Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.
A juzgar por las recientes publicaciones de Antonio Santamaría, al menos las que han llegado a Cuba, además de historiador económico y en particular de la industria azucarera cubana, se dedica, junto a otros colegas suyos, a la crítica de la actual historiografía cubana.
Recuérdense los ensayos y los artículos publicados por el Instituto de Historia del CESIC, España, en torno a las publicaciones sobre el 95 y el 98 bajo las firmas, además de Santamaría, de Consuelo Naranjo e Inés Roldán. A ellos deben sumarse las observaciones emitidas por Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, específicamente en el libro titulado Cuba | España. El dilema autonomista, 1878-1898, dado a conocer por la Editorial Colibrí, España, en el año 2002.
Los cubanos estamos acostumbrados al ejercicio de la crítica. La practicamos continuamente entre nosotros con la esperanza de mejorar los resultados del trabajo investigativo. El intercambio de ideas es continuo y fluye desde el momento en que el historiador concibe y propone su proyecto científico. Igualmente hay un intercambio constante con el exterior, aunque no siempre se reciba la observación sana y desprejuiciada, carente de intencionalidades políticas y de ataques desmesurados a la dirección del país.
Es muy bueno que se critique lo que hacemos. Peor suerte se corre cuando nuestro andar pasa inadvertido por los que nos quieren bien y por los que nos quieren mal. Es mucho peor cuando se nos ignora aun después de utilizar nuestros conocimientos o nuestra ayuda en la localización de las fuentes radicadas en los fondos informativos de Cuba.
Santamaría, a quien creíamos más conocedor de las inquietudes historiográficas cubanas por sus vínculos personales con muchos de los integrantes de la comunidad de historiadores de Cuba, en su reseña sobre el libro colectivo La sociedad cubana en los albores de la república. 1898-1902, afirma categóricamente que: Debido en parte a los proyectos de investigación priorizados por el Instituto de Historia de Cuba y a la relativa mocedad de los autores, pero también a la continuidad de las preocupaciones que tradicionalmente han caracterizado a la historiografía de la gran Antilla y a la recepción y aceptación de otras nuevas y más acordes con las principales corrientes de debate internacional el libro combina ensayos acerca del problema independentista y análisis de tipo institucional, con estudios de sectores marginales de la sociedad y de la configuración y formas de manifestación de las señas de identidad insular.
Salta a la vista algo muy repetido por nuestros críticos, el hecho de que las instituciones intelectuales cubanas.priorizan determinadas investigaciones, cuestión carente de veracidad. El investigador propone su proyecto científico, lo somete a la consideración de su colectivo, y finalmente, si reúne los requerimientos metodológicos, es aprobado por el Consejo Científico y la dirección institucional. A partir de entonces se establece el financiamiento.
No existe, por tanto, proyecto por encargo, ni tampoco prioridades temáticas. Hay absoluta libertad para investigar. Las sugerencias de cómo se deben abordar algunas temáticas están presentes en todos los interesados por descubrir verdades o despejar enigmas. No hay, repito, historias por encargos ni prioridades oficiales.
El flujo informativo con el exterior y con el interior permite a los historiadores acercarse a las nuevas corrientes historiográficas. Ello no contradice la libertad de creación en tanto no pueden existir escuela, país, o comunidad, capaces de imponerle al científico una forma determinada de decir y de reconstruir la realidad histórica.
Si se desea la continuación de los estudios relativos a la independencia nacional, al sistema político, a la política gubernamental, al pensamiento liberador y emancipatorio, junto con los de orden social tales como la marginalidad, el racismo y el género, bienvenidos sean todos, si con ellos se defiende la libertad de creación científica y, sobre todo, si contribuyen al desarrollo y ampliación de los conocimientos culturales.
Nadie, absolutamente nadie, le puede decir al creador lo que debe hacer, y mucho menos, sentar pautas en torno a lo tradicional o lo moderno. Cada cual sabe y gusta de hacer lo que se corresponde con el universo incuestionable de la diversidad científica.
Pueden abordarse temáticas muy de moda bajo el prisma de un positivismo conservador a la usanza del siglo XIX. Recuerde Santamaría que la literatura de entonces abordó los problemas sociales junto a los políticos. La vagancia, la criminalidad, la corrupción político administrativa, entre otros, ocuparon la atención de los críticos sociales y de los escritores de entonces. La cuestión no es, por tanto, de temática, sino de método, aspecto que la crítica historiográfica española solo menciona cuando de criticar a la filosofía marxista leninista se refiere.
Podría preguntarse si la modernidad, concepto tan confuso y manipulado por los que quieren imponer sus criterios, está presente en el relato por el relato, en la descripción por la descripción, sin generalizaciones teóricas capaces de contribuir al desarrollo de la ciencia histórica.
También podría preguntarse si defender la independencia nacional o el pensamiento emancipatorio constituye un pecado, propio de los que, supuestamente, marchan a la zaga de la contemporaneidad. Tal vez estén haciendo estragos en el pensamiento de algunos las falsas ilusiones de la globalización, donde la soberanía y la independencia no tienen cabida.
Acaso la prisa con que Santamaría se leyó el texto de La Sociedad cubana en los albores de la república, le impidió comprender la magnitud de las investigaciones que lo avalan, y la lógica interna de la diversidad temática previamente seleccionada por los autores.
La determinación del período obedece a numerosas causas y razones En sentido general, la historiografía tradicional establece que la historia concluye en 1898, cuando los españoles se retiran de Cuba porque pierden la guerra, y continúa en 1902, al instaurarse la república neocolonial, término, este último, que molesta a algún que otro crítico de nuestros conceptos. Con ello se desconoce a la sociedad dejada por la dominación colonial, y que constituyó el escenario de las nuevas contradicciones socio políticas.
El libro pretende presentar un muestrario de problemas reinantes en una sociedad adolorida por tantos siglos de ineficaz administración gubernamental. Al propio tiempo persigue el propósito de enlazar las dos dependencias coloniales mediante una lógica interna sociocultural y política, explicativa de las deformaciones en que se asentó la naciente república.
El primer ensayo, calificado por Santamaría de tradicionalista, no solo muestra la visión de los integristas sino también la de los defensores del autonomismo. Justamente concluye con el enfoque de Rafael María de Labra en tanto la autora demuestra la agudeza y el realismo de sus observaciones.
La variedad de artículos contenidos en los diferentes órganos de prensa, con sus múltiples maneras de contemplar el acontecer del 98, permite comprender dos aristas pocos trabajadas hasta el presente y muy lejos de ser tradicionalistas. Tanto el anexionismo como el antianexionismo, ambos españoles. El segundo, fiel defensor de la cultura hispana como arma espiritual contra los nuevos tiempos de absorción foránea que progresivamente se iban imponiendo en la gran Antilla. En ello estriba su mayor mérito.
Los siguientes capítulos, bajo la autoría de Ricardo Quiza, Yoana Hernández, Marilú Uralde, Yoel Cordoví y Rolando Misas, evidentemente no gustados por el crítico Santamaría, muestran, con toda su crudeza, los avances científicos; las contradicciones socioculturales; los avatares de una institución, como la eclesiástica, para supervivir durante y después de la ruptura; las convergencias y las divergencias entre los pensamientos conservadores, más allá de fórmulas integristas o republicanas, y la espiritualidad de resistencia evidenciada a través de un suceso como la exposición de Búfalo, en los Estados Unidos.
Ellos aportan lo que hasta ahora no se ha dicho, pero también incitan a meditar sobre la aparición de nuevas mentalidades y sueños dentro de la ruptura y el cambio finiseculares.
Un ejemplo elocuente de los frutos contradictorios de una época, lo constituye el estudio de Marilú Uralde sobre la Guardia Rural. Allí se habla de acontecimientos no deseados por la mayoría de los cubanos, a pesar de la imagen idílica que entonces se tenía sobre los Estados Unidos. No hay premeditación en sus conclusiones, como afirma Santamaría, lo que hay es una lectura minuciosa de la documentación consultada, aspecto omitido por el crítico.
Es de agradecer, las frases elogiosas de Santamaría sobre los estudios de Raquel Vinat y Yolanda Díaz. Ellos cubren las necesidades que sobre dichos temas posee la historiografía nacional, y también la internacional. Es bueno, volver a recordar que lo novedoso no está solo en los temas, sino en los métodos empleados por ambas para sustentar la reconstrucción de los fenómenos estudiados. Ellas van a la sociedad generadora de las contradicciones sociales y políticas con la sensibilidad propia de quienes valoran altamente la historia nacional. |