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La nueva mirada de la historiografía cubana.

Autor(a): Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

La reciente publicación en Cuba de la obra de Howard Zinn titulada La otra historia (Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 2004) y presentada, una vez más, en la Feria del libro en febrero del presente año, hace pensar, entre numerosas cuestiones, en la necesidad de que se intensifiquen los estudios sobre la historia de los pueblos, de los sectores y clases sociales y demás aspectos temáticos soslayados por la historiografía tradicional.

Tal vez, a escala local e internacional, en congresos o eventos, los historiadores deban discutir en torno a la aplicación de los conceptos de tradicionalidad o modernidad en la historiografía en tanto, no pocas veces, son indiscriminadamente aplicados en el momento de valorar el quehacer historiográfico actual.

Algunas autores abordan el tema de la otra historia, entendida esta como la historia de los pueblos o de las masas populares bajo una óptica tradicional aunque sus propósitos sean los de la justicia y el progreso social. El positivismo puede ser el método empleado para denunciar o llamar la atención sobre los grandes problemas históricos que han aquejado y aquejan a los pueblos.

Bajo ese mismo método historiográfico se puede presentar toda la documentación necesaria para evidenciar las condicionantes y el contenido de las relaciones históricas de los gobiernos y de las instituciones, del estado y del sistema político en su conjunto, de la cultura, del movimiento de las ideas elitistas o no, de las tendencias y de las acciones concretas de los sectores populares para modificar o mejorar sus estatus de vida.

Las obras publicadas en Cuba antes y después del triunfo revolucionario de 1959, referidas a lo que comúnmente se entiende como la otra historia presentaron, con más o menos dosis, una interesante combinación de positivismo tradicional e izquierdista. De ello dan fe las obras de Ramiro Guerra, José Luciano Franco, Juan Pérez de la Riva, Pedro Deschamps, Emilio Roig, Fernando Portuondo y José Rivero Muñiz entre otros.

Como estudios propiamente marxistas, sin exclusiones positivistas, aunque en menor cuantía, pueden ser considerados los de Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals, Raúl Cepero Bonilla y Sergio Aguirre. Tanto unos como otros se sumergieron en el amplio espectro de las historias sociales, económicas y políticas. A excepción de Aguirre, cuya mayor motivación fue la de la interpretación, los restantes, junto a los primeramente mencionados, dejaron una sustancioso legado investigativo, basado en fuentes primarias, imprescindible para cualquier empeño epistemológico presente y futuro.

La revolución cubana propició, por su carácter esencialmente popular, la emersión de nuevos estudios sobre la otra historia. No solo se inspiró en la necesidad de responder, con nuevas creaciones, a la precedente historiografía tradicional cuyos enfoques, motivaciones y contenidos justificaban la existencia de la república neocolonial y se enfrentaba a las posiciones patrióticas de lo que bien pudiera llamarse la historiografía de resistencia, sino también en el carácter profundamente patriótico de la revolución cubana. Esta es herencia y ruptura en tanto es continuación y parte del movimiento de liberación nacional y su triunfo constituyó una ruptura radical con el estatus neocolonial.

Ello no desmiente, por supuesto, que dentro de la historiografía tradicional existan valores patrióticos o que los mismos se hayan producido muy a pesar de las intenciones con que fue concebida. Los textos de Herminio Portell Vilá, por ejemplo, concebidos para propiciar la anexión de Cuba hacia los Estados Unidos y para justificar su política expansionista, despiertan sentimientos desfavorables a sus propósitos y permiten sustentar las posiciones antiimperialistas e independentistas de la mayoría de los cubanos de entonces y de ahora. Otros ejemplos, referidos al patriotismo nacionalista, los encontramos en Roberto Agramonte, Emeterio Santovenia, José M. Pérez Cabrera. Juan J. Remos, Diego González y otros cuyas valoraciones sobre el protagonismo intelectual y político mambí son imprescindibles para cualquier indagación sobre el tema. A su forma y manera también fueron portadores de pensamientos y estremecimientos patrióticos.

La otra historia ha ido desarrollándose paulatina y progresivamente en Cuba. Los estudios parciales sobre los procesos políticos populares y revolucionarios y los relativos al protagonismo político social junto a los fenómenos globales inherentes a la esclavitud y al capitalismo constituyen los temas abordados por los historiadores de Cuba después de la revolución. Salvo las monografías de Julio Le Riverend y Ramiro Guerra no hubo, antes de 1959, resultados científicos referidos a los asuntos anteriormente señalados. La esclavitud, como sistema social, ha sido abordada por un grupo considerable de historiadores profesionalmente formado después de 1959. Carmen Barcia, Gloria García, Leyda Oquendo, Gabino La Rosa, Arturo Soreghi, Mercedes García, Fe iglesias, Olga Portuondo, Orlando García, Oilda Hevia son, entre otros, protagonistas de ese nuevo quehacer historiográfico.

Ello es indicativo del interés de los centros de investigación y de la enseñanza superior por patrocinar las investigaciones relacionadas directamente con los procesos formacionales de la nacionalidad cubana y de las motivaciones investigativas de los historiadores del patio por dilucidar el complejo mundo de las relaciones sociales dentro del complejo y multifacético universo de la más horrible y despiadada sociedad vivida por el género humano. Las interioridades investigadas comprenden las relaciones económicas y sociales, los movimientos políticos, las rebeldías, el sistema de vida, las mentalidades, la ideología y la familia. Hay, en todas ellas, sustratos e ingredientes propios de la otra historia. Aspectos que se corresponden con los intereses de los historiadores foráneos especializados en Cuba; españoles, ingleses y norteamericanos y cubanos norteamericanos. Entre estos últimos deben mencionarse a Ada Ferrer y a Alejandro de la Fuente.

La publicación de textos sobre las guerras de independencia, sus próceres y protagonistas y lo relativo con el patriotismo inherente al movimiento revolucionario del siglo XIX constituye una constante de la política editorial de la revolución cubana desde 1959 hasta el presente.

La otra historia referida a ese aspecto, escrita y dada a conocer durante la república neocolonial, fue reeditada sin sensibles distinciones ideológicas. De esta forma, la Imprenta Nacional de Cuba publicó numerosos volúmenes de las historias escritas por Ramiro Guerra, Fernando Portuondo, José Luciano Franco, Leonardo Griñan Peralta, Jorge Mañach, Emilio Roig, Hortensia Pichardo, Sergio Aguirre, Juan Marinello, entre otros, junto a los de los protagonistas de las gestas independentistas como José Martí, Antonio Maceo, Ramón Roa, Antonio Zambrana, Enrique Piñeiro, Manuel Sanguily e Ignacio Agramonte por solo mencionar algunos.

Dicha temática ha continuado desarrollándose dentro del quehacer historiográfico. Hubo una primera generación, protagonizada por Jorge Ibarra, Salvador Morales, Rolando Álvarez Estévez, Abelardo Padrón, Gilberto Toste, Mary Cruz, Emilio Godínez, Nidia Sarabia, Ibrahím Hidalgo, Pedro Pablo Rodríguez, Josefina Toledo, Francisco Pérez Guzmán, Olga Cabrera, Aleida Plasencia, José Cantón Navarro, Oscar Loyola, Diana Abad, Eusebio Leal, entre otros, dedicados fundamentalmente al movimiento de liberación nacional ,cuyas obras se conjugaron con las de los historiadores marxistas que publicaron durante la república. A partir de los años 80 surge una nueva generación de historiadores más dedicada a los problemas sociales que políticos en concordancia con los nuevos intereses de la historiografía internacional.

El bregar histórico político de la sociedad colonial se aprecia en Yoel Cordoví con sus incursiones en la vida y en la obra de Máximo Gómez y en sus valoraciones sobre el liberalismo de la segunda mitad del siglo XIX aspecto este desarrollado por Alejandro Sebasco, igualmente es observable en Jorge Renato Ibarra, Marilú Uralde, Angelina Rojas, Servando González en lo concerniente a la república, mientras que lo social, lo no visto hasta el presente y que también conforma la otra historia, resulta de interés en los resultados científicos de Yolanda Díaz con la criminalidad y la marginalidad, en Ricardo Quiza en lo relativo a la intelectualidad, en Imilcy Balboa con los trabajadores libres durante la esclavitud, en Marial Iglesias con sus análisis sobre la sociedad cubana en los inicios republicanos, en Pablo Riaño con el costumbrismo de los inicios del XX, en Latvia Gaspe con la municipalidad y en Alain Basail con sus estudios sobre la prensa decimonónica.

Antes de la revolución cubana hubo dos notables ausencias: la historia regional y la militar. Sobre la primera debe mencionarse que, anteriormente a 1959 existieron realizaciones más en la esfera de la crónica que en la propiamente historiográfica. Los historiadores locales, fundamentalmente, reseñaron el acontecer independentista y el social entendido este como historias de las figuras y de las familias de la localidad. Como disciplina científica y dotada de nuevos y renovados enfoques comienza a ejercer su dominio después del triunfo revolucionario. De ello dan fe los estudios de Eusebio Leal, Hernán Venegas, Olga Portuondo, Elda Cento, Violeta Rovira, Orlando García, Florentino Morales, Enrique Alonso, Ovidio Díaz, Arnaldo Jiménez de la Cal, Hirán Pérez, Víctor Marrero y muchos más que posibilitan la reconstrucción científica de las regiones, provincias y localidades en beneficio de la cultura histórica.

El campo de desarrollo de la historia militar ha sido el de la confrontación entre Cuba y España durante las guerras independentistas y el del diferendo con los Estados unidos desde 1959 hasta la actualidad. Las más conocidas realizaciones historiográficas son las de Milagros Gálvez, Servando González, Raúl Izquierdo, Francisco Pérez Guzmán, Roberto Pérez, Jesús Ignacio Suárez y Ángel Jiménez.

Los estudios sobre la mujer, aspecto relevante de la otra historia, constituyen, también, creación autóctona de la obra historiográfica de la revolución y de las nuevas corrientes imperantes en el mundo contemporáneo. La penetración en el género, bajo una óptica científica y desprejuiciada y dotada de un inmenso caudal de sugerencias para mirar desde adentro la historia y la contemporaneidad de la sociedad cubana revelando y develando nuevos caminos de indagación científica, tienen sus expresiones en Mara Araujo, Luisa Campuzano, Diana de la Cruz, Tomás Fernández Robaina, Julio César González, Ana Núñez Machín, Susana Montero, María Dolores Ortiz y Raquel Vinat de la Mata.

La historiografía cubana se fortalece en la misma medida en que los cambios se suceden según las exigencias de los tiempos actuales. Los retos no son solo para el presente, lo son también para el pasado y para el futuro. Ellos merecen la dignidad, la valentía y el honor de los hacedores actuales de la historia. Ellos merecen también que con justicia se conozca la labor de los que desde Cuba hacen posible que llegue a todos lo mejor de la cultura nacional y universal.

La ensayística historiográfica de Sergio Aguirre
Autor(a):
Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

Las razones de estas líneas obedecen a una vieja necesidad por expresarme en torno a la obra de uno de los intelectuales más polémico y controversial de la segunda mitad del siglo XX cubano. Pero el interés es mucho mayor en tanto dentro y fuera de la sociedad cubana se analizan y discuten, se impugnan y se reivindican a no pocos exponentes de la cultura cubana que, de una forma u otra, asumieron el complejo y difícil oficio de sembrar pensamientos revolucionarios, entiéndase comunistas, al fragor de una batalla militante y comprometida con los destinos de la nación cubana. Valorar la obra de Sergio Aguirre, en toda su magnitud, requiere del análisis de los complejos mundos de la intelectualidad cubana de la segunda mitad del pasado siglo con sus rompimientos y continuidades derivados del triunfo revolucionario del 59. Por razones de espacio no es posible, en esta oportunidad, contextualizar la obra de Aguirre.

Confieso que, pese a mi distancia generacional, aun me resulta embarazoso sumergirme críticamente en la obra del maestro. Aun siento muy cerca su presencia profesoral, siempre polémica y dinámica, y a su cotidiano andar por el mundo académico. Aún siento muy cerca sus consejos y críticas.

Las valoraciones sobre la obra de Aguirre.

La memoria a veces está ausente en los historiadores. Muchas veces se critica una época a través de los errores cometidos por los hombres que ejecutan políticas y viceversa. A veces se relacionan conductas personales con políticas de gobierno, a veces, también, se utilizan las figuras para condenar a las ideologías. Lo cierto es que Sergio Aguirre, desde los tiempos de la década del cuarenta del pasado siglo hasta el presente, ha ocupado la atención de la crítica historiográfica. Sin embargo, su obra nunca ha dejado de estar presente en los textos de historia de Cuba, por importante o no que sean. Los que lo impugnan los consultan y no siempre para criticarlo sino más bien para asumirlos. Porque, indudablemente, facilitan, con creces, cuanta información bibliográfica pueda existir sobre la historia política de Cuba.

Los detractores de Aguirre señalan que su obra carece de valor epistemológico porque se basa en las investigaciones realizadas por los historiadores de su contemporaneidad. Él honestamente admitió la veracidad de esa afirmación, sin embargo, sus textos denotan un exhaustivo trabajo de compilación bibliográfica así como un uso permanente de la prensa periódica y de las revistas especializadas. Como polemista se mantuvo constantemente actualizado de las corrientes historiográficas en boga así como de los métodos y conceptos inherentes a la ciencia histórica. Sus libros también constituyen fuentes de referencias en dicha esfera del conocimiento. No pocos historiadores han reconstruido su campo específico de estudio desconociendo a las fuentes primarias y su cientificidad no ha sido cuestionada, no pocos, también, se han basado en el intérprete Aguirre para orientar su bregar científico. En fin, hay mucho mundo por discutir al respecto.

También algunos de sus analistas, nacionales y extranjeros, lo han vinculado estrechamente con el sectarismo político de los años sesentas debido a su alineación al Partido Comunista desde los tiempos de la neo colonia. Los criterios van dirigidos a probar la existencia de una historia oficial durante esos años y a la imposición de cánones inherentes a la historia política, fundamentalmente la especializada en los movimientos independentistas, hacia toda la esfera del conocimiento histórico .Habría que hurgar en los contenidos oficialistas de los textos de historia de entonces y en la obra de los críticos de Aguirre para demostrar el alcance de esos oficialismos. En esos criterios hay mucha mezcla de asuntos personales con los propiamente científicos y sobre todo mucho más interés en el quehacer del dirigente que en del historiador.

Otro es el análisis presentado por Carmen Almodóvar. En su conocida Antología crítica de la historiografía cubana (Período neocolonial) después de reseñar los contenidos de sus obras más conocidas, apunta con agudeza ética sobre algunas de sus imprecisiones, particularmente en su ensayo más comentado por la historiografía cubana, Seis actitudes de la burguesía cubana en el siglo XIX, tales como la exclusión del abolicionismo como corriente ideológica y la indeterminación de las causas de las posiciones reformistas con respecto a la esclavitud. Pero Almodóvar reconoce como mérito la aplicación de la metodología marxista y que interpreta el bagaje informativo de otros, a la vez que propone una polémica: la del nacimiento de la nacionalidad a fines del XVIII y principios del XIX. Para la autora el ensayo es útil y orientador.

Esa es la misma tónica empleada para valorar la restante producción del historiador. De Esclavitud y abolicionismo reconoce la capacidad de Aguirre para desenmascarar el falso humanitarismo inglés y de su famosas Quince objeciones a Narciso López celebra su recorrido bibliográfico con ojo de águila e inobjetables conclusiones.

Con igual serenidad, posible gracias al distanciamiento histórico y generacional, se expresa Oscar Zanetti. En su libro Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo XX reconoce en Aguirre la defensa de la verdad histórica y de la nación cubana a través de su enfrentamiento con Herminio Portell Vilá por vincular a Narciso López dentro del pensamiento independentista. Zanetti asumió los criterios de Carlos Rafael Rodríguez en lo concerniente al papel desempeñado por Aguirre como intérprete de la historia de Cuba y no como investigador.

Igualmente, reconoce Zanetti la utilización de la obra de Aguirre como arma de combate así como de haber sido un exponente de la tendencia historiográfica marxista procedente de la neocolonia y su papel como participante activo en la polémica de los años sesentas sobre nación y nacionalidad. Su influencia en la creación historiográfica posterior, es apreciada por Zanetti a través de la interpretación clasista de la historia ofrecida por Jorge Ibarra y demás historiadores.

Sobre los valores de su obra ensayística.

Resulta conveniente recordar que Sergio Aguirre fue profesor de historia en la enseñanza media y en la Universidad de la Habana. Como escritor, tan excelente como profesor, le obsesionó la idea de trasmitir los conocimientos de la historia de Cuba a las masas. Su arte expositivo fue siempre de carácter didáctico en correspondencia con sus intereses divulgativos.

Se trataba de una divulgación profundamente comprometida con la defensa de la nación cubana y de sus más sufridos protagonistas, entiéndase a los integrantes de las masas desposeídas del poder económico social del país. A ello va unido su evidente obsesión por desacralizar la historia y desgajarla de los grandes intereses ideo políticos de la burguesía en el poder. En este último sentido debe señalarse que a través de sus estudios pretendió reivindicar a los procesos políticos del país sobre la base de la interpretación de sus valores nacionales. Fue, indiscutiblemente, un activista del pensamiento emancipador cubano.

De ahí que su ensayística pueda enmarcarse dentro de dos tendencias: la marxista y la patriótica nacionalista. Junto a Raúl Cepero Bonilla, Lionel Soto, Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, entre otros, Aguirre compartió sus pensamientos con Ramiro Guerra, Fernando Portuondo, Hortensia Pichardo, Emilio Roig, José Luciano Franco y Elías Entralgo por solo mencionar algunos .Su presencia marxista se evidencia en su concepción materialista de la historia y en sus lecturas sobre el desenvolvimiento de las clases sociales. Sin embargo, su enfoque sobre el quehacer ideo político de las mismas lo acerca al nacional patriotismo, sin renunciamientos, por supuesto, al marxismo.

En la obra de Aguirre hay ausencias de análisis teóricos conceptuales sobre las clases sociales en Cuba. Tampoco existe valoración histórica en torno a sus desenvolvimientos socio económicos. Sus aportes interpretativos son apreciables en el comportamiento ideo político de las mismas. Sus miradas hacia la estructura socio clasista le permitió reconstruir la confrontación ideológica desde los ángulos de las aspiraciones, demandas y proyectos de los diferentes ideólogos y exponentes del pensamiento político decimonono, cuestión en sí, no carente de un cierto reduccionismo metodológico, muy propio de la época del historiador. Cualquier juicio sobre dicho particular debe tener en cuenta que Aguirre dialogó con su tiempo a través de la historia y ese diálogo fue profundamente partidista y comprometido con sus ideales emancipatorios. Para enfrentar a la reacción burguesa escribió sus libros e impartió clases y conferencias.

Aunque Aguirre se interesó por las clases sociales para acceder al mundo de la política y de la ideología le prestó interés, como estudioso del siglo XIX, a la esclavitud cono régimen social. En este sentido hubo aciertos y desaciertos en sus análisis, Uno de estos últimos se hizo ostensible cuando apreciaba las contradicciones sociales sin contextualizarlas en tiempo y espacio o cuando pasaba por alto las movilidades interclasistas .Hubo en él una cierta oscuridad expositiva en el momento de vincular los fenómenos raciales y racistas con sus sustentaciones clasistas. De sus grandes aciertos pueden señalarse sus aportes a la reflexión en torno al papel del negro dentro de los procesos sociales y políticos de la esclavitud. En la década del cuarenta, el historiador desmenuzaba, con inteligencia y sabiduría, el papel protagónico del esclavo dentro de una sociedad que lo marginaba de los más elementales derechos humanos .Por su representatividad económica, por el andamiaje universal de las políticas europeas y norteamericana, por sus valores culturales, el esclavo es visto por Aguirre como el eje central de un mundo de horror. Ese protagonista, cargado de ilusiones, rabia y desesperación es retomado por estudiosas como María del Carmen Barcia y Gloria García para hacer recordar a los que se olvidan que los hombres y mujeres de la pobreza son también voces de la historia.

Esa misma visión sobre las fuerzas sociales que pugnan por un espacio justo y humano en la sociedad está presente en sus estudios martianos. A decir verdad, no les dedicó tiempo a los modelos teórico conceptuales de la obra martiana sino a su proyecto de emancipación social desde el ángulo de los intereses y necesidades de las masas populares. Igualmente escudriñó en la mirada martiana hacia las contradicciones clasistas.

Sus análisis sobre José Martí adquieren relevancia durante la década del 70 y principios del 80. No solo estudió sus obras publicadas sino también su extenso articulado en el periódico Patria. Además, el maestro Aguirre fijó su atención en la conocida polémica independencia-autonomía y en el independentismo conservador para probar los valores históricos de la unidad política y la importancia y trascendencia de José Martí y el Partido Revolucionario Cubano en el devenir de la nación cubana.

Aguirre también fijó su atención en los valores históricos del protagonismo histórico. Junto a José Martí, analizó, desprejuiciada e imparcialmente, a Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, Máximo Gómez y Juan Gualberto Gómez. Sobre Céspedes debe retomarse su artículo Problemas de interpretación en la guerra de los Diez Años para apreciar un modelo de análisis marxista sobre el papel de la personalidad histórica en uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia de Cuba. Aguirre logra que el lector descubra el universo de las contradicciones políticas en las esencias de la sociedad cubana al tiempo que dialécticamente muestra la evolución del primer proceso emancipador cubano.

Como búsqueda de frustraciones y verdades, inmerso en el análisis de las reales circunstancias y sin manejar criterios o conceptos anacrónicos devenidos de las mentes de los jueces y no de los discípulos de la historia, el maestro muestra las causas del Zanjón para mostrar la grandeza de Baraguá. Maceo no es el simple héroe de los humildes sino una de las voces más altas de su tiempo. Así lo dijo Aguirre porque así lo dijo la historia.

Bajo esa misma tónica de interpretar y reinterpretar, de hablarse a sí y de hablar a los demás, mostró a un Máximo Gómez irredento, injustamente evaluado por su contemporaneidad y vigente para las nuevas contiendas políticas.

La vida, el quehacer y la época de Juan Gualberto Gómez están presentes en su obra póstuma. Constituye un excelente texto que muestra no solo el itinerario del patriota sino también el contradictorio tránsito de la colonia hacia la república neo colonial y las dolorosas circunstancias que originaron a los movimientos políticos donde el patriota estuvo presente.

Desde mi punto de vista, una de sus excelencias interpretativas la constituye sus Quince objeciones a Narciso López, inicialmente dado a conocer en la Revista La Última Hora en 1953. En su análisis, insertado de lleno en una polémica con el historiador Herminio Portell Vilá, Aguirre revela su alto dominio sobre el tema en particular y sobre la historia de Cuba en general, pero sobre todo, su profunda alineación con el patriotismo y la nacionalidad cubana. Leer la polémica es desentrañar las esencias de la lucha ideológica de entonces y aprehender de las contradicciones de su movimiento intelectual. Aguirre enseña que la historia es ciencia sin dejar de ser ideología.

Sin lugar a dudas, Aguirre, a través de su obra escrita, de su profesorado y de su vida militante fue un vehemente defensor de la nación cubana. Mostrar sus valores patrióticos y las grandezas morales de su historia constituyó su única razón de ser.

Ante la pregunta si fue o no un historiador vale de nuevo preguntarse si él fue o no capaz de interpretar críticamente el pasado y mostrar sus grandes verdades.

Con su excelente y refinada pluma y con su brillante oratoria rompió silencios y movió pensamientos útiles al mejoramiento humano ¿eso es criticable en un historiador.

Lo recuerdo en su sillón leyendo todo cuanto caía en sus manos. También lo recuerdo agudo, ágil, brindándome consejos, sintiendo el presente con fogosidad y vehemencia, lo recuerdo defendiendo principios e ideas, lo recuerdo así, soñando con la vida.

Comentario a la monografía La creación artística en la política cultural de la Revolución Cubana (PCRC), 1988-1992. Acercamiento, de la Lic. Jorgelina Guzmán Moré.
Autor(a):
Dra. Mildred de la Torre Molina. Investigadora Auxiliar, Instituto de Historia de Cuba.

Cinco años atrás, la autora de la monografía objeto de este comentario me abordó porque quería investigar la política cultural de la Revolución. Desde entonces hasta el presente nuestras relaciones se han estrechado progresivamente gracias a un diálogo constante sobre el objeto de su investigación. Ello no responde a que formemos parte, en la actualidad, de un equipo de trabajo, sino a su afán e interés por intercambiar sus conocimientos sobre el tema. Resulta destacable su permanente deseo de superación, tanto en su campo específico de trabajo investigativo como en lo que concierne a las ciencias sociales en su conjunto. Telly, como usualmente se le conoce, indaga, investiga, lee constantemente y se mantiene actualizada.

La monografía fue discutida y conversada con cuanto colega ella entendiera que podía aportarle ideas, información y por supuesto, críticas. De ahí que para muchos este libro, aún inédito, pero en preparación para ser publicado, sea sumamente conocido.

Estamos delante de su primer trabajo de investigación. Sin embargo, el alcance de sus resultados, después de tres años de labor, parece el de una investigadora de mayor experiencia.

Abordar críticamente la política cultural, aunque sólo sea la referida al segmento artístico y literario, constituye una ventana interesante para acercar al lector al difícil mundo de la Cuba contemporánea. Al propio tiempo, el período seleccionado por la autora --no al azar por cierto, ya que existen otras valoraciones sobre los años precedentes-- es sumamente complejo; sin embargo, ella logra deslizarse con la misma intensidad exigida por el acontecer nacional. Puede intuirse el contexto de una política y de una creación sin entrar en grandes profundidades. Telly nos permite leer la sociedad cubana para el que la vive y la estudia.

La monografía, con 254 páginas, está estructurada en cuatro capítulos, las conclusiones, los anexos, la bibliografía y la cronología. Resulta interesante la elaboración de esta última, en tanto es infrecuente este tipo de aporte. Su importancia radica en que todo cuanto se expresa en el texto queda registrado en una guía cronológica que permite comprender la secuencia de los eventos descritos e interpretados en el cuerpo de la obra. Es como una columna vertebral para el ejercicio de cualquier empeño venidero.

Otro elemento significativo es la explotación de las fuentes bibliográficas, documentales y testimoniales. Resulta encomiable el amplio aparato referativo presentado por la autora durante su exposición. Hay un enjundioso cuerpo bibliográfico, de contenido específico y metodológico, capaz de salvar cualquier escollo en el difícil camino de la indagación sobre los problemas específicos de la política cultural.

Cualquier estudioso del tema tiene en el libro un excelente punto de partida que lo remite hacia todos los posibles caminos del entendimiento sobre el mismo, al menos los asequibles para los investigadores cubanos. Hay lecturas objetivas, serias y sistémicas que no pueden soslayarse en el momento de valorar estos resultados. En síntesis, la autora ha sabido orientarse y orientar sobre su campo específico de trabajo.

Estamos delante de una investigación inédita, que supera con creces a los intentos investigativos anteriores. Esa superación no es sólo en el orden del contexto cronológico, sino lo es también en el contenido informativo y por supuesto, en sus valoraciones personales y convincentes. Puede discreparse de algunos o de todos sus puntos de vista, pero ningún juicio contrario a los emitidos por la autora la cuestiona científicamente.

Para nadie resulta desconocido que este tema está en el centro de uno de los debates ideológicos más importantes de los días actuales en el país. El último congreso de la UNEAC y el movimiento de discusiones que se ha generado en numerosos sectores de la población sobre el devenir de la cultura en la nación cubana así lo evidencian. Obviamente, esta querella va más allá de las fronteras nacionales para insertarse en el conjunto de criterios que sobre la Revolución Cubana se genera en los círculos foráneos de opinión, mal o bien intencionados.

El desarrollo del libro evidencia que no fueron las medidas gubernamentales adoptadas, sino la propia maduración del proceso revolucionario --nítidamente develada a través de las transformaciones producidas en los planos de la conciencia social y de los imaginarios-- las causales de los cambios que en materia de política cultural se produjeron desde los finales de la década del 80.

La autora, acertadamente, expresa la inexistencia de “una sola” política cultural y la puesta en vigor de “varias” (pág. 9). Se infiere que son las instituciones las gestoras de las mismas. Este planteamiento sobre el objeto de investigación requiere de estudios multidisciplinarios y de nuevas lecturas científicas. No es posible, a pesar del carácter centralizado del Estado cubano, que la política cultural sea ejecutada exclusivamente por la institución gubernamental asignada para su rectoría. La política cultural en particular atañe a todas las esferas del sistema político y del quehacer de las individualidades, directa o indirectamente involucradas. El fenómeno identificado por Guzmán Moré es medular para el entendimiento de la relación entre sociedad, sistema político y cultura.

El discurso general del libro demuestra la necesidad de que se estudie la vida interna de la sociedad cubana, así como las incidencias de las políticas en la transformación de las formas y maneras de vivir la gente. Generalmente éstas se abordan a través de las medidas y de sus implementaciones, pero no se profundiza en sus resultados. Telly, a través de la política cultural, apunta hacia este problema destacando lo posible y lo imposible a investigarse. Lo no demostrado ha sido por carencias informativas y no por ausencias de empeños científicos. Insisto, en el texto hay teoría y práctica, metodología y contenido.

Altamente valioso es el equilibrio expositivo entre lo crítico y lo plausible, es decir, entre los aciertos y los desaciertos. Ello permite la presencia de un discurso coherente, realista y altamente reflexivo.

Entre las carencias del texto se observan el desenvolvimiento de la enseñanza artística y los elementos justificativos del desarrollo alcanzado por las artes plásticas en el período. Sobre lo primero se sabe que no tuvo la autora acceso a la información. En cuanto a lo segundo, resulta conocido el fenómeno en sí y ella es convincente en su demostración.

Igualmente, llama la atención lo señalado sobre el diferendo generacional en el momento de explicar el proceso complejo y fascinante de las artes plásticas. Vale preguntarse si, además del fenómeno anteriormente señalado, estuvo presente la mutación social provocada por el llamado “período especial” y sus consecuentes trastornos en el enramado sociocultural de entonces. También puede esclarecerse a través de los cambios que dentro y fuera de la sociedad cubana venían produciéndose desde algunos años atrás.

Podría seguir hablando sobre el libro, el desarrollo del tema merece un debate interesante y necesario para los tiempos presentes. Habrá muchos momentos para conversar sobre lo investigado por Telly. Lo cierto es que tenemos una investigación excelentemente concluida por lo dicho y por lo mucho que incita a la indagación futura. Felicito a la autora, con la certeza de un comienzo prometedor. De ella hemos aprendido a investigar y a conocer la política cultural.

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