presupuesto de 50 millones de dólares, la mayor parte para la marina de guerra, una buena tajada para el ejército y otros fondos destinados al equipamiento de la Guardia Nacional , mientras Mckinley sigue utilizando su lenguaje de paz, en medio de un clima permeado por la belicosidad.

A mediados de este mes, el Ministro de Estado español por los canales diplomáticos, llama la atención acerca de la insistencia con que en Estados Unidos se atribuye la catástrofe del Maine a orígenes completamente falsos y calumniosos.

Al clima belicista en Estados Unidos se suma el discurso del senador Redfield Proctor, quien centró su atención en la reconcentración basándose en su reciente viaje a Cuba. Describe la situación dantesca en que se encuentra la Isla y se pronuncia porque la Unión intervenga. Sus palabras contribuyeron a que la comunidad de negocios estadounidense continuará su acelerada inclinación a la participación en la guerra.

Por esos días Woodford despliega su actividad alrededor de la cúspide española tratando de que vendieran a Cuba. Hay vacilaciones en cuanto a la venta en las alturas peninsulares, pero también un gran miedo a pronunciarse al respecto dado que la cultura del honor inculcada de manera interesada y tantas veces invocada por la dirigencia española, tenía un calado con relación a Cuba, que desdecirla podía conllevar la calificación de traición. En definitiva la reina no accedió a ceder la Perla de las Antillas ni a Estados Unidos ni a los insurgentes, prefería abdicar.

Mckinley era presionado por decididos expansionistas que querían ir a la guerra, la marina que ansiaba tener bases en Cuba para cumplir su misión estratégica de carácter imperial, y los negociantes afectados por el conflicto en la Isla. Tampoco podía dejar de tener en cuenta a los que se oponían a la contienda en el propio seno de la nación, y a las posiciones que podían adoptar los países europeos. El presidente decidió andar cautelosamente en medio de la calentura guerrerista.

La economía de Estados Unidos marchaba satisfactoriamente, la bolsa no daba señales negativas, y la comunidad de negocios incluyendo los banqueros de Wall Street percibieron bastante claramente, que estaba llegando el momento de utilizar la guerra para extender sus capitales más allá de sus fronteras. La crisis de 1893 parecía haber quedado atrás.15

En la última decena de marzo hasta el 11 de abril en que Mckinley hace su informe al congreso, la presión sobre España se ejerce en diferentes direcciones y por varios conductos. Estados Unidos la amenaza con que el presidente someterá la cuestión al congreso junto con el informe sobre el Maine, y la dirigencia española a sabiendas que el legislativo norteamericano prácticamente se pronunciaría por ir a la guerra, pide plazo hasta el inicio de la estación de las lluvias, para que el gobierno autonómico alcanzara un acuerdo con los insurrectos, y la paz en Cuba se sometería a las cámaras insulares tan pronto se reúnan el 4 de mayo, además, ofreció someter a arbitraje el asunto Maine. De esta forma trataban de ganar tiempo en espera de la reacción de las potencias europeas a las que se les había pedido consejo y arbitraje.

En el intercambio diplomático, el ejecutivo norteamericano demandó a España establecer enseguida y hasta octubre un armisticio, ultimátum que iba aderezado con la declaración de que Estados Unidos no pretendía la posesión de Cuba. A esto España contestó que consideraría la suspensión de hostilidades si la solicitaban los insurrectos.

El 28 de marzo el ejecutivo estadounidense entrega al congreso un mensaje presidencial con el informe de la explosión del Maine, donde el acorazado aparece destruido por una mina, lo que apuntaba a España como culpable. El informe fue filtrado a la prensa y Mckinley se esforzó porque el mensaje no se discutiera de inmediato en el legislativo.

Como los mambises no aceptarían el armisticio sin que llevara implícito la independencia, ni el congreso de los Estados Unidos seguiría dándole largas al asunto, España se encontraba en un callejón sin salida ante la amenaza norteamericana. Por otra parte, la independencia de la Isla que sólo necesitaba de cierto tiempo para ser alcanzada por las armas cubanas, no estaba en las miras del gobierno español ni tampoco del ejecutivo estadounidense.

Ya en estos momentos las potencias europeas nada relevante estaban dispuestas a hacer a favor de España, sus gestiones no llegaron a más que enviar el 7 de abril una nota a el gobierno de Estados Unidos que le instaba a la moderación, y Washington al mismo tiempo que no se comprometía a nada, se liberaba de la preocupación de que la posible guerra no alcanzaría categoría mundial.

La reina de España acepta dictar la suspensión de las hostilidades, según le había propuesto el representante del Vaticano, lo cual le permitía dorar la píldora aparentando que no lo hacía bajo presión norteamericana sino a “solicitud del Santo Padre”. La reacción en la península fue candente, hubo disturbios y muchos la consideraron una humillación.

El 10 de abril el Capitán General Ramón Blanco dicta la proclama de suspensión de las hostilidades en Cuba de manera unilateral sin contar con los mambises, días después el Consejo de Gobierno cubano y los principales jefes del Ejército Libertador rechazan dicha suspensión y ordenan continuar las acciones de guerra.

El 11, Mckinley presentó al congreso su mensaje, en el que aborda las siguientes cuestiones: Pidió autorización y poderes para poner definitivo término a las hostilidades y asegurar en la Isla un gobierno estable que garantizase el orden, la paz, la seguridad de sus conciudadanos, y si fuera necesario emplearía las fuerzas militares y navales del país. El motivo por el cual dice enviar el mensaje, era la causa de la humanidad y poner fin a la barbarie, el hambre, la miseria horrorosa, a las cuales no podían poner término “los dos bandos opuestos”; la intervención le incumbe dado que es un “deber ineludible, porque los sucesos aludidos ocurren a nuestras puertas”; dice estar obligado a garantizar a sus ciudadanos en Cuba protección de sus vidas y propiedades, justificando la intervención con los gravísimos perjuicios al comercio y los negocios de sus ciudadanos ante la devastación de la Isla.

Continúa el mensaje del Presidente expresando que, la situación en Cuba “es una amenaza constante para nuestra paz interior...”; reduce al pueblo cubano a un “bando” que no quería ponerle fin a la contienda por obstinación; recomienda al congreso el no reconocimiento de la condición de independiente, ni cualquier gobierno en Cuba, lo cual complicaría su misión interventora al tener que jugar un papel “de mero aliado amistoso”; la intervención que se plantea incluía “medidas hostiles contra ambas partes contendientes, como la imposición de una tregua que conduzca al arreglo eventual de la contienda”; si la tregua logra un resultado exitoso, “... entonces nuestras aspiraciones como pueblo cristiano, amante de la paz, serán realizadas. Si fracasa, será sólo otra justificación para nuestra contemplada acción”.

El mensaje expresa claramente, como se atribuyen el derecho a intervenir utilizando la fuerza, deja caer de forma sinuosa la posibilidad de una tregua exitosa de casi imposible asidero, y en cuanto a los cubanos, son un bando obstinado que no merecen ser reconocidos. No obstante, el texto presidencial dio pie a las más diversas consideraciones, y en cuanto a la emigración cubana en Estados Unidos, los que habían confiado en demasía en que Mckinley se inclinaría a favor de la independencia de la Isla , sufrieron un fiasco y pasaron a depositar su confianza en el congreso.

Una gran parte de los legisladores en el congreso estadounidense estaban por acabar con el dominio español en Cuba y pacificar la Isla , pero en cuanto a los destinos de esta, las opiniones, aspiraciones e intereses eran diversos. Esos congresistas eran el fruto de una cultura de expansión territorial, en esos momentos abocada a salir de aquellas fronteras apoyadas en las fuerzas del capital en fase monopólica, y una gran mayoría de los que se pronunciaban por la independencia de Cuba, veían en ella además de un complemento para su seguridad y articulaciones de negocios, una especie de independencia susceptible de tutelaje-control condicionada por las grandes diferencias entre uno y otro país y su cercanía.

Tampoco hay que olvidar, que en la atmósfera del congreso a la hora de inclinarse por la independencia gravitaban otras cuestiones, tales como: Cuba podía ser un fuerte competidor de los productores de azúcar norteamericanos; tenía una gran población negra, por lo cual algunos legisladores no la querían en la Unión ; concepciones que se oponían a nuevas adquisiciones de territorios; legisladores comprometidos en los manejos que había urdido Estrada Palma con el banquero Janney y el coronel McCook con dinero bajo cuerda, y opiniones de orillar una guerra con los europeos por cuenta de Cuba. En fin, la complejidad no era de poca monta, máxime si se tiene en cuenta que muchos norteamericanos simpatizaban con la causa independentista cubana, lo que ejercía cierta influencia en las opiniones que podían emitir los legisladores.

El congreso de Estados Unidos comenzó sus debates el 11 de abril, y entre los asuntos más álgidos se encontraba la cuestión cubana. Tanto la cámara como el senado llegaron a votar anteproyectos distintos por su alcance y contenido: La cámara se pronunció por establecer en Cuba un gobierno propio, independiente y estable, pero no reconocía la república cubana; el senado en su comisión de relaciones exteriores reconocía que Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente.

En el pleno senatorial, el senador Foraker confesó que los poderes legislativos y ejecutivos de los Estados Unidos no tenían el menor derecho de intervenir en la constitución del gobierno cubano, Turpie planteó una enmienda en que reconocía la república de Cuba, y Teller otra donde se expresaba que Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente, y Estados Unidos no tenía otra intención a la hora de su intervención en Cuba, que no fuera su pacificación y, tan pronto se consiguiese, dejaría el gobierno de la isla a su propio pueblo.

El 18 la cámara aprobó el proyecto de resolución conjunta del senado, casi en los mismos términos, pero sin reconocer a la república cubana. Al día siguiente ambos cuerpos legisladores eligieron los integrantes de un comité de conciliación que armonizó un texto definitivo donde no se reconoce a la república cubana, este fue votado en el senado por 42 votos contra 35 y en la cámara 306 contra 6. Sin demora la Resolución Conjunta fue sancionada por el presidente Mckinley, ésta dice:

Por cuanto : el aborrecible estado de cosas que ha existido, durante los tres últimos años, en la isla de Cuba, tan próxima a nuestro territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estados Unidos y afrentado la civilización cristiana, y ha culminado en la destrucción de un barco de guerra de los Estados Unidos con doscientos sesenta y seis de sus oficiales y tripulantes, mientras se hallaba de visita amistosa en el puerto de La Habana , y tal estado de cosas no puede ser tolerada por más tiempo, según manifestó ya el Presidente de los Estados Unidos en su mensaje al Congreso del 11 de abril de 1898, invitando a éste a que adopte resoluciones: Por tanto,

Se resuelve por el Senado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América, reunido en Congreso:

Primero . Que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente.

Segundo . Que es el deber de los Estados Unidos exigir, como el Gobierno de los Estados Unidos por la presente exige, que el Gobierno de España renuncie inmediatamente su autoridad y gobierno en la isla de Cuba y retire del territorio de ésta y de sus aguas, sus fuerzas militares y navales.

Tercero . Que por la presente se da orden y autoridad al Presidente de los Estados Unidos para usar en su totalidad las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos, y para llamar a servicio activo la milicia de los diferentes Estados de los Estados Unidos hasta donde sea necesario para llevar a efecto esta resolución.

Cuarto . Que los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la Isla a su pueblo.16

El texto de la Resolución Conjunta creo esperanzas y generó confusiones en el ámbito cubano: el 24 de abril en manifiesto del presidente Bartolomé Masó aprobado por el Consejo de Gobierno, a la vez que se rechaza el llamado armisticio y se reafirma que sólo la solución del conflicto en Cuba puede lograrse otorgándole la independencia a la Isla , se expresa que: “Para ese objeto y con esos elevados fines aceptamos expresamente todo auxilio y toda acción que se nos preste, ya venga de personas o entidades particulares o de la gran Nación que para esto debemos desde hoy considerar como nuestra amiga y nuestra aliada”; Calixto García, el 1ro de mayo, en carta a el general Domingo Méndez Capote, consideraba que los Estados Unidos no reconocían al gobierno de la república cubana por lo defectuosa de la institucionalidad mambisa, mientras Estrada Palma consideró que dicha resolución constituía el reconocimiento de la república.

Con la Resolución Conjunta , Estados Unidos abría el cauce hacía las acciones bélicas y España la recepcionó lógicamente como una declaración de guerra. El 22 de abril cumpliendo órdenes de Mckinley comenzó el bloqueo naval a Cuba, esta acción desdecía por completo de las proclamadas intenciones humanitarias del gobierno norteamericano, la Isla devastada por la guerra y la reconcentración, ahora además estaría bloqueada, aumentándose la muerte, el hambre y la miseria extrema que ya padecía la población.

Los Estados Unidos comenzaron una desordenada y caótica movilización de las fuerzas que participarían en las acciones terrestres, y reconociendo la necesidad que tenían de la participación de las tropas cubanas, el ejército norteamericano contactó con ellas, al mismo tiempo que desconocían concientemente al gobierno de la Isla y las estructuras de mando del Ejército Libertador.

El 1º de mayo el almirante Dewey destruye la flota española en Cavite (Filipinas), y el secretario de Guerra de Estados Unidos Alger, parece para no quedarse atrás, da órdenes al ejército de preparar 70 000 hombres para tomar La Habana , esto era bastante festinado, y todo parece indicar que poco después decidieron esperar hasta ver donde se encontraba la flota española del almirante Cervera para derrotarla.

El mismo día que es hundida la flota española en Cavite, Calixto García recibe al teniente de la División de Inteligencia Militar norteamericana Andrew S. Rowan, quién traía mensaje verbal del mando militar de Estados Unidos acerca de la forma de operar de conjunto cuando se desencadenen las acciones de guerra, y le pidió al Lugarteniente General le dijera cuáles eran sus demandas de pertrechos y provisiones.17

Calixto no tenía instrucciones para guiarse en esta situación, pero estaba dispuesto a ayudar a la ejecución de los planes norteamericanos, al no ser que recibiera órdenes contrarias. Es posible pensara que el enviado de los Estados Unidos demostraba las intenciones de establecer la cooperación con el objetivo de hacer cumplir lo estipulado en la Resolución Conjunta.

Rápidamente el Lugarteniente General ordenó a Enrique Collazo y a los tenientes coroneles Carlos Hernández y Gonzalo García Vieta, que salieran rumbo a Estados Unidos junto con Rowan, para coordinar las operaciones con el ejército norteamericano y los recursos necesarios para armar unos 15 000 hombres. Esta decisión de hecho, se hacía al margen del gobierno cubano y del General en Jefe del Ejército Libertador, y en momentos, en que la coordinación entre el gobierno, la jefatura del ejército y la delegación cubana en Estados Unidos, se hacía supremamente necesaria para el trazado de la política a seguir ante la intervención norteamericana.

El 10 de mayo de 1898 en el Consejo de Gobierno cubano, reunido en Sebastopol, Camagüey, se da lectura a una carta escrita el 26 del pasado mes por el Delegado Plenipotenciario en el extranjero Tomás Estrada Palma, además, se lee exposición que hizo este en la misma fecha al Presidente Mckinley. En la primera se hace un recuento de lo acontecido hasta llegar a la intervención de los Estados Unidos, aunque “no habiéndose reconocido aún nuestro Gobierno como el único legítimo en la Isla ”, además, que ha tenido varias reuniones con el general Nelson Miles, en las que le informó de las fuerzas con que contaban los cubanos, y le solicitó pertrechos y provisiones.

En cuanto a lo que Estrada Palma le comunicó a Mackinley, se expresa que: “ La República de Cuba dará instrucciones a sus Generales para que sigan y ejecuten los planes de los Generales Americanos en campaña, y aunque mantenga su organización propia, el Ejército cubano estará siempre dispuesto a ocupar las posiciones y a prestar los servicios que los Jefes americanos determinen ... A fin de no exponer la vida de los soldados americanos no aclimatados, los cubanos están dispuestos con tal de que se le suministren armas y municiones rápidamente, a afrontar lo más rudo de la lucha en Cuba ... poniendo así el Ejército cubano en pie de operar según los planes que más convengan a los Jefes Americanos ... Tomo estos compromisos en mi carácter de representante autorizado de la República de Cuba, que dará las órdenes e instrucciones necesarias a los Jefes cubanos para que se pongan en ejecución”.18 En concordancia con lo expuesto por Estrada Palma, el Consejo de Gobierno cubano tomó acuerdo aprobatorio y la Secretaría de Guerra dio las órdenes oportunas al General en Jefe y Lugarteniente General del Ejército Libertador a fin de que ajustasen su conducta a lo que se ha expresado.

El consejo se vio ante un hecho consumado que decidió aprobar, pero como el delegado en el exterior a todas luces se había extralimitado y los mantuvo desinformados de su actuación, instaron a Estrada Palma a informar en detalle acerca de la situación de la revolución para con los Estados Unidos, y el día 12 de mayo el consejo decidió fuera a Norteamérica su vicepresidente Domingo Méndez Capote, enviado especial que trataría de lograr el reconocimiento del gobierno cubano. Por supuesto Estrada Palma no vio con buenos ojos lo que significaba el enviado especial, que en esencia podía disminuir su autoridad y libérrima actuación, pero en definitiva nada cambió, los hechos siguieron su agitado curso.

Estrada Palma subordinó sin más ni más el ejército cubano a las decisiones y planes del norteamericano, cuestión que podía ser discutida dada la necesidad real que tenían las fuerzas terrestres de Estados Unidos de un aliado en tierra, lo que podía propiciar un mecanismo de presión que al menos serviría para evidenciar, aún más, las verdaderas intenciones con relación a Cuba del gobierno estadounidense. Por falta de previsión, el Consejo de Gobierno cubano se vio rebasado por los acontecimientos, y el ejecutivo estadounidense aprovechó la incoherencia de los órganos de dirección cubanos para sinuosamente ir poniéndole límites a la verdadera independencia de Cuba.

En la coyuntura que nos ocupa, la intervención norteamericana en una guerra que se venía desarrollando durante poco más de tres años, planteaba muchas dudas sobre sus verdaderas intenciones, pero era un hecho consumado que los revolucionarios no podían evitar. Por otro lado, la causa cubana tenía simpatías en el pueblo de los Estados Unidos, y el presidente de esa nación había refrendado la Resolución Conjunta donde se decía que Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente, y lograda la pacificación, dejarían el gobierno y dominio de la Isla a su pueblo, lo cual fue un contribuyente de gran importancia para que se tuviera determinado grado de confianza en el cumplimiento de lo allí acordado.

De esta forma se produce la intervención de los Estados Unidos en la guerra hispano cubana, cuando se auguraba el triunfo de las armas mambisas. La guerra en el escenario cubano sufría un cambio cualitativo.

Las acciones militares de la guerra hispano-cubana-norteamericana comenzaron en el territorio cubano el 10 de junio al producirse el desembarco por Guantánamo. Treinta y cuatro días después se consumaba la rendición de Santiago de Cuba. Posteriormente continuaron las acciones combativas en otras regiones de Cuba, fueron bombardeados Manzanillo y Santa Cruz del Sur y se ocupaba la bahía de Nipe.

El 11 de agosto se negocia en Francia entre Estados Unidos y España, y al otro día se suspenden las hostilidades, lo cual no le impide a los norteamericanos horas después tomar Manila, ya durante las acciones en el oriente cubano se habían anexado a Hawai mediante Resolución Conjunta sancionada por Mckinley.

La cooperación entre las fuerzas cubanas y norteamericanas, no dejó de transcurrir sin varios incidentes en los que estaba implícito el prestigio y el honor del Ejército Libertador, el más sobresaliente de estos fue la entrada en Santiago de Cuba del ejército norteamericano sin la presencia cubana, para lo cual utilizaron falsos pretextos que provocaron la digna carta de Calixto García al general Shafter y la presentación de la renuncia a su cargo ante el General en Jefe Máximo Gómez.

Si la guerra hispano-cubana-norteamericana logró una rápida victoria en el teatro de la Isla , ésta se debió al papel que desempeñó el Ejército Libertador, que:1.-Mantuvo a las fuerzas españolas durante tres años en incesante guerra a todo lo largo y ancho de la Isla , que afectó hasta el tuétano su capacidad y moral combativas; 2.-La beligerancia de las fuerzas cubanas en todo el territorio nacional, impidió al ejército español la concentración de tropas y medios en la dirección principal del ataque norteamericano-cubano en el oriente del país; 3.-Las fuerzas norteamericanas fueron eficazmente auxiliadas en la batalla de Santiago de Cuba por el ejército cubano, que se destacó en las acciones combativas, y bloqueó diversas fuerzas españolas de las regiones cercanas, impidiéndoles acudir al principal escenario de combate.

No obstante la eficaz colaboración cubana, al firmarse el Tratado de París el 10 de diciembre de 1898, no se tuvo en cuenta a los cubanos en las negociaciones, y España que era partidaria de que la Isla fuera anexada a los Estados Unidos, renuncia a todo derecho de propiedad y soberanía sobre Cuba, cede la isla de Puerto Rico, el archipiélago de Filipinas en los límites señalados en el tratado, la isla de Guam y las que están bajo su soberanía en las Indias Occidentales. Jamás se había obtenido tanto con tan poco.

El 1º de enero de 1899 la bandera española descendió de sus mástiles, al mismo tiempo que subía la estadounidense y John R. Brook pasó a ser gobernador militar de la Isla de Cuba. La participación de las fuerzas revolucionarias en la ceremonia fue prohibida con igual pretexto al empleado el 16 de julio para no dejar entrar en Santiago de Cuba al Ejército Libertador, mientras soldados del 7mo. Cuerpo de ejército de los Estados Unidos, recién llegados a la capital cubana, convertían el Paseo del Prado y el Parque Central en campamento. La Habana tomó aspecto de ciudad en estado de sitio.

El 18 de enero, Gómez dejaba escrito en su Diario de Campaña: "La situación pues, que se le ha creado a este pueblo, de miseria material y apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatías".

 

Notas y Citas

1 Pavón Tamayo, Elías: “Dos siglos de agresiones: Primera Parte (1762-1901)”. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1981, p 123.
2 El vapor y la electricidad aceleraron impetuosamente la producción y con ella la sociedad. El carbón se extraía a mayor profundidad de la tierra, a más carbón, más acero y mayor productividad; las máquinas transformaron la agricultura y la producción textil; el ferrocarril impulsado a vapor transitaba por rieles de acero; los cables eléctricos necesitaban cobre y se multiplicó su producción; surgen y crecen ciudades, entre 1860 y 1890 la población de Estados Unidos aumentó de 31 a 75 millones de habitantes. El trabajo se hacía en condiciones peligrosas y poco higiénicas, los que construían el ferrocarril además de tratar de soportar el calor y el frío tenían que batallar contra los indios que no aceptaban la invasión de sus tierras; los granjeros en un 90% vivían del crédito; de 1889 a 1903 dos negros por semana eran linchados y las crisis periódicas del capitalismo continuaron apareciendo. El sacrificio humano fue espantoso. Ver Víctor Perlo: “El Imperialismo Norteamericano”, y Howard Zinn “La otra historia de los Estados Unidos”.
3 Martí, José: Obras Completas. Editorial Ciencias Sociales, La Habana , Cuba, 1975, t. 1, p. 91.
4 Ver: “Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana. Operaciones Navales”. Gustavo Placer Cervera. Editorial Ciencias Sociales. La Habana 1997, pp. 33 y 55.
5 “Dos Siglos de Agresiones”, ob. cit. p. 138.
6 Zinn, Howard, Ob. Cit. p. 212.
7 Mensaje de Bartolomé Masó a la Asamblea de Santa Cruz del Sur, en Documentos para la Historia de Cuba. Hortensia Pichardo, Instituto Cubano del Libro, La Habana 1973 T. I, p. 522 y siguientes.
8 Roig, Emilio: “Los Estados Unidos contra Cuba Libre”.
9 Mensaje de Masó, citado, en Hortensia Pichardo Tomo I, pp. 528 y 529.
10 Rodríguez, Rolando. “Cuba la forja de una nación”, Editorial Ciencias Sociales, La Habana 1998, T. II, p. 359 y siguientes.
11Documentos a las Cortes, en la legislatura de 1898 para el Ministro de Estado español, de los cuales se han tomado varías referencias en el presente artículo.
12 Foner, Philip: La guerra hispano-cubano-norteamericana. Vol. I, p. 277.
13 Rodríguez, Rolando, Ob. Cit. pp. 486 a 488.
14 Escalante Beatón, Aníbal: “Calixto García. Su campaña en el 95” . La Habana 1978, p 369.
15 “El año 1893 fue testigo de la mayor crisis económica de la historia del país. Tras varias décadas de un crecimiento industrial salvaje, manejos financieros, una especulación incontrolada y ganancias excesivas, todo se vino abajo: quebraron 642 bancos y cerraron 16 000 negocios. De una mano de obra de 15 millones, 3 millones estaban en el paro. Ningún gobierno estatal propuso ayudas, pero las manifestaciones multitudinarias que hubo en todo el país, obligaron a los ayuntamientos a establecer comedores de beneficencia y dar trabajo a la gente en las calles o en los parques”. Zinn, Howard. “La otra historia de los Estados Unidos”. Editorial Ciencias Sociales, La Habana 2004, p. 200.
16 Roig de Leuchsenring, Emilio. Historia de la Enmienda Platt , La Habana , 1935, Vol. II, p. 213.
17 Collazo, Enrique. “La guerra en Cuba”, librería Cervantes, 1926, p. 100.
18 Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia. Tomo IV, pp. 55 y 56. Y Rodríguez, Rolando Ob. Cit.

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