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| José Martí: Crónicas de una ciudad. | ||
Autor(a): Dr. Yoel Cordoví Núñez. Instituto de Historia de Cuba. Entre 1881 y 1882, el emigrado revolucionario cubano, José Martí, se encontraba en la ciudad de Nueva York y publicaba para el diario caraqueño La Opinión Nacional . Al tiempo que se ganaba la vida en sus labores periodística, revelaba los intríngulis en los que se debatía la sociedad norteamericana en el decenio de los 80. Nada escapaba a la visión del talentoso joven. Sus crónicas, de depurado estilo artístico, sacaban a la luz las costumbres, los hábitos, y la cultura de una ciudad, estremecida por el intenso ritmo de vida, propio de un centro comercial, financiero y económico. Así, el 16 de septiembre de 1881, en Caracas y otras regiones a donde llegaba La Opinión Nacional se conocía de la construcción del edificio de la Bolsa en la calle Broadway, en cuyo trabajo nocturno se empleaba la novedad de la luz eléctrica. El cronista teatral, de larga ejecutoria en México, informaba también de las dos versiones de Miguel Strogoff, de Julio Verne, y una representación de los Minstrels de San Francisco, “especie de Aristófanes tiznado de negro”. En los meses siguientes, Martí mantiene al tanto a la opinión pública de una serie de acontecimientos neoyorquinos. Desde el incendio de un depósito de tranvías, cuya intensidad y dramatismo la vive y sufre el lector, hasta la amenaza de escasez de agua en la urbe con motivo de la sequía. Hamlet, representado por Ernesto Rossi, en el teatro de Booth y la soprano Adelina Patti en la sala de Steinway, integran también parte de esas escenas en la que no falta el filo social del pensamiento martiano. Dos casas de pobres se habían derrumbado y ocasionaron la muerte de dos niños “por la incuria de los avarientos propietarios”. Al finalizar el año 1881, las pascuas ocupan buena parte de los trabajos del cronista. Las escenas costumbristas se suceden en una suerte de cuadros en los que no escapan los más diversos elementos integrantes de la sociedad, como quien quiere aprehender de un golpe las grandezas y vilezas del entorno en que vive. Pero entre tanto jolgorio y tanto ir y venir de mercaderes, tiendas abiertas, coronas y el árbol de Pascuas, a Martí le asaltan dos inquietudes: la de las lágrimas “de las madrecitas para cuyos hijos no entrará el buen Santa Claus por la ruinosa chimenea” y las de “las concepciones monstruosas” de una compañía peruana, partidaria de que Estados Unidos tuviera derecho “a todo el oro y riquezas todas de la América del Sur” y a que el Perú abriera las puertas de sus minas y demás fuentes de riquezas “a los reclamantes avarientos”. La crítica de costumbres acompañaría también sus crónicas. “no han heredado los neoyorquinos la sencillez de los fundadores”. La sutileza salta a la vista. En medio de la descripción de las fiestas por el año nuevo en Nueva York, Martí aprovecha para dejar establecido los cambios que se operan en un sistema donde regían lo que él llama la “aristocracia política” o “de la fortuna”. En estas primeras Escenas Norteamericanas, Martí abarca un abanico de problemáticas sociales, políticas, culturales, deportivas, en las que se debatían las barriadas neoyorquinas. En todas, aparecía su voz crítica, su estilo fino y punzante, nunca en busca de crear una imagen antinorteamericana. Nunca fue un antinorteamericano, sino un antiimperialista que, desde fecha temprana, pudo percibir las tendencias absorbentes que emergían en el seno de un país de hombres y mujeres que pudo admirar. En los dos años que José Martí escribe para el diario caraqueño La Opinión Pública , pone al descubierto las escenas políticas convulsas del Nueva York de su tiempo. Hasta donde la censura de sus editores le permite, en cada crónica, hace desfilar hechos y hombres que integran la trama en la que se debatía la sociedad norteamericana de inicio de la década de 1880. En las primeras catorce crónicas, publicadas entre el 5 de septiembre y el 27 de diciembre de 1881, el periodista cubano resalta el atentado y la agonía y muerte del presidente Garfield, así como el proceso judicial a su asesino. En torno a estos hechos, Martí logra radiografiar, con acento crítico, el ambiente de corrupción que se respiraba en esa sociedad. Su mirada se detiene en los partidos políticos, Demócrata y Republicano, devenidos campos de batalla con fines electorales: “En uno y otro partido se habían creado corporaciones tenaces y absorbentes encaminadas, antes que al triunfo de los ideales políticos, al logro y goce de los empleos públicos.” Estudia, asimismo, el fenómeno del caciquismo, asociado a estas rivalidades. Es decir, cómo las corporaciones políticas obedecían a un jefe, los denominados boss . En su crónica del 15 de octubre de 1881, al referirse a estas figuras, apunta: “el boss ofrece empleos, adquiere concesiones a cambio de ellos, dispone de los votos y los dirige: tiene en sus manos el éxito de la campaña para la elección del Presidente.” Las elecciones parciales para el estado de Nueva York y para la alcaldía de Brooklyn, confirman su pensamiento con respecto a la política de un país, “señor en apariencia de todos los pueblos de la tierra, y en realidad esclavo de todas las pasiones de orden bajo que perturban y pervierten a los demás pueblos.” No podía ser de otra manera, una vez que penetraban en la vida política una “singular aristocracia de la fortuna” que pretendía olvidar “sus modestos pañales”. La dimensión ética del pensamiento de Martí, le permite distinguir entre los que él llama “los ricos de la primera generación” y los “de segunda generación”, estos últimos devenidos en “aristocracia política” que controlaban los medios de comunicación y solían imperar en las asambleas, “cual casta soberbia, que disimula mal la impaciencia con que aguarda la hora en que el número de sectarios le permita poner mano fuerte sobre el libro sagrado de la patria”. No criticaba a los ricos, al estilo del italiano Lorenzo Delmónico, fundador de una cadena de restaurantes, aquel “italiano modesto” y “rico humilde”, como lo llamaba, sino a los que apoyaban la candidatura del aristocrático John Jacob Astor, al estilo del “ceñudo Grant y el desdeñoso Conkling”. Con las credenciales de esos hombres que se imponían en la política es que Martí, sorteando seguro la censura y con la sutileza que lo caracterizaba, hace alusión a la pregunta de un norteamericano al Sun de Nueva York: “Este es un gran país, y sin embargo, es un hecho que dentro de los últimos 16 años dos Presidentes han muerto asesinados; otro Presidente fue procesado, y a poco se le echa indignamente de su puesto; y otro Presidente ocupó su puesto por abominable fraude ¿No es éste un interesante estado de cosa? ¿Qué viene ahora? No era esa la democracia real a la que aspiraba Martí y de ahí su constante alusión a las tradiciones de democracia e igualdad sustentada por los padres fundadores de la nación. De ahí su alusión posterior a las dos patrias: “Amamos a la patria de Lincoln tanto como tememos a la patria de Cutting.
Titulo: Reseña de Atilio Borón, " Imperio e imperialismo". Una de las tesis imperantes en el debate teórico actual acerca de la globalización neoliberal y su impacto en el reordenamiento internacional emergente tras la caída del campo socialista, es la relacionada con una supuesta transición de la fase imperialista. Según los sostenedores de esta premisa, la humanidad está en presencia de un gigantesco y profundo cambio; de un transito del imperialismo, basado en la presencia de estados en permanentes conflictos entre sí, a una fase de imperio, signada por el declive de los estados nacionales, en un orden global, difícil de desmontar. Tales fundamentos tienen sus detractores y, en tal sentido, el Fondo Cultural del Alba tuvo a bien dar a la luz, en 2006, la quinta edición del libro de Atilio Boron Imperio e imperialismo . En los 8 capítulos que integran el texto, el autor se dedica a desmontar las principales ideas sostenidas por dos de los teóricos de la “transición”: Michael Hardt y Antonio Negri. Según Boron, Hardt y Negri, en su obra Imperio (Cambridge, 2000) no reconocen un afuera y un adentro en el Imperio, todos estamos dentro, sometidos a sus arbitrios y agravios opresivos. Esta afirmación trasluce una especie de callejón sin salida, al traspasarse el brutal imperialismo y llegar la humanidad a una nueva fase de imperio sin imperialismo. El autor de Estado, capitalismo y democracia en América Latina, responde a tales supuestos parafraseando a Lenin: el imperio no es distinto al imperialismo, es tan sólo su etapa superior. Es decir, los cambios operados en el sistema no se han transformado en su contrario. Pero más que criticar los enfoques de dos autores como Hardt y Negri, la obra de Atilio Boron, enfrenta corrientes y tendencias de interpretación del capitalismo muy en boga tras la caída del campo socialista, la desintegración de la URSS y la preconización del neoliberalismo como sistema irreversible, panacea frente a las caducas políticas oficiales de los Estados-naciones. No se trata, afirma el autor, de cerrar los ojos y levantar voces triunfalistas con fraseologías revolucionarias ingenuas, tampoco de claudicar bajo el más desconsolador pesimismo o afiliándose a los ideólogos de la globalización neoliberal. Boron apuesta por desentrañar las esencias del imperialismo actual, aprehender sus contradicciones, la lógica de su funcionamiento, las ideologías que lo sustenta, así como sus actores principales. He ahí uno de los objetivos esenciales del texto: caracterizar las continuidades y las rupturas del nuevo orden internacional desde fundamentos marxistas. En tal sentido, el autor enfatiza en un rasgo que denota esencias invariables en el desarrollo del capitalismo: los actores estratégicos siguen siendo las grandes empresas transnacionales, pero de base nacional en los países industrializados. Como advirtiera otro de los críticos del neoliberalismo, Martin Carnoy, profesor de la Universidad de Stanford, más que corporaciones trans, deberían denominarse “multinacionales”. De acuerdo con la conceptualización de este autor, “transnacional significa que trasciende cualquier espacio nacional. Multinacional implica que existen oficinas en muchos países diferentes, pero la mayor fracción del capital y de los activos se retienen en la economía nacional madre”. Boron, por su parte, le dedica un capítulo al estudio de los mercados, las llamadas empresas transnacionales y las economías nacionales, para llegar a una conclusión similar a la de Carnoy: “Su alcance es global, pero su propiedad y sus propietarios tienen una clara base nacional. Sus ganancias fluyen de todo el mundo hacia su casa matriz”. El segundo elemento de continuidad que analiza Atilio Boron es el relacionado con las instituciones financieras al estilo del Banco Mundial, el FMI, la OMC, entre otras, regidas por los que el autor define como “talibanes del mercado”, y que siguen desempeñando un papel decisivo en la definición e imposición de políticas neoliberales en el área. El sociólogo español Xavier Bonal, al evaluar el papel de estas instituciones multilaterales en la globalización de las políticas educativas en América Latina se ha referido, en consonancia con los enfoques de Boron, a las presiones directas que ejercían los organismos financieros sobre los estados, mediante las concesiones de crédito. Tales concesiones eran otorgadas sólo “si los países receptores se comprometían a estabilizar sus economías y llevar a cabos importantes reformas estructurales”. Se trataba de un paquete de medidas que pretendían insertar la región en la economía global mediante lo que dio en denominarse el Washington Consensos y que incluía la estabilización de la balanza de pagos, liberalización de tipos de cambio, libre circulación de capitales, reducción del déficit público, reforma fiscal, privatización, desregulación de los mercados de trabajo, entre otras. De ahí que, como bien advierte Boron, en franco enfrentamiento a los actuales “sepultureros” del imperialismo en la nueva era del imperio, las reglas del juego del sistema internacional siguen siendo las mismas que han dictado y dictan las grandes potencias y particularmente Estados Unidos, impuestas durante el auge neoliberal de los años 80 e inicios de los 90. Se entiende la preocupación de Atilio Boron por ofrecer un marco interpretativo sobre fundamentos teóricos que permitan pensar y repensar el presente desde posiciones críticas y revolucionarias frente a los sustentadores de un orden posimperialista, basado en la mundialización, la interdependencia de las naciones y las garantías de un supuesto orden jurídico internacional. La creciente escalada armamentista e interventora tras los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono, con sus costos de vidas inocentes, y la expansión del terror, calificado por Noam Chonsky como el verdadero sustento de la política exterior de Estados Unidos, no puede menos que preocupar. Como no puede dejar de preocuparnos que se apueste a interpretaciones que sobredimensionan el papel de la Organización de las Naciones Unidas, presentada como garante jurídico de un “orden multilateral y democrático”, supuestamente ajeno a las antiguas rivalidades interimperialistas. Esta visión “fantástica y candorosa”, a decir de Boron, se viene abajo frente a la tozudez de los hechos. La “guerra humanitaria” en Kosovo, afirma, fue llevada a cabo en nombre de las naciones Unidas, pero sorteando por completo la autoridad tanto del Consejo de Seguridad como de la Asamblea General. Por una parte, se oferta un imperio omnipresente y hasta ético que obra en nombre de un pregonado derecho global y de justicia internacional, por otra, se cierran las posibilidades de cambio; de modelos alternativos al imperio. En los capítulos segundo y sexto de Imperio e Imperialismo , el autor hace referencia a la noción de “multitud” de Hardt y Negri, como supuestos agentes de una emancipación, tan poco definida y clara como poco definidos y claros son los sujetos sociales que integran la noción vaga de multitud aportada por estos teóricos. Asimismo, las posibles acciones de ese conglomerado, como advierte Boron, se inserta en un mundo donde, a decir de los pensadores referidos, las luchas populares carecen de un lenguaje común, y que, por tanto, difícilmente pudiera hablarse de formas de lucha, modelos de organización, estrategias de movilización y de tácticas de enfrentamiento. He ahí el objetivo esencial de la obra que hoy presentamos. Se trata de demostrar la ineficacia de la obra de Hardt y Negri, desde posición crítica al capitalismo, para ofrecer modelos alternativos a un mundo capitalista, altamente opresivo y violento, dentro y fuera de las fronteras nacionales. Tales empeños no podrían lograrse desde posiciones complacientes, y, consciente de ello, Boron se propone aportar un instrumental teórico, desde posiciones científicas, capaz de definir la actual fase del imperialismo. Desde esos presupuestos, el intelectual busca ofrecer al movimiento revolucionario y progresista una guía para la lucha contra ese imperio, más que necesaria, imprescindible, pues como dijera el autor de seguir funcionando con la lógica predatoria del capitalismo, la sociedad actual se encamina hacia la autodestrucción. Este libro constituye un modesto, pero valioso aporte para evitar tan triste y cruel desenlace.
Titulo: Reseña de Bolivar, "Bolívar: pensamiento precursor del antiimperialismo". La obra Bolívar: pensamiento precursor del antimperialismo , del desaparecido historiador cubano Francisco Pividal Padrón, es la nueva propuesta que hace el Fondo Cultural del ALBA. El texto, publicado por primera vez en 1977, recibió el Premio Extraordinario Bolívar en Nuestra América. El objetivo principal que anima al autor es mostrar el pensamiento y la acción del Libertador, particularmente en su ideal revolucionario antiimperialista. Como afirma Pividal: “Hay que arrebatarle a la burguesía y sus aliados naturales: el imperialismo y la reacción, el Bolívar guerrero sin contenido social, simbolizado en la frialdad estatuaria del mármol o del bronce, para entregarle al pueblo de Venezuela al Bolívar revolucionario que todos llevan en el corazón.” Pero no sólo al pueblo venezolano, también a todos los pueblos latinoamericanos y al propio pueblo de Estados Unidos que, a decir del autor: “... ha sido ignorado, mal informado o desinformado sobre las verdades históricas de su abominable sistema.” En la obra, Pividal devela las raíces del ideal de unidad latinoamericana. En sus páginas aparecen hombres que pensaron a América en su integración e identidad, como el peruano Juan Pablo de Viscardo y Guzmán, Francisco de Miranda y el mallorquín Juan Bautista Picornell. En el marco de estas ideas aparece la figura de Simón Bolívar, inmersa en el proceso de liberación venezolano, con sus contradicciones y enfrentamientos interiores, propios de la revolución naciente, las que condicionarían, en buena medida, el fracaso de las dos primeras repúblicas de Venezuela. En esa dinámica, el autor analiza lo que él denominó “el tránsito del oficial mantuano al Bolívar guerrillero”, con la consecuente radicalización de su pensamiento político-social. Así, entre derrotas y destierros, discordias e insubordinaciones, se perfilan y maduran los rasgos de la personalidad en su faceta militar, pero sobre todo en su dimensión ética, en su basamento de justicia y en su proyecto político de Gran Nación Hispanoamericana. Pividal enfrenta aquellos criterios que ubican el americanismo de Bolívar en la senda de la concepción panamericanista. El abundante material documental empleado, cuyas fuentes lamentablemente no son citadas, le permiten demostrar al autor el verdadero sentido que para el prócer tenía la concepción de integración de América Latina. La parte del continente que, siete décadas después, otro grande de la unidad latinoamericana, José Martí, llamaría “Nuestra América”, luego de analizar y sus especificidades en contraposición a la América anglosajona. El peligro que representaba esta última en el concierto de naciones libres del continente, tan alertado y combatido por Martí, ya había sido avizorado por el Libertador en los tempranos años 20 del siglo XIX, cuando advertía desde Guayaquil: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad.” En cada uno de los acápite en que se estructura el texto se insiste en dos aspectos esenciales. En primer lugar, el referido a la hostilidad histórica de las administraciones de Estados Unidos hacia la independencia y unidad de los pueblos latinoamericanos, expresada, en buena medida, en el enfrentamiento a los proyectos de integración de Bolívar, como el Congreso de Panamá y la Confederación de los Andes. El otro asunto subrayado por Pividal es el de la vigencia del ideal bolivariano, su trascendencia y alcance, en tanto expresión de lo mejor de la ética del pensamiento emancipador latinoamericano de los siglos XIX y XX, así como de los momentos actuales. No sólo son los actos del Libertador los que mueven la pluma del autor, sino también sus sueños; el legado de su pensamiento. De ahí que no encontrara más acertado cierre para su ensayo que la frase martiana: “Lo que Bolívar no hizo, está todavía por hacer en América”.
Titulo: Reseña Guía del Archivo Las Tunas. De “tesoro” suele hablarse cuando nos referimos a los documentos que sobreviven durante años y siglos a los avatares del tiempo; se entronizan majestuosos con su carga inmensa de valor histórico a la espera de ser desempolvados y procesados por historiadores y especialistas de diversas ramas en el decurso de las generaciones. La emergencia de cualquier documento en determinada época o contexto, representa un eslabón esencial a la hora de reconstruir el pasado, bien de una nación, de una familia o empresa, así como de cualquier individuo. Pero ¿cómo llega el investigador a la fuente documental? No basta con su olfato afinado en líes heurísticas, ni la sagacidad de algún que otro archivero, verdadero mecenas en su profesión. Además de identificar, atesorar y preservar el patrimonio documental, los especialistas de archivo cumplen otras funciones esenciales que desbrozan el siempre intrincado camino de la investigación. El procesamiento de fondos y colecciones mediante el empleo de métodos y técnicas de normalización modernos posibilita la localización más rápida y eficaz de la información deseada. En ese empeño, las Guías de Archivo constituyen un valioso instrumento de búsqueda de indudable valor para el investigador. Se trata de un trabajo arduo y paciente concebido y definido por una suerte de cómplices de innumerables autores que acceden a este servicio. Consciente de la importancia de esa labor archivística, la Editora Historia, del Instituto de Historia de Cuba, tuvo a bien dar a la luz la Guía del Archivo Histórico Provincial de Las Tunas . En su concepción se parte del nivel de descripción de la Norma Internacional ISAD G, implantada en esa institución a partir de 1998. El lector que tenga acceso a la Guía del Archivo Histórico de Las Tunas tendrá a su alcance el conjunto de los 75 fondos procesados en diferentes niveles, entre los años 1783 y 2003, que incluyen 35 fondos de protocolos notariales. La descripción de los documentos del archivo de Las Tunas, bien a nivel de fondo o de expediente, aporta una información variada y valiosa que incluye variables como el código de referencia, el título del fondo o de la colección, las fechas extremas y el volumen expresado en legajos, expedientes y la longitud de la masa documental. Asimismo, contiene el nombre del productor o productores de la documentación procesada, las historias administrativas y archivísticas referidas al material, las reseñas biográficas en caso de los fondos personales, la forma de ingreso en la institución, el estado de conservación del material y sus condiciones de acceso, así como los instrumentos y unidades de descripción relacionadas. Entre las variables más significativas descritas aparece el alcance y contenido del fondo, una suerte de reseña acerca de los aspectos principales que lo integran, el orden adoptado por el compilador y las características de los documentos, es decir, si son impresos o manuscritos, sin desdeñar cualquier otra información que pueda ser de interés. La estructura adoptada, según se refiere en la introducción a la Guía, es cronológica, atendiendo a la documentación generada en las distintas etapas históricas: Colonial, Neocolonial y Revolucionario, seguido de los Fondos Especiales Protocolos Notariales, Fototeca, Biblioteca, Hemeroteca y Mapoteca. El libro culmina con la bibliografía consultada y una sección de anexos, que incluye apuntes históricos de la institución archivística tunera, así como fotos y planos de la localidad. De especial interés son los fondos y las colecciones relacionados con las grandes compañías extranjeras que operaban en territorio de Las Tunas antes del triunfo revolucionario, de inestimable valor para quien pretenda acercarse o profundizar en la historia regional y local. La descripción archivística permite al lector hacerse de una idea de conjunto acerca del enorme caudal informativo sobre las más variadas materias, tanto económicas, política, sociales y culturales, relacionadas con el desarrollo de estas unidades y su impacto en la región. Podría citarse el caso de la “Colección de Cartas The Francisco Sugar Company”, descrita a nivel de fondo, serie y documento simple, que integran, entre otros papeles de importancia, las cartas enviadas por Manuel Rionda a los representantes del consorcio azucarero. En esa misma línea temática aparece “The Cuban American Sugar Mills Company”, fondo compuesto por la significativa cifra de 3.170 expedientes. La documentación incluye libros de nóminas, publicaciones especializadas, informes financieros, además de registros sobre el movimiento obrero y destacadas personalidades de la política de la etapa. Otros fondos de empresas descritos son el de la “Compañía azucarera Elia”, el “The Manatí Sugar Company”, la “Colección de documentos del central Jobabo” y de “Ferrocarriles de Tunas S.A.”, por sólo citar algunos. La dinámica de algunas de estas entidades puede seguirse después de 1959, una vez que son nacionalizadas y reestructuradas. Los nuevos productores de las antiguas empresas transfieren su documentación al archivo histórico, identificadas ahora con otros rótulos como el central Jesús Menéndez y el Argelia Libre. Aunque la procedencia de la documentación es variable, la Guía del archivo recoge un gran número de colecciones personales, tanto en la etapa neocolonial como revolucionaria. A las donaciones privadas se suman las colecciones remitidas por instituciones como la Comisión de Historia del Partido, el Museo Provincial Vicente García y el Memorial de igual nombre. De estas instituciones proceden partidas de documentos descritos en la Guía como “La campaña nacional de alfabetización en Victoria de Las Tunas” y la “Colección de documentos de la Junta de Coordinación, ejecución e inspección de Victoria de Las Tunas”. En ocasiones se advierte en la obra, a manera de “Notas”, la aplicabilidad de estos materiales en investigaciones históricas, con fines docentes y en los trabajos de restauración y reanimación del Centro Histórico de la ciudad. En esta última dirección se destacan las colecciones de Raúl Addine Simón, donadas al archivo por su viuda en 1993 y 1996. Entre la variada información que la integra aparecen estampas lugareñas, con datos curiosos de la localidad, como los nombres de las calles, el primer médico, automóvil, bombero, cafetería, datos sobre la familia de El Cucalambé, entre otros. El documento más antiguo que se conserva en el archivo histórico tunero es una Carta Marítima de la Isla de Cuba confeccionada por Don Juan López en 1783. En la Introducción a la Guía se aclara las causas que motivan la escasez de documentos originales procedentes de la etapa colonial, así como la dispersión de mucha de la documentación en los territorios de los cuales dependió la ciudad. No obstante, en la descripción se encuentran materiales impresos de enorme valor en el desarrollo de las investigaciones históricas sobre las más variadas temáticas, como pueden ser los censos de población, certificaciones de nacimiento, matrimonios y declaratorias de herederos del siglo XIX. En esta colección de la colonia aparece también en fotocopias el Diario de Operaciones del mayor general Vicente García González, una copia de fragmentos del Diario de Campaña de Francisco Varona y otros papeles relacionados en su mayor parte con la guerra de independencia. De la importancia de la Guía que hoy se pone a consideración del lector darán fe los historiadores, investigadores y estudiosos de nuestra historia. Quedaría sólo felicitar y agradecer al equipo de técnicos y especialistas del Archivo Histórico Provincial de Las Tunas, que dirige la Lic. Gisela Olano Felipe, por su contribución loable a la difusión del patrimonio documental del territorio y al desarrollo de las investigaciones históricas.
Titulo: Reseña libro Guiteras, "Antonio Guiteras: 100 años". “Ningún héroe es verdadero, si no es más grande en la muerte que en la vida, si no queda más vivo que nunca después de su muerte”, diría Pablo de la Torriente Brau, dos años después que una bala atravesara el rostro del joven de 28 años de edad, Antonio Guiteras Holmes. Desde su fatal caída en el Morrillo, emerge el símbolo, el legado que deja el sacrificio; la obra de seres como él que testifican la posibilidad de los cambios, que toman el pulso a las fuerzas de la patria, sin desestimar el aliento universal y avanzan. Pueden o no culminar con la encomienda en vida, pero baste que se yerguen y señalen la senda, para que perduren en la leyenda; sean parte del arsenal de ideas con las que se construye y legitima un orden. La historia los revive, los inmortaliza. Pero no se trata sólo de presentar las proezas del hombre-héroe (el John Brown de Cuba , a decir de la periodista Carleton Beals), de divulgar su sacrificio y arrojo a toda prueba - aunque funcione su capital simbólico- sería como dejarlo descansar sobre frío mármol y retomarlo cuantas veces se imponga imitar el ejemplo viril o en los aniversarios que convocan al recuerdo. Es tarea de los historiadores y estudiosos de nuestra historia ir más allá de los pedestales, paso a paso, como quien persigue toda empresa ardua y compleja, hasta penetrar en el verdadero significado de la acción del hombre en el contexto que vivió y obró, así como de su pensamiento y trascendencia, sin apologías innecesarias, ni subterfugios analíticos que, en pos de “salvar” o “justificar” otras responsabilidades, desvirtúen el verdadero papel de la personalidad en la historia o no lo ubiquen en el sitial merecido. Bastarían estas razones para acoger con beneplácito la obra Antonio Guiteras: 100 años , coordinada por la doctora Ana Cairo y publicada recientemente por la Editorial Oriente. Tras sus fructíferas experiencias editoriales, con los centenarios del nacimiento de Julio Antonio Mella (2003) y la muerte de Máximo Gómez, (2005) la destacada ensayista retoma el sentido de estas colecciones para ofrecer esta vez justo homenaje intelectual a la figura de Guiteras, al cumplirse 100 años de su natalicio (2006). El libro, estructurado en tres partes, integra múltiples miradas y reflexiones acerca de la personalidad de Guiteras y de su quehacer político en el contexto de finales de los años de 1920 hasta su definitiva entrega al proceso revolucionario del 30. Los objetivos esenciales que motivan la obra pueden sintetizarse en dos palabras: conocimiento y reflexión. A decir de Ana Cairo en su prefacio, el texto presentado persigue “facilitar un conocimiento plural y actualizado sobre este líder revolucionario” y promover que los lectores “puedan ejercer a plenitud el derecho a involucrarse en los debates sobre el patrimonio ideológico y la praxis revolucionaria”. La primera sección, “Documentos y recuerdos”, se inicia con escritos del joven revolucionario, reveladores de sus tempranas prédicas antimachadistas y de su ideario socialista y de liberación nacional, como son sus manifiestos al país, su trascendental “Septembrismo” y el “Programa de Joven Cuba”. En la medida que avanza el texto, se incorporan un conjunto de testimonios y criterios de hombre y mujeres relacionados de alguna manera con Guiteras, quienes aportan sus impresiones acerca del líder, mediadas, desde luego, por el grado de afinidad e identificación con la personalidad y la compatibilidad e identificación con su pensamiento y acción. Desde un José Ignacio Rivero, periodista y director del reaccionario Diario de la Marina , para quien el “guiterismo” era “como una rabia criolla que muerde a derecha y a izquierda”, hasta las memorias de miembros de Unión Revolucionaria, la Joven Cuba, el PRC (a), el PPC (o), periodistas de diversos órganos, familiares y amigos de Tony , que habrían de destacar sus cualidades humanas y virtudes revolucionarias. Entre los textos seleccionados, se encuentra el artículo publicado en Bohemia por Eduardo Chibás, en el que exigía al gobierno Batista-Mendieta un trato respetuoso hacia Guiteras, encarcelado pocos meses después del golpe de estado de enero de 1934. Según el líder ortodoxo, dos cualidades sobresalían en el ex secretario de Gobernación: su condición de revolucionario y su honradez. Las mismas cartas de presentación que ofreciera el periodista Enrique de la Osa, al entrevistar al director de Joven Cuba para Futuro , órgano del Partido Aprista Cubano, a la que agregaba su “popularidad indiscutible” y el estar entre las figuras más destacadas del pensamiento político de izquierda, tanto en Cuba como el resto de América Latina. La mayoría de los artículos seleccionados en esta primera parte, corresponden a los años posteriores a la muerte de Guiteras, incluidos los testimonios de Paulino Pérez Blanco, Jorge Octavio Domínguez, Xiomara O´Hallorans y Conchita Valdivieso, testigos excepcionales de los trágicos sucesos del Morrillo. Predominan los recuerdos que se hilvanan en una suerte de retrato en el que pueden delinearse los contornos físicos y las cualidades y valores de la figura. Baste incursionar en las descripciones de Jorge Quintana, miembro del Ala Izquierda Estudiantil, en los versos de su amigo Enrique Caignet, así como en las impresiones de Renée Méndez Capote, amiga y vecina de la familia Guiteras, o en la entrevista a Dalia Rodríguez, compañera de Guiteras, para acercarse al hombre y al símbolo. Cualquier apropiación indebida de su carga simbólica podía constituirse en blanco de la más severa crítica. Podría citarse entre los textos compilados, a manera de ejemplo, la entrevista realizada a Fulgencio Batista en 1946, en la que afirmaba que “Grau odiaba a Guiteras”, y consideraba a este último como su “antiguo amigo del año 33”. Dos años después, el referido Pérez Blanco arremetió desde Bohemia con el artículo “Batista es el responsable directo de la muerte de Guiteras”, en el que calificaba las palabras del ex presidente de la república y futuro golpista como otro eslabón en la cadena de traiciones del “demagogo septembrista”. El mismo sentido del homenaje a Guiteras que publicara Chibás en 1949, cuando llamaba a constituir el 8 de mayo (fecha de la caída de Guiteras) junto al 27 de Noviembre en “fecha de combate para denunciar a los traidores”. Los testimonios compilados no sólo caracterizan la personalidad de Guiteras, son evidencias de una época de efervescencias y conflictos, de debates en torno a las tareas que debía enfrentar el movimiento revolucionario en el enfrentamiento a la corrupción, la injusticia social y la dependencia económica y política al imperialismo estadounidense. Los artículos de figuras tan comprometidas en la política de los 30 y muy cercana a Guiteras como el abogado Ángel Alberto Giraudy, uno de los redactores del programa de Joven Cuba, Pablo Rodríguez, así como José Miguel Irisarri, miembro de la Joven Cuba, entrevistado por Luis Báez, aportan elementos importantes para la comprensión del contexto en que se debatía el luchador antiimperialista y el significado de su lucha. La segunda parte del libro, “Valoraciones”, contiene básicamente las reflexiones de los que no llegaron a conocer a Guiteras, pero si estuvieron muy influidos en lo político como en lo intelectual por aquel “imán de hombres”, como lo calificara Pablo de la Torriente. Algunos de los autores seleccionados, vinculados a la política en los años anteriores al triunfo de la revolución de 1959, continuaron enarbolando la figura de Guiteras como bandera. Al morir Chibás, sus seguidores incorporaron la trascendencia del líder ortodoxo al capital simbólico del mártir del Morrillo. Los artículos de la ensayista y periodista Loló de la Torriente y de Max Lesnik, secretario general de la Juventud Ortodoxa, así lo confirman. En otro sentido, el historiador Herminio Portell Vilá al desarrollar sus “Tesis sobre el suicidio en la historia de Cuba”, comparaba las similitudes en las muertes de ambos líderes populares: Guiteras, al “vivir en constante riesgo, burlándose de la muerte en todo momento”, Chibás, por su parte, “en un momento de desesperación y con la esperanza de que el sacrificio sirviese para galvanizar al pueblo cubano en su lucha por el buen gobierno.” Entre los artículos agrupados en esta sección, una buena parte fueron extraídos de las ediciones del 8 de mayo en diferentes años y por diarios de disímiles tendencias. Así, por ejemplo, el periodista y poeta Gastón Baquero publicó en el conservador Diario de la Marina un texto dedicado al duodécimo aniversario de la muerte de Antonio Guiteras. El escritor calificaba al fundador de Joven Cuba como “nuestro último libertador”, pero, al igual que Portell Vilá, achacaba su accionar violento, que lo condujo a la muerte, a la falta de “suficiente madurez personal”. Otro sentido tendría el criterio del entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, Fidel Castro, recogido en el periódico Revolución , cuando en el acto celebrado en la Plaza Cívica habanera el 8 de mayo de 1959, reafirmaba el tributo hacia el mártir de la revolución cubana y advertía el significado de su caída: “… porque el quería hacer lo que nosotros hemos hecho y cayó como han caído otros muchos revolucionarios, porque se lanzó a hacer lo que nosotros estamos haciendo”. El simbolismo de la acción y del pensamiento revolucionario que encarnaba Guiteras, era retomada ahora por el liderazgo de la revolución triunfante, identificado con sus más esenciales aristas, tanto en la ideología como en las formas de lucha. Como advirtiera Ernesto Che Guevara en el discurso pronunciado el 8 de mayo de 1967 en El Morrillo y recogido en esta parte de la obra: “Antonio Guiteras representó, pues, la idea internacional de nuestra lucha antiimperialista y americana (…) Antonio Guiteras representa al más puro luchador antiimperialista, y al precursor de la nueva etapa, de la lucha guerrillera…” Otro grupo de textos corresponden a historiadores contemporáneos, motivados, en algunos casos, en establecer y fundamentar la influencia de Guiteras en la Generación del Centenario, y particularmente en su máximo líder. He ahí la propuesta de investigación de Servando Valdés, dirigida a mostrar la continuidad del pensamiento revolucionario de Guiteras y Fidel, así como las fuentes históricas de las que habrían de nutrirse ambos luchadores. En el plano militar Federico Chang centra su atención en la experiencia militar guiterista durante el Gobierno de los Cien Díaz y como parte del programa político de Joven Cuba, en su empeño por reestructurar las instituciones armadas del país: el Ejército, la Marina, la Guardia Rural y la Policía, hasta hacerlas representantes de los intereses de la nación soberana. Mientras, Caridad Massón profundiza, con buen tino, en las complejas relaciones entre Guiteras y el Partido Comunista, las causas de la incomprensión y distanciamiento partidista con respecto a las proyecciones del secretario de Gobernación, Guerra y Marina y las consecuencias que trajo para la unidad revolucionaria la línea de acción adoptada por el partido. Desde la perspectiva de ese conflicto Guiteras-Partido Comunista, Fernando Martínez Heredia se extiende en el sustancial ensayo “Guiteras y el socialismo cubano,” resultado de décadas de reflexiones sobre este tema. El autor persigue legitimar la figura de Guiteras como uno de los fundadores del comunismo cubano, más allá de las tradicionales tesis que lo circunscriben al estereotipo de hombre valiente y destacado antiimperialista. En ese empeño, el ensayista incursiona en el proceso formativo y de desarrollo de sus ideas y accionar revolucionario, así como en “el papel que tuvo en la formación del comunismo y la lucha por el socialismo en Cuba,” no porque proviniera de la organización comunista, sino porque se formó como tal al calor de las luchas por las transformaciones revolucionarias en el país. La misma tesis sostenida por Julio César Guanche en su también enjundioso ensayo “Aquella decisión ¿callada? El socialismo jacobino de Antonio Guiteras”. Para el autor, Guiteras hasta hoy ha debido sostener “una lucha ciclópea” para su reconocimiento como uno de los fundadores del comunismo en Cuba. A partir del examen de los programas, manifiestos y declaraciones del revolucionario, Guanche advierte: “es todo de inequívoco perfil socialista, aunque no ha bastado para reconocerle en puridad el carácter de tal.” Al igual que Martínez Heredia, este autor precisa la importancia de tratar la evolución del ideario guiterista, desde sus prístinas concepciones enmarcadas en un “jacobinismo platónico” hasta sus posteriores criterios acerca de las aspiraciones que lo movían a tomar el poder político e imponer una dictadura del proletariado. Tales ideas, según Guanche, debieron debatirse en medio de la confrontación entre las corrientes revolucionarias que gravitaban en el escenario político de los años 30 en Cuba, con las consecuentes incomprensiones, críticas y aislamientos del proceder de Guiteras. Por su parte, Ana Cairo, en su ensayo “Imán de hombres”, recorre la formación intelectual y política del joven Guiteras, en la que incluye la influencia familiar, con acento en la arista humana y emocional de aquel niño, víctima de una prolongada hemiplejia derecha, que llegaría a convertirse en un símbolo de la lucha en los años 30, y en las décadas que le siguieron. En su análisis, la autora culmina en el punto de partida de Martínez Heredia y Guanche: Guiteras “ha permanecido como un olvidado en la serie de las personalidades que contribuyeron a la validación de una alternativa socialista para la República de Cuba.” Por consiguiente, destaca la importancia de tratar más a fondo el amplio espectro ideológico de las organizaciones antimachadistas y antibatistianas, y los aportes de socialistas que como Guiteras, y más tarde Fidel, Ernesto Che Guevara, entre otros, iniciaron y encauzaron su lucha sin una militancia en el Partido Comunista de entonces. Esta parte del libro comprende también los poemas del Indio Naborí, Carlos Augusto Alfonso, Fina García Marruz, comentado este último por el poeta y ensayista Amauri Francisco Gutiérrez, entre otros autores que plasmaron en versos la imagen del luchador, esa que podría sintetizarse en una de las estrofas de Fina: “La última imagen que nos deja es la de un hombre solo/Esperando frente al mar la ayuda que no vino/Desamparado paraje te dieron por fortaleza,/a ti que eras la conciencia misma de la Patria/. Culmina esta parte con las “Aristas visuales”, del historiador de las artes plásticas, Axel Li, quien demuestra cómo el recuerdo de Guiteras, trasciende las piezas oratorias y escritas, para perpetuarse en variantes visuales, como la pintura, la escultura, la filatelia y la fotografía, muchas de ellas poco conocidas en la actualidad. La obra reseñada, dedicada “A los jóvenes: por edad o espíritu. A los defensores, como Pablo de la Torriente Brau, de “La Leyenda, la única historia de los héroes verdaderos”, no sólo aporta conocimientos y reflexiones, sino también desbroza caminos, delimita vacíos y deficiencias en los estudios e incita a la investigación del hombre y su época. Hacia ese fin está dirigido especialmente la tercera parte del libro, que agrupa una “Cronología (1906-2006)” y un “Índice onomástico”, valiosos recursos auxiliares en el trabajo de investigación. Asimismo, se incluye la Genealogía de Antonio Guiteras Holmes y una importante Bibliografía selecta, confeccionada por Antonieta Fernández Hernández, especialista en bibliografía cubana. Gracias a Ana Cairo, una vez más, por su labor de selección y coordinación con ese “grupo solidario” de intelectuales y admiradores del luchador revolucionario. Al lector de Antonio Guiteras: 100 años , la seguridad de que disfrutará cada página, cada resquicio de ideas acerca de aquel joven de 27 años de edad, serio, pálido e indoblegable, que a decir de Cintio Vitier, por increíble que pareciera, “Cuba se estaba gobernando a sí misma” en su persona.
Titulo: Reseña libro de Mildred, "Conflicto y cultura política Cuba 1878-1898". Podría parecer, a juzgar por el conocimiento existente sobre las luchas cubanas contra el colonialismo español, que el conflicto posbélico entre 1878 y 1895 quedó dirimido en los marcos exclusivos de la opción revolucionaria, tendiente, desde el exterior, a encauzar la guerra por derroteros organizativos viables. Muchos lectores reconocerían al instante hechos como la expedición de Calixto García durante la denominada Guerra Chiquita, el Programa de San Pedro Sula, de Máximo Gómez, y qué decir de la descomunal obra que fue el Partido Revolucionario Cubano. Sin embargo, los descontentos y disensos a escala social no siempre fueron ventilados en el terreno de la lucha armada, aún cuando fuera ésta la opción más radical e históricamente viable en la salida a las contradicciones colonia-metrópoli. El libro Conflicto y cultura política Cuba 1878-1898 , de la investigadora del Instituto de Historia de Cuba Mildred de la Torre Molina , publicado por la Editora Política en 2006, parte del reconocimiento de esta realidad. No escapa a la autora, y es lógico que así sea, la existencia de un activismo revolucionario en los años de entreguerra, pero prefiere subrayar otros hechos y definiciones que permiten comprender el complejo entramado de posguerra desde la “rebeldía pacífica”, desplegada en barrios, pueblos y ciudades de la Isla , expresiones también del descontento de amplios sectores contra la política de las autoridades coloniales. He ahí el principal objetivo del primer ensayo que integra el conjunto de la obra, “Cambiarlo todo o casi todo: las protestas pacíficas 1878-1895”: mostrar el universo de formas de lucha, sus expresiones, incluidas las constitucionales, sustentadas por actores que en el plano jurídico buscan “exigir y reclamar sus prerrogativas” y “protestar contra sus más elementales aspiraciones a la vida”. La consulta de un valioso material documental, extraído de archivos cubanos y extranjeros, y sobre todo de periódicos de la época, le permite a la autora pulsar los diferentes tonos que asumieron las protestas contra el orden colonial en las diferentes regiones y localidades de la Isla, siempre en contrapunteo con las tendencias integristas hispanas. En su anterior libro El autonomismo en Cuba 1878-1898 , De la Torre incursionaba en las regulaciones electorales y en los disímiles subterfugios de las autoridades españolas que obstaban el libre ejercicio de los partidos políticos, particularmente del autonomista. En su nueva propuesta pone el acento en la opinión pública y en sus reacciones contrarias a las normas y prácticas impuestas en los marcos del reordenamiento político de posguerra. En ese empeño, está consciente, y así lo expresa, que los numerosos ejemplos de protestas públicas no logran por sí misma reconstruir y explicar los intríngulis de una realidad en la que convergían motivaciones, sentimientos, credos políticos y religiosos, estrategias de lucha y siempre la esperanza y las angustias, en esa suerte de “cultura de la desesperación”, como la define la autora. Por tanto, convida a incursionar en los campos de la historia social, en las mentalidades de hombres comunes, en ocasiones englobados bajo los rótulos de “chusmas”, “multitud” o de “respetables vecinos”, pero que, fuera cual fuese su procedencia social, fueron partícipes de una historia, más allá de las tribunas y la prensa, o como apuntara la doctora Olga Miranda, prologuista del texto: “más allá de los grandes acontecimientos históricos internos y externos del período de entreguerras”. En el segundo ensayo, “La elite intelectual burguesa frente al movimiento obrero, el anarquismo y el socialismo”, Mildred de la Torre , con su experiencia en los estudios referidos al pensamiento político de las elites en Cuba, retoma el asunto, pero esta vez concentrada en desentrañar las percepciones de estos elementos, más allá de sus filiaciones políticas. Esta parte del texto transcurre entre propuestas metodológicas, válidas para el trazado de líneas de investigación que tengan en cuenta los vacíos e insuficiencias historiográficas sobre el tema, como por ejemplo, las mentalidades y el universo sociocultural de sectores y grupos populares, y, por otra parte, reflexiones acerca del debate político de las elites burguesas, liberales y conservadoras, con centro en los imperativos de las transformaciones sociales. En tal sentido, se tienen en cuenta tres elementos condicionantes de ese enfrentamiento de ideas en Cuba: la abolición de la esclavitud, el influjo de las corrientes socialistas y de las luchas obreras en el mundo y la emergencia del independentismo finisecular. En medio de las polémicas, De la Torre reconoce un punto de convergencia entre autonomistas e integristas: “Todos, junto a las administraciones insulares y metropolitanas, utilizan los conflictos laborales para neutralizar la acción insurreccional independentista.” A tono con esa reflexión hay que tener presente que el factor social dentro de la crisis de la sociedad esclavista colocaba las posibilidades de acción de los sectores más populares entre los principales cuestionamientos del gran drama finisecular. Si bien hasta 1868 el reformismo designaba una opción política predominante dentro del pensamiento liberal en Cuba, el inicio del ciclo de liberación planteaba la existencia de factores sociales de carácter masivo e histórico, como base de una propuesta de cambio que implicaba la formación de un Estado nacional. El alcance de la elección de la alternativa de independencia y su radicalismo, así como los referentes de revoluciones en América Latina y Europa, condicionaban nuevas expectativas y representaciones acerca del desarrollo sociohistórico en Cuba. Una vez más el acertado procesamiento de las fuentes periódicas posibilita a Mildred de la Torre exponer los términos del enfrentamiento y los rejuegos en torno a la problemática social, tanto desde las elites burguesas contrarias a la lucha armada y de los grupos partidarios del independentismo, como desde las mismas tendencias obreras, fuesen anarquistas o reformistas. Por otra parte, permite referir expresiones concretas de la realidad de este sector, entre las que podrían destacarse la situación de la mujer y el asociacionismo obrero, posibles líneas de investigación sugeridas por la autora desde la perspectiva de la historia social. El último ensayo, “La visión de los españoles sobre el fin de la dominación colonial en Cuba”, aunque pudiera sugerir, como su nombre lo indica, que se introduce en las esencias del pensamiento político de la intelectualidad española que pensó “el 98” , en realidad se trata de dilucidar los principales argumentos de quienes pensaron la relación de España con sus colonias desde la segunda mitad del siglo XIX. En un primer plano la autora analiza el racismo como referente ideológico, en aquellos discursos legitimadores del orden colonial y contrarios, claro está, a los ciclos revolucionarios en América y específicamente en Cuba. En cuanto a la problemática racial, imposible de deslindar de la cuestión obrera, tratada en el segundo ensayo, se asiste a las coincidencias en los modos de pensar de los ideólogos del colonialismo hispano y de las elits autonomistas en Cuba. Ambas partían de una retórica contraria a cualquier acción armada y en esa dirección el “fantasma” de la negritud recorría los vericuetos discursivos de estas tendencias. Esos mismos argumentos raciales fueron enarbolados por la prensa norteamericana, representante de los intereses expansionistas durante la guerra y, una vez finalizada ésta, continuaron matizando los discursos conservadores contrarios al sufragio. La identificación de lo que ellos denominaban “las masas ignorantes” con el color de la piel los conducía a erigirse en centinelas para impedir el establecimiento de una “república negra”, similar a la de la paradigmática Haití. Desde luego, “el eterno problema racial”, como lo define la autora, no se circunscribía sólo a la identificación con el color de la piel, sino que en el ensayo se advierte “el amplio espectro” de esa ideología, dirigida contra los negros, mulatos, asiáticos y yucatecos, pero que incluía también a los cubanos o los americanos españoles. En el centro de la retórica hispana se encontraba un elemento cultural y político muy bien trabajado en el texto: la hispanidad, en tanto presupuesto que habría de legitimar el colonialismo español en sus últimos reductos antillanos. En el ensayo, De la Torre analiza el empleo de los discursos de la hispanidad desde diferentes “miradas”, no sólo las dirigidas contra los exponentes del independentismo, sino también en oposición a los partidarios de la fórmula autonomista y a los representantes del anexionismo de la colonia a Estados Unidos. La autora, en tal sentido, interroga al lector (se interroga) con el propósito de demostrar las contradicciones en muchos de los planteamientos vertidos por la prensa española. El libro culmina con un acercamiento a los criterios de uno de los exponentes del reformismo español y antillano, Rafael María de Labra. Más que criterios conclusivos, este acápite es punto de partida para ahondar en una personalidad tan interesante y polémica dentro de las corrientes de pensamiento convergente a finales del siglo XIX e inicios del XX. Así, entre reflexiones agudas y sugerentes, motivaciones, señalamientos de vacíos e insuficiencias historiográficas, así como de posibles líneas de trabajo a emprender, transcurre el texto que reseñamos, por demás premio del Concurso Julio de la Editora Política en su edición 2003. la doctora Mildred de la Torre , agradecerle por este nuevo aporte a los estudios sobre pensamiento político, y al lector exhortarlo a que participe del siempre necesario e impostergable debate. Este libro lo sugiere. Titulo: Voces de la sociedad cubana. Economía, política e ideología 1790-1862 . Voces de la sociedad cubana. Economía, política e ideología, 1790-1862 , es el producto de un grupo de investigadores del Instituto de Historia de Cuba, que, bajo la dirección de la doctora Mildred de la Torre Molina, vuelve a aunar sus esfuerzos, con el ánimo de integrar los resultados de años de paciente estudio en torno a diversas parcelas de la compleja trama que caracterizó el decurso de la sociedad insular desde finales del siglo XVIII hasta la segunda mitad de la centuria decimonónica. El libro, publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2007, se incorpora a la lista de otros esfuerzos colectivos de colegas que han contribuido y contribuyen, con su quehacer profesional diario, a la difícil y ardua labor de la investigación histórica. La diversidad de estilos y de asuntos seleccionados en el libro que hoy presentamos, característica lógica de cualquier publicación colectiva, no atenta en modo alguno contra la organicidad y coherencia del texto. Por el contrario, los cuadros temáticos aparecen inteligentemente insertados, más bien complementados, de forma tal que el lector tendrá la oportunidad de asistir, desde diversas miradas, a la sucesión de un conjunto de problemas que tipificaron un proceso fundacional único. Los aportes de los trabajos reunidos residen no sólo en los vacíos historiográficos que logran cubrir, en una etapa con sensibles lagunas, y en los enfoques novedosos sobre los más variados temas, sino también en lo que cada autor sugiere, en las líneas de trabajo que indican como posibles objetos de investigación futuros, así como en las metodologías propuestas en los respectivos campos de estudio. La interrogante ¿Fueron los ingenios cubanos del siglo XVIII explotaciones autosuficientes? da título al trabajo de la doctora Mercedes García Rodríguez y sugiere, desde el inicio, la introducción en uno de los tantos problemas por dilucidar del setecientos cubano. La experiencia de la autora en el tema y el sistemático procesamiento de fondos de instituciones archivísticas de Cuba y España, le permiten poner sobre el tapete del debate asuntos que hasta el momento pasaban como verdades preestablecidas, incuestionables, legitimadas por autorizadas plumas, al mejor estilo de la de Manuel Moreno Fraginals con la que escribe su colosal obra El ingenio . El gran mérito de la Dra. García es adentrarse, en lo que ella misma define como el rescate de “la identidad de la manufactura azucarera de La Habana en el siglo XVIII”, unidades concebidas generalmente como pálidos precedentes de las instalaciones productivas del siglo XIX. En esa cruzada, la autora opta por seleccionar un problema historiográfico básico en relación con los ingenios y se propone flexibilizar el criterio categórico de que tales unidades habían constituido células cerradas y autosuficientes. La consulta de un número considerable de tasaciones e inventarios de ingenios, testimonios, protocolos notariales, entre otras fuentes de primera mano, le permiten abrirle al lector las puertas al mundo interior de estos ingenios, pero siempre desde una dimensión integradora, en la que los actores sociales tienen también su protagonismo con sus inquietudes y modos de pensar una realidad productiva que tiene sus propias complejidades, en ningún modo susceptibles de ser simplificadas o reducidas. El siglo XVIII vuelve a colación esta vez desde la perspectiva de la historia regional y local, con el capítulo “Tunas: Los conflictos entre el poder central y el poder local”, del investigador Gerardo Cabrera Prieto. Se trata de un estudio que apunta hacía la búsqueda de las particularidades de los procesos históricos, en este caso al revelar, más allá de las conocidas pugnas entre el centralismo habanero y su impacto en el resto de las regiones, las expresiones del mismo fenómeno centralista en la zona oriental. De ahí la incursión del autor en las rivalidades entre el centro administrativo de Santiago de Cuba y sus jurisdicciones. Las estrategias de los hacendados bayameses para burlar las regulaciones centralistas del Gobernador de Santiago en relación con la pesa, los conflictos internos que generaban las violaciones del propio Cabildo de Bayamo y, al mismo tiempo, las rivalidades con el partido de Tunas, son algunos de los problemas esenciales tratados a lo largo del trabajo. En tal sentido, el autor delimita un campo de investigación prometedor centrado en los disensos y las políticas de alianza entre los hacendados y las autoridades locales en tanto proceso delineado desde mediados del siglo XVIII y extensible durante el decurso de la decimonónica centuria. El accionar del grupo de la oligarquía azucarera de La Habana será retomado por el investigador Rolando E. Misas Jiménez con su propuesta “El pensamiento con lucro en los orígenes de la ciencia agrícola: la expedición de Mopox (1796-1802)”. El propio autor en estudios anteriores referidos a la historia de la ciencia en Cuba había incursionado en las estrategias de comercialización agrícola, particularmente en variantes productivas como el trigo, presentes en la expedición de Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, conde de San Juan de Jaruco y Santa Cruz de Mopox, también conocida como “Real Comisión de Guantánamo”, iniciada en 1796. El texto es un esfuerzo loable por integrar las diversas investigaciones que sobre la expedición existen, con el objetivo de incursionar en lo que Misas denomina el “pensamiento con lucro” o lo que podría concebirse también como las maneras de pensarse este grupo habanero, con intereses asociados a la producción y comercialización del azúcar y de otros productos en los marcos del férreo monopolio comercial metropolitano. De ahí que en el trabajo de Misas salga a relucir, un vez más, la capacidad de maniobra de sus máximos exponentes, interesados en desbrozar caminos y preparar las condiciones para el desarrollo agrícola y comercial, siempre sobre la base de la aplicación de la ciencia y la difusión de una enseñanza moderna, a tono con los requerimientos de las transformaciones operadas en la Isla. Una de las manifestaciones más visibles de estos cambios, frutos de un pensamiento ilustrado, fue el vertiginoso aumento demográfico, no sólo en la zona rural, sino también se asistió a un crecimiento de la estamentada población urbana, con la consecuente agudización de conductas delictivas y actos violentos que llegaron a niveles insospechados. De este asunto trata el capítulo “El lado oscuro de las luces. Violencia y criminalidad entre 1823 y 1843” , de la doctora Yolanda Díaz Martínez. Desde una perspectiva social, la autora ofrece un cuadro original y bien documentado de las diferentes manifestaciones de marginalidad, agrupadas en lo que Saco dio en llamar “la vagancia” y su repercusión en el alto índice de violencia que azotaba a La Habana en las primeras cuatro décadas del siglo XIX. Asimismo, se adentra en el estudio de los mecanismos de control debatidos en los marcos institucionales de la oligarquía insular y en los establecidos oficialmente, mediante las regulaciones de las autoridades coloniales, basadas en el sistema de vigilancia y represión. Yolanda Díaz distingue entre la proliferación de la vida licenciosa y los actos delictivos durante el mando de Vives, achacados generalmente al laisse faire de su gobierno, de las drásticas regulaciones oficiales del Capitán General, tendientes a mantener la más extrema vigilancia y de adoptar los más severos correctivos contra quienes incurrían en actos punibles. De particular interés en este trabajo son los métodos disciplinarios ejecutados por el general Miguel Tacón y el estudio de los factores que condicionaron su mejor éxito. La reglamentación de esta sociedad, con el empleo de dispositivos de control, en mayor o menor medida efectivos, y la implantación del régimen de facultades omnímodas, respondía no sólo al interés del poder colonial por garantizar el maltrecho orden social, sino también por preservar la estabilidad política del enclave, en un contexto marcado por acontecimientos trascendentales en Europa y América. Esta manera de pensar a Cuba a partir de las experiencias aportadas por el cambiante escenario internacional de finales del siglo XVIII e inicios del XIX es trabajada por la doctora Mildred de la Torre Molina en su capítulo “La mirada hacia fuera: la visión de Francia en Cuba”. La autora hace hincapié en el enfoque conservador, poco tratado en la historiografía, pero al hacerlo contextualiza sus expresiones dentro del complejo universo de ideas debatidas en la época. No simplifica posiciones, ni reduce el análisis a bandos contrincantes de ilustrados criollos contra integristas españoles, sino que parte de la recepción del hecho revolucionario en sí por las elites de la Isla y la valoración de su posible alcance en el devenir de Cuba por quienes, a pesar de las diferentes opciones políticas sustentadas, apostaban por la estabilidad de la colonia. De la Torre, en su análisis, revela los recursos empleados por los grupos más conservadores para crear estados de opinión a partir de un imaginario que denostaba la trascendencia de los ideales republicanos de libertad e igualdad. Para ello se adentra en las formas que asumía el discurso conservador en Cuba, sobre todo en la manera en que sus representantes asociaban los presupuestos de la Ilustración francesa con la avanzada bonapartista en España y, posteriormente, con el ciclo independentista latinoamericano, pero con la mira siempre en la posible extensión de los cambios revolucionarios en la entonces “siempre fiel Isla”. Pero si bien este pensamiento conservador apuntaba en sus líneas generales a conservar el status colonial invariable; la tradición en todos los órdenes, otras corrientes que bebían de la Ilustración europea, incluida su variante española, buscaban pensar a Cuba en su deber ser, en ningún modo atrapada en el asfixiante innatismo escolástico ni en las propuestas eclécticas procedentes de Europa, sino desde una racionalidad que tuviera en cuenta la realidad insular y pudiera ofrecer respuesta a sus inquietudes. En el capítulo “Una filosofía crítica para una cultura del pensar”, a cargo de la filósofa e historiadora Alicia Conde Rodríguez, el lector podrá acercarse a esta originalidad del pensar el devenir y la posteridad de Cuba desde el pensamiento de José de la Luz y Caballero, discípulo de Varela y uno de los más sobresalientes exponentes de la filosofía electiva ya esbozada por su tío José Agustín. La autora se detiene particularmente en la intensa polémica filosófica, sostenida por Luz contra los partidarios del espiritualismo ecléctico entre 1838 y 1840, y desentraña en las profundidades ideológicas de los cuerpos teóricos debatidos las claves políticas esenciales que mediaban el contrapunteo Luz-Gonzáles del Valle. En el texto de Conde se explica justamente la cultura de pensarse y pensar a Cuba, sin las trabas de autoridades filosóficas de ningún tipo, sino, como advierte la autora, con la libertad de generar un pensamiento propio, un pensamiento cubano sobre sólidas bases científicas, imposibles de lograrse desde el eclecticismo en la variante cousiniana defendida por sus adversarios en la polémica. La temática militar es desarrollada en el séptimo y último capítulo “Un proyecto único dentro del sistema defensivo cubano: el cuerpo de voluntarios españoles de la Isla de Cuba en la región occidental (1850-1868)”, de la investigadora Marilú Uralde Cancio. Como su título indica, la autora se propone estudiar el proceso de surgimiento del cuerpo de voluntarios, con sus normativas y reglamentos, como parte del sistema defensivo de la Isla a mediados del siglo XIX. Uralde aporta información novedosa acerca de este cuerpo paramilitar, generalmente concebido en su funcionamiento durante la Guerra de los Diez Años, pero que, en cambio, poco se conoce desde su génesis, a pesar de ser concebido garante del régimen colonial en la convulsa década de 1850. La autora tiene en cuenta, además, la estructura de los voluntarios por territorios, los avatares en su organización jurídica, así como la composición social de los batallones, aspecto éste último que apunta hacia un prometedor campo de investigación futuro. A los autores, gracias, una vez más, por la obra. Al lector, tan sólo invitarlo a esta suerte de viaje en el tiempo al que nos convida la Historia, excepcional maestra de mirada clara y profunda, fiel guardiana del devenir de hombres y culturas; que mira al pasado, pero siempre con latidos de presente y mano orientadora dirigida, de manera sutil o abierta, hacia el futuro. Cuando la interrogamos desde el saber científico su magisterio infinito aflora e incita a la reflexión. Eso es lo que han hecho los autores de este libro. El lector que se acerque a él creerá escuchar voces, y por momento hasta gritos de una sociedad estremecida en sus cambios, en su ser fundacional, ávida de progreso entre luces y sombras. He aquí las voces… escuchémoslas. |
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