Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.
El desconocimiento de Opatrn sobre la historiografía cubana a partir de 1959, resulta asombroso, sobre todo, si se tienen en cuenta sus fecundas colaboraciones con el mundo editorial de Cuba, hasta los finales de la década del 80. Para ser más exactos, desde el triunfo de la Revolución Cubana hasta la caída del campo socialista europeo. Aun se cita su conocido ensayo marxista titulado Antecedentes históricos de la formación de la nación cubana, editado por la Universidad Carolina de Praga, así como otros trabajos suyos que abordan el mismo tema, bajo diferentes ópticas, pero con el mismo enfoque y método.
Opatrn sabe perfectamente de la inexistencia de interpretaciones racistas en la historiografía cubana contemporánea. En modo alguno en nuestras historias generales se ha utilizado a José Martí como el criterio de la sociedad colonial, ni tampoco su doctrina ha justificado los actuales derroteros de la política gubernamental. Lo que sucede, para dicha de los estudiosos de la historia, es que la obra y la vida del Héroe Nacional, constituyen basamentos teóricos en que se apoya el proceso revolucionario para desarrollar su obra emancipatoria, de justicia y de igualdad sociales. Durante más de 50 años, se habló de José Martí como un símbolo, como un mito, pero sus ideas y su proyecto políticos fueron totalmente ignorados por las oligarquías gobernantes.
La Revolución cubana es el resultado de un largo, difícil y doloroso proceso de luchas por la reivindicación nacional, donde el pensamiento martiano constituyó el paradigma insustituible de varias generaciones.
Los historiadores cubanos son los primeros en reconocer la existencia del racismo en la burguesía criolla del siglo XIX; de sus temores por la repetición, en Cuba, de la revolución haitiana. Todos los textos hacen alusión a ese fenómeno. Tampoco se niega la presencia del racismo en las filas mambisas como resultante de una larga y espantosa esclavitud. Por lo tanto, al respecto, Aline Helg se basa en los razonamientos de los estudiosos cubanos, sin aportar idea novedosa alguna.
En las páginas 90 a 93 del capítulo2 de la obra Historia de Cuba, tomo 3, publicada en 1998, bajo el auspicio del Instituto de Historia de Cuba, se hace un análisis sustancioso sobre la confrontación racial de 1912. En igual sentido se pronuncian los trabajos de Tomás Robaina y Oilda Hevia, por solo mencionar algunos.
En los últimos años, la historiografía cubana se ha preocupado por desarrollar eventos científicos relativos al problema racial. Este, como se sabe, en el ámbito internacional, constituye una preocupación reciente. Su abordaje asistemático en la literatura cubana no es el fruto de supuestas orientaciones ofrecidas por la dirección gubernamental cubana, tal y como Opatrn insinúa, sino el de un cierto desinterés de los estudiosos de la cultura por mantener la continuidad de los análisis realizados por los sabios cubanos Fernando Ortiz, Argeliers León, Isaac Barreal y otros. Sin embargo, recuérdese que la cultura negra fue y es objeto de atención por parte de los etnólogos y escritores de la estatura de Miguel Barnet, Pedro Deschamps y Natalia Bolívar, cuyos resultados investigativos han sido financiados por las instituciones y las editoriales del país.
La ignorancia asombrosa de Helg y Opatrn se expresa cuando pasan por alto que las obras más relevantes de José Luciano Franco, Juan Pérez de la Riva y del propio Ramiro Guerra, fueron publicadas masivamente después de 1959. Ellos, junto a otros, se preocuparon por destacar el papel relevante de las masas populares en el proceso histórico nacional, y dentro de ellas, el de los negros y mulatos.
Igualmente se ha posibilitado la publicación de varios tomos y ensayos referidos al movimiento obrero, donde abiertamente se fundamenta la presencia del racismo en los movimientos populares. Este, como todo lo relacionado con el quehacer político del pueblo, fue silenciado durante la neocolonia. Otro ejemplo, entre muchos, que demuestra el carácter reivindicativo de la historiografía cubana bajo los impulsos de la Revolución.
Sobre lo afirmado por Helg, y evidentemente apoyado por Opatrn, de que la revolución castrista tampoco terminó con la discriminación de los afrocubanos y su lucha por la igualdad no ha alcanzado hasta ahora la victoria final, bien pueden ambos informarse de que los procesos relativos a las costumbres, las mentalidades y a la forma de asimilar los cambios en la cotidianidad y en el imaginario común, requieren de largos procesos emancipatorios, mucho más cuando estos están precedidos de la esclavitud y de la injusticia social.
La Revolución estableció la igualdad real de derechos para todos los cubanos, y ha puesto en práctica todo cuanto contribuya a desarrollar dicho principio.Los problemas subjetivos, tan difíciles de desarraigar de los sentimientos humanos, son obra del tiempo y de la sistemática acción de los encargados por desarrollar una cada vez más justa educación espiritual.
En modo alguno los científicos cubanos y los dirigentes del país niegan la existencia actual del racismo, a tiempo que aseguran, también con documentos probatorios, que oficialmente no existe la discriminación racial. Lo que cada cual haga en contra de esa igualdad, verdaderamente alcanzada en 1959, para orgullo de los cubanos, es cuestión de conciencia individual y no de una política oficial.
La mala suerte acompaña a Helg y a Opatrn porque no podrán probar la política racista en Cuba, la buena suerte acompaña a los cubanos desde 1959 hasta nuestros días. Los aires renovadores de la Revolución cubana iluminan nuestros pasos hacia la igualdad y la libertad de los hombres. |