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| Historias de la Historia natural en Cuba: Acerca de la historia de la Geología, la Mineralogía y la Panteología de José Alvarez Conde. | ||
Autor(a): Lic. Rolando E. Misas Jiménez . Instituto de Historia de Cuba. El Doctor en Pedagogía, José Alvarez Conde, publicó, entre 1956 y 1958, los cuatro primeros volúmenes de su monumental Historia de las Ciencias Naturales en Cuba, obra de referencia generalmente ignorada o apenas utilizada en nuestro país por la historiografía de la ciencia y por las historias generales más actuales realizadas con enfoque marxista. Sin embargo, ha quedado demostrado que aún mantiene su vigencia, como fuente de obligada consulta para los historiadores de la ciencia, cuando se logra superar el enfoque positivista prevaleciente en la misma por medio de la realización de un análisis conducente a satisfacer la necesidad de un conocimiento de síntesis y generalización sobre el devenir de esas ciencias, en los períodos de la colonia y de la República dependiente. A esta conclusión había llegado, en septiembre de 1996, un grupo de investigadores, en el entonces Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Tecnología –actualmente Museo Nacional de Historia de la Ciencia “Carlos J. Finlay”—en la mesa redonda dedicada a las disciplinas científicas historiadas por José Alvarez Conde, como parte de las sesiones efectuadas en la Conferencia Internacional “Johannes Christopher Gundlach”. La validez de la importancia de la obra de Alvarez Conde fue reconocida, en aquel momento, ante la carencia de una monografía general o de varias monografías de disciplinas específicas que la superaran. En el mencionado panel de 1996, tuve la oportunidad de efectuar una valoración del segundo de los tomos de la Historia de las Ciencias Naturales de Alvarez Conde, publicado en 1957, el cual acumulaba una valiosa información histórica sobre tres ciencias muy relacionadas entre ellas. En éste segundo tomo, dedicado a la Historia de la Geología, Mineralogía y Paleontología, resulta de especial interés las ideas y datos utilizados por su autor para explicar el devenir histórico de esas ciencias en el período republicano, si se tiene en cuenta que fue, en gran medida, un testigo excepcional de ese proceso. La lentitud que observaba Alvarez Conde en la evolución de esas disciplinas científicas, desde el período colonial hasta el período republicano, lo explicaba como parte de la debilidad de un quehacer científico que no participaba de manera activa en el aprovechamiento de los recursos naturales del país. Al mostrar su preferencia por el estudio del período republicano, Alvarez Conde tenía la convicción de que la tradición geológica, mineralógica y paleontológica del siglo XIX se había forjado, de manera parcial, sin apenas recibir estímulos del colonialismo español. En el caso del período republicano, Alvarez Conde reconocía que esas disciplinas habían reaccionado ante la formidable presión de una ciencia norteamericana que actuaba en correspondencia con el dominio que ejercía en la economía cubana una potencia de primer orden como Estados Unidos de América. Pudo demostrar, desde el punto de vista histórico, que el proceso evolutivo de esas disciplinas reflejaba una tendencia ascendente de acuerdo al esfuerzo combinado de los círculos académicos y de algunos organismos del Estado cubano para garantizar la supervivencia y el desarrollo de la ciencia cubana dentro del círculo de dependencia que generaba la presencia del capital norteamericano en la economía de la isla. A pesar de que ese proceso evolutivo fue lento, durante los primeros treinta años de vida republicana, a Alvarez Conde no le era ajeno que esas disciplinas se salvaron de un letargo indefinido, debido a la acción conjunta de los profesores de la Facultad de Ciencias de La Universidad de La Habana y de algunos funcionarios de la Dirección de Montes y Minas del Ministerio de Agricultura. En ese sentido, la enseñanza estatal universitaria promovida, desde la Facultad de Ciencias, por Carlos de la Torre en Paleontología y por Santiago de la Huerta en Geología y Mineralogía, sería emblemática hasta la década del 30, propiciando conocimientos en el país, no solo debido a la constancia teórica y al interés creciente por la práctica, sino también al contacto estrecho con los conocimientos proporcionados por la ciencia norteamericana, a través de becas en instituciones de esa nación. A esos esfuerzos en la Universidad se sumó una lenta pero importante acción estatal, desde la Dirección de Montes y Minas del Ministerio de Agricultura, con vista a profesionalizar el trabajo práctico en el campo. Fruto de la entusiasta gestión del funcionario e investigador geológico José Isaac del Corral y de las recomendaciones de los norteamericanos, el geólogo Robert Hastings Palmer y la paleontóloga Dorothy Kemper Palmer, se dieron los primeros pasos para concentrar en un equipo de trabajo las diversas capacidades individuales que actuaban de manera aislada por el desarrollo de esas disciplinas. De esa forma, surgió en 1938, la Comisión del Mapa Geológico, la cual tendría una relevante actuación investigadora en las décadas del cuarenta y del cincuenta. A diferencia de estos años iniciales de la República dependiente, no hay duda alguna de que las décadas del 40 y del 50 constituyeron para Alvarez Conde la etapa más importante, pues les dedica 76 páginas, es decir, conforman el capítulo más extenso de la obra, como reconocimiento al ascenso alcanzado por la Geología, la Mineralogía y la Paleontología Cubanas. En definitiva, ésta fue una etapa de vida republicana matizada por las perspectivas de insertar estas disciplinas científicas en el estudio y explotación de los recursos naturales de la isla, atendiendo las necesidades generadas por la Segunda Guerra Mundial y por el creciente interés de las compañías norteamericanas. Por tanto, existían estímulos suficientes para continuar y enriquecer los esfuerzos de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Habana y de la Dirección de Montes y Minas del Ministerio de Agricultura. No en balde, Alvarez Conde relaciona parte del avance de esas disciplinas científicas con el incremento de destacados profesores en el ámbito universitario habanero. En esos momentos, prestigiaban a la Facultad de Ciencias los paleontólogos Carlos Guillermo Aguayo, Ricardo de la Torre y Madrazo y Miguel L. Jaume, además de los geólogos René San Martín y Sáenz, Francisco Barroso y Ortega, Cristóbal Martínez Márquez, América Ana Cuervo y Luis Muñoz y del Valle. Los méritos alcanzados por estas disciplinas estuvieron presentes con la inclusión de ellas en las clases de Geografía que impartían los destacados profesores Salvador Massip y Sarah E. Ysalgué en la Facultad de Filosofía y Letras. En opinión de Alvarez Conde, la calidad del personal docente en las Facultades de Ciencia, de Filosofía y de Ingeniería garantizaba el futuro progreso de estas disciplinas científicas al promover una orientación práctica mediante el uso de los laboratorios y de las colecciones mineralógicas existentes. Fuera del contexto docente universitario, la acción estatal se manifestó en la labor de investigación de la Comisión del Mapa Geológico -llamada más tarde Comisión Técnica de Geología y Minería- adscrita a la Dirección de Montes y Minas el Ministerio de Agricultura. Con el apoyo del funcionario José Isaac del Corral y de su continuador Antonio Calvache, se propició el trabajo en conjunto de los geólogos Jesús Francisco de Albear y Armando Andreu y de los paleontólogos Pedro J. Bermúdez, Mario Sánchez Roig y Carlos Guillermo Aguayo bajo la dirección del geólogo Jorge Broderman. La Comisión también contó con la contribución personal de los representantes de la ciencia norteamericana, el geólogo Robert Hastings Palmer y la paleontóloga Dorothy Kemper Palmer. Entre los resultados más meritorios de la Comisión se encuentran el Mapa Geológico de Cuba, en 1946, y el Mapa Minero de Cuba, de 1947, superando con creces, por su calidad y bajo costo, la obra de los científicos que le precedieron o que compitieron con la Comisión a nombre de empresas norteamericanas. La capacidad profesional de los miembros de la Comisión del Mapa Geológico se manifestó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Integraron a su vez otras comisiones, ya fueran concebidas por el gobierno cubano o por el norteamericano. De esa forma, Brodermann y Andreu integraron la Comisión Técnica de Investigaciones de Yacimientos Asfaltíferos, organizada por el Estado cubano, mientras que Albear compartió con científicos norteamericanos los trabajos de la Comisión de Minerales Estratégicos del U.S. Geological Survey. De acuerdo con la información suministrada por Alvarez Conde, se puede asegurar que estas figuras cubanas de la investigación científica alcanzaron un nivel profesional equiparable al del más distinguido especialista norteamericano. A tan alto nivel llegó la calificación de ellos que, en algunos casos, pasaron a prestar sus servicios en el extranjero, como en el caso del paleontólogo Pedro J. Bermúdez en Venezuela, con poderosas compañías norteamericanas de petróleo. El optimismo de Alvarez Conde con respecto al desenvolvimiento relativamente exitoso alcanzado por estas disciplinas de la ciencia cubana en un contexto de dependencia económica a los Estados Unidos, lo impulsa a desear un mayor florecimiento de esas disciplinas basado en una participación estatal más activa. En su opinión, el Estado cubano debía establecer un Centro de Investigaciones con un doble propósito: el de controlar el conocimiento de la riqueza geológica y minera del país, para así evitar que las compañías privadas disfrutarán libremente y en secreto, del estudio y explotación de esos recursos naturales, y el de satisfacer la preparación de un personal especializado, utilizando, de manera eficaz, el Programa de Cooperación Técnica de la Organización de Estados Americanos dentro del denominado “Proyecto 29” . Alvarez Conde hizo esa demanda en 1957,a nombre de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, organismo autónomo del Estado, que había financiado la publicación de la Historia de la Geología , Mineralogía y Paleontología, para que el conocimiento del pasado más lejano y del más reciente sobre esas ciencias, sirviera de inspiración a los investigadores y profesores cubanos para continuar elevando el nivel de desarrollo de ellas y un mejor aprovechamiento de los recursos naturales, contando siempre con la protección del Estado cubano. Titulo: ¿Se cultivó el trigo en Cuba? Quizá las actuales generaciones de cubanos se sorprendan ante una respuesta afirmativa. Desde la época colonial ha predominado en la conciencia de nuestro pueblo los hábitos de dependencia hacia el consumo de la harina importada apoyándose en la supuesta imposibilidad de cultivar el trigo en Cuba debido a sus condiciones climáticas y de suelos. En realidad, el estudio de nuestro pasado agrícola colonial indica que en torno al cultivo de ese cereal se manifestó un pensamiento de transformación favorable a una agricultura campesina autosuficiente, del cual se nutrió la creciente identidad cubana como un antecedente importantísimo del ideario de independencia económica que ha llegado hasta nosotros. Ese ideario tuvo sus orígenes en las estrategias de diversificación y de avance de la ciencia y la tecnología agrícolas que promoviera, la Real Sociedad Económica de Amigos del País, desde La Habana , en la primera mitad del siglo XIX. Estas estrategias eran contrarias al monopolio harinero de los comerciantes importadores y a las preferencias económicas de los hacendados esclavistas por los cultivos comerciales de la caña de azúcar y del cafeto, pero también contemplaban la prevención necesaria ante las graves carencias alimenticias que padecería la población criolla de hacerse realidad el peligro, latente entonces, de un bloqueo naval a nuestro país por alguna poderosa nación, codiciosa de esta importante posesión colonial de España. Una parte relevante de esa estrategia estuvo encaminada al fomento del cultivo del trigo con vista a lograr la sustitución de importaciones y a ella se insertaron los esfuerzos de uno de sus principales protagonistas: Antonio Bachiller y Morales. Bachiller encontró en la Real Sociedad Patriótica de la Habana a intelectuales de la llamada clase media y a hacendados criollos que simpatizaban con sus ideas, no en balde su artículo sobre el cultivo del trigo en Cuba fue publicado por esta importante institución en la Memoria de 1848, cuando ocupaba la presidencia de la Sección de Agricultura. En esos momentos, Bachiller trataba de difundir en las regiones occidentales de Cuba la variedad de trigo y la cultura triguera que supervivían en el campesinado de Villa Clara confiando en que la caída del precio del café en el mercado mundial y el bajo nivel técnico de su cultivo llevaría a los hacendados cafetaleros a dedicar parte de sus tierras al cultivo de ese cereal, auxiliándose en la destreza empírica de las familias campesinas que podían ocuparse de su cultivo. Para el adiestramiento del campesinado criollo que no tuviera una cultura triguera o para el inmigrante español que desconociera el comportamiento del trigo en las condiciones específicas del medio natural cubano, Bachiller reunió en su artículo sobre el trigo el conocimiento tradicional de los campesinos de Villa Clara, las experiencias prácticas de un estanciero llamado Miguel Próspero Barata en las cercanías de La Habana y la información actualizada que aparecía en la Maison Rustique del agrónomo francés Oscar Leclerc. Los experimentos de Barata con trigo villaclareño le permitieron a Bachiller apreciar, personalmente, la importancia de tener al alcance de todos los productores una variedad de trigo que se había adaptado a las condiciones del medio natural de la región de Villa Clara y que podía ser diseminada a las regiones occidentales de la isla. Por otra parte, sospechaba que el trigo villaclareño era de la misma variedad del que se cultivó en algunas regiones cercanas a La Habana, como Canoa (en el entonces partido de Santa María del Rosario), Matanzas y en un ingenio de Guanajay. Lo cierto es que por ser un componente trascendental de la flora agrícola de Villa Clara y la única superviviente de las diseminaciones tempranas del trigo introducido por los conquistadores españoles, Bachiller les otorgó las denominaciones patrimoniales de "nuestro trigo", "trigo del país" o "trigo indígena". Contando Bachiller con el principio de austeridad que debía caracterizar a una institución, como la Real Sociedad Económica, con recursos muy limitados para desarrollar un programa de experimentos agrícolas, trató, al menos, de apoyarse en la observación empírica disponible para orientar correctamente a los productores interesados por la introducción de variedades de trigo foráneos que fueran parecidas a la de Villa Clara. Para Bachiller era más prudente imitar la iniciativa del médico José María Velásquez, quien había introducido en La Habana , desde La Mancha, España, una variedad de trigo "Barbudo", llamado "trigo Chacón", a pesar de que no era ésta del todo semejante a la variedad villaclareña. En opinión de Bachiller, la introducción de variedades de trigo foráneas debía depender de un proceso de selección basado en la comparación entre las observaciones personales que él realizara del trigo de Villa Clara y las características de las variedades barbados de trigos "duros" que señalara el agrónomo francés Oscar Leclerc. Al explicar las características morfológicas del trigo villaclareño, Bachiller trataba que fuera de fácil entendimiento para el campesinado, de ahí que no presentara un estudio propiamente botánico. Como conclusión, Bachiller destaca que el trigo del tipo "Barbudo", coincidente en sus rasgos morfológicos con los del trigo "indígena" de Villa Clara, se diferenciaba de otras variedades europeas en que poseía vellosidades o barbas que lo protegían de los pájaros, granos duros y amarillos que producían un pan de color amarillento, y por último, tenían la cualidad trascendental de adaptarse al clima tropical. Como resultado del proceso de adaptación del trigo observado en las condiciones naturales de Villa Clara y de la Habana , los meses más favorables para la siembra fueron septiembre, octubre y noviembre, recogiéndose la cosecha a los cinco meses sin necesidad de efectuar un desyerbe constante. En España demoraba la cosecha siete meses. A esta precocidad del "trigo del país", Bachiller le añadió la fecundidad en espigas al señalar que, en Villa Clara, cada grano sembrado daba lugar a 50 vástagos. Bachiller desconocía el rendimiento que alcanzaba el trigo en Villa Clara, sin embargo, menciona los datos alcanzados en un terreno menos fértil, cercano a La Habana, de 130 metros cuadrados, donde el experimento de Miguel Próspero Barata, proporcionó 36 libras de cereal a partir de las 0,25 libras sembradas inicialmente. Este resultado, destacado por Bachiller, le permitía al lector calcular un rendimiento de 1,2 toneladas por hectárea. También Bachiller se apoya en la experiencia triguera francesa que aportaba Leclerc sobre suelos de su país, para destacar que la diseminación del trigo a otras regiones de la isla no debía depender del color negro de los suelos sino de su textura media y de la capacidad que tuvieran para conservar la humedad de las lluvias y para recibir el calor del sol. De esa forma, rechaza cualquier exclusivismo con tierras negras aportado por el ejemplo concreto de Villa Clara. El trigo de subsistencia que cultivaban los campesinos de Villa Clara le sirvió a Bachiller para demostrar el importante papel que podía desempeñar la cultura empírica de los campesinos en el desarrollo de una agricultura tecnificada, de manera racional, que se contrapusiera a la desidia habitual apreciada en los esclavos de las plantaciones. En ese sentido elogiaba, como aspectos relevantes de la atención cultural triguera, los siguientes: Durante la preparación del terreno el campesino realizaba un gran esfuerzo por remover profundamente la tierra a pesar de las imperfecciones del arado de madera. La siega la realizaba el campesino primeramente al anochecer y después en las horas comprendidas entre el amanecer y las nueve de la mañana que eran los momentos en que las espigas aún se hallaban húmedas para evitar que se desgranaran con facilidad. El campesino cambiaba para el mes de octubre o dejaba para el 15 de noviembre el tiempo de siembra con la intención de evitar que, en septiembre, coincidiera la siembra del cereal con la aparición de una dañina plaga llamada aljorra. A pesar de esas ventajas de la atención cultural campesina, Bachiller señalaba algunas deficiencias que podían ser superadas por el campesino: el método de siembra al vuelo o al voleo ocasionaba una gran pérdida de simientes y podía convertir a los sembrados en maloja. Bachiller recomendaba el método de siembra que había ensayado Miguel Próspero Barata en el terreno, poco fértil, cercano a La Habana. Este método consistía en depositar el grano de la misma forma en que se sembraba el maíz, o sea, conservando una distancia de media vara entre cada grano sembrado. el barbecho no garantizaba la conveniente fertilidad de las tierras. Bachiller aconsejaba el empleo eficiente del abono vegetal y animal y la alternación o rotación de las áreas dedicadas al trigo con plantas tuberosas para mantener la fertilidad de los suelos y evitar que estuvieran improductivos. La importancia de este artículo de Bachiller determinó que fuera nuevamente reproducido en las ediciones de 1856 y 1882 de su elogiada compilación de trabajos suyos y extranjeros (traducidos y anotados por él) titulada Prontuario de Agricultura . El futuro promisorio que, en el siglo XIX, le asignaron Antonio Bachiller y Morales y la Real Sociedad Económica al cultivo del trigo en nuestro país se apoyaba en experiencias domésticas avaladas por la observación, la experimentación y el ejemplo de la sobreviviente tradición cultural campesina de Villa Clara. Esta es la enseñanza que nos ha proporcionado el estudio de ese lejano pasado histórico, la cual ha sido sintetizada en el presente trabajo, teniendo como base la información de una parte del libro El trigo en Cuba en la primera mitad del siglo XIX, publicado por la Editorial Academia en 1993. l interés por el cultivo de éste cereal, como probable sustituto de la harina importada, ha estado vigente en la actualidad en instituciones de investigación agrícola de nuestro país. De manera especial, los científicos agrícolas cubanos del Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical (INIFAT) del Ministerio de Agricultura y del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA) del Ministerio de Educación Superior mostraron en documentos oficiales del año 1991 su complacencia por los estudios históricos que aportaban conocimientos casi desconocidos sobre antiguos cultivares de trigo en Cuba porque corroboraban la certeza de las investigaciones aplicadas en trigo, realizados por ellos, dentro del Programa Alimentario en las condiciones del Período Especial. En ese propio año, se combinaron en el póster ¿Trigo en Cuba?, del Taller de Cultura Alimentaria Cuba-México, efectuado en el Jardín Botánico Nacional, los resultados de aplicación obtenidos en el INIFAT con los de investigación histórica sobre este cereal, mostrándose, por primera vez en público, el trigo cubano cosechado y el excelente pan elaborado de manera artesanal. Un reconocimiento importante a éste quehacer histórico vinculado a las necesidades científicas, sociales y económicas del país se alcanzó en 1992 cuando el libro El trigo en Cuba fuera premiado como Resultado Científico Destacado de la Academia de Ciencias de Cuba.
Un reconocimiento social muy merecido ha obtenido el compañero José Alejandro Rodríguez, desde las páginas del periódico Juventud Rebelde, por su encomiable labor en la “Sección Acuse de recibo”, pero también por los artículos que ha publicado en el espacio dedicado a “Opinión”. Por cierto, que el motivo de estas líneas se encuentra en el interesante artículo “Los peligros del marabú” que diera a conocer el compañero José Alejandro el domingo 27 de abril de 2008. Creo que, en esencia, el mensaje transmitido por él, consiste en que debemos ir a las “causas estructurales y funcionales” propiciadoras de la presencia de “marabúes” perjudiciales que “entorpecen el avance y el progreso de nuestro socialismo y enconan malignidades”. Dentro de esa idea, el compañero José Alejandro añade que “el socialismo cubano está obligado con urgencia, sin otra alternativa, a demostrar su eficacia y eficiencia en el ámbito económico, como base sobre la que se reconstruyan los paradigmas sociales, morales, políticos e ideológicos de la sociedad”. Coincido con estos criterios, pero deseo llamar la atención sobre la necesidad de aplicarlos a la producción de alimentos en nuestro país, como parte de las urgencias planteadas por el compañero Raúl Castro, en el discurso del 26 de julio de 2007, y después en casi todas sus intervenciones como Presidente del Consejo de Estado y de Ministros. Vale la pena recordar, de manera textual, las siguientes palabras del compañero Raúl, pronunciadas en aquella ocasión: Para tener más, hay que partir de producir más y con sentido de racionalidad y eficiencia, de forma que podamos reducir importaciones, en primer lugar de alimentos que se dan aquí, cuya producción nacional está aun lejos de satisfacer las necesidades. Estamos ante el imperativo de hacer producir más la tierra, que está ahí, con tractores o con bueyes, como se hizo antes de existir el tractor; de generalizar con la mayor celeridad posible, aunque sin improvisaciones, cada experiencia de los productores destacados, tanto del sector estatal como campesino, y de estimular convenientemente la dura labor que realizan en medio del calor sofocante de nuestro clima. Para lograr esta objetivo habrá que introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios. Desde mi modesta función de historiador, también comparto con el compañero José Alejandro el hecho de ser un “cubano pensante”, pero lo hago atendiendo la necesidad de proporcionar un conocimiento de nuestra riquísima historia nacional que contribuya, en algo, a resolver las urgencias alimenticias de nuestro pueblo, señaladas por el compañero Raúl. Por esa razón, quisiera expresar que las respuestas y soluciones para eliminar los problemas de los “marabúes” contemporáneos con relación a la sustitución de alimentos importados también hay que buscarlas en nuestro siglo XIX cuando los padres fundadores de nuestra patria, enfrascados en la conformación del pensamiento agrícola de emancipación, tuvieron que enfrentar en su época a “marabúes” mentales y económicos, a veces muy parecidos o peores a los actuales. La mayor prioridad de nuestros padres fundadores, en un contexto colonial muy hostil a las ideas libertarias, se encontraba en la formación de talentos autóctonos, para demostrar que los cubanos eran capaces de encontrar soluciones propias y dignas a problemas económicos del país como lo eran los alimentarios. Hoy, gracias a la obra de la Revolución triunfante, se dispone de mucho talento organizado en prestigiosas instituciones de investigación y docencia, sin embargo, pienso que no se ha podido utilizar, plenamente, las potencialidades de este “capital humano”, en la construcción de la economía autosuficiente de nuestro país, como eslabón esencial de nuestra independencia ante la agresividad del coloso norteño y la crisis alimentaria mundial provocada por los agrocombustibles y como aporte esencial al pensamiento socialista cubano y latinoamericano del siglo XXI. Creo que la capacidad creadora de estos talentos, en torno a una agricultura alimentaria sustentable, se ha visto limitada por los “marabúes”, indicados por el compañero José Alejandro, responsables del desconocimiento de los resultados de investigación científica acumulados por nuestras instituciones, provocando dificultades con la socialización de esos trabajos. Pienso que la construcción de este tipo de agricultura responde a un esfuerzo mancomunado de las colectividades científicas involucradas en la misma, es decir, debe lograrse la contribución de las diversas ramas del conocimiento agronómico pero también la de los sociólogos, economistas, filósofos e historiadores, en aras de lograr con sus trabajos una relación de carácter multidisciplinario, contando con el imprescindible apoyo de los periodistas, como profesionales encargados también de la socialización de los conocimientos producidos y de promover en la población, y en los jóvenes, la mejor identificación, con la cultura material y espiritual de la vida rural y campesina, ajustada a la modernidad posible. Debo señalar que los padres fundadores del siglo XIX se preocuparon tanto por la soberanía alimentaria del país que trataron, por todos los medios posibles, de llevar a efecto la socialización de las ideas y de los conocimientos de los científicos y de los campesinos de la época a través de la prensa y de los libros a pesar del analfabetismo imperante. Puede, por tanto, encontrarse en ellos un ejemplo a seguir en la actualidad, de gran provecho para el futuro de nuestra sociedad socialista, ahora que la población cubana constituye una de las poblaciones de mayor instrucción en el mundo. Pienso que la prensa y los espacios televisivos pueden ofrecer una mayor cobertura sobre los problemas alimentarios y las posibles soluciones, desde las perspectivas halagüeñas de los trabajos proporcionados por el talento científico disponible en el país. Por citar un ejemplo, no debe prevalecer en nuestros medios de difusión un desconocimiento incomprensible sobre el cultivo del trigo en nuestro país, cuando las investigaciones agronómicas e históricas de los últimos años en Cuba sobre este cereal, han demostrado que pueden contribuir, en algo o quizás en todo, a la sustitución de las costosísimas importaciones de harina. Recomiendo la lectura del trabajo histórico “¿Se cultivó el trigo en Cuba?”, publicado en la página WEB del Instituto de Historia de Cuba, y la consulta directa con nuestros científicos agrícolas especializados en este tipo de cultivo y en la obtención de la variedad cubana C-204, pues algunos de ellos han dado a conocer los resultados de sus últimas investigaciones en INTERNET, para de esa forma, destacar el hecho, sobresaliente, de que ésta variedad muestre muy buenas características agronómicas y se encuentre bien adaptada a las condiciones de Cuba. Con una revisión en INTERNET se puede apreciar que los estudios efectuados en la década de los noventa con esta variedad, propiciaron la realización de un segundo programa de mejoramiento varietal con la utilización de técnicas de radioinducción de mutaciones, las cuales permitieron el desarrollo de siete nuevas variedades cubanas de trigo. En el 2002, instituciones científicas cubanas participaban en el rescate de este cultivo en el país, con un financiamiento dirigido a la introducción de 8 variedades en la producción agrícola de los campesinos y de pequeñas comunidades (véase: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=300562 ). Acerca de la socialización de las variedades de trigo obtenidas en Cuba, también INTERNET: “En la actualidad el INIFAT desarrolla una labor extensionista y divulgativa sobre el cultivo de estas variedades de trigo en nuestro país. El primer territorio que se utilizó para el rescate de este cultivo fue la provincia de Sancti Spíritu y hoy en día están extendidas en casi todo el territorio de la provincia. También se ha logrado extender el cultivo del trigo en pequeñas parcelas en las provincias de Pinar del Río, Matanzas, Ciudad de La Habana , La Habana , Villa Clara, Granma, Ciego de Ávila, y en esta labor hay que destacar al MININT con la siembra de varias hectáreas para su consumo. Se ha logrado realizar un incentivo a los principales actores de las cadenas productivas, los campesinos y productores privados, que han visto las ventajas económicas que les representa el cultivo. Sin embargo, nos falta mucho por hacer, no ha ocurrido este nivel de concientización, ni de apropiación del conocimiento por parte de empresas, ni de actores estatales, a pesar de todas las bondades que ofrece el cultivo (los bajos requerimientos agronómicos que utiliza) y de la gran cantidad de hectáreas sin producir con que cuenta el país”. En otra parte de este trabajo se destaca: A pesar de que en Cuba todo el trigo que se consume para la alimentación animal y humana es importado, el INIFAT continúa su labor para la introducción de este cultivo en la agricultura de sostenimiento de pequeñas comunidades y familias y demostrar con hechos las ventajas de la producción del trigo en nuestras condiciones climáticas. El camino está iniciado”. Estas son algunas de las conclusiones planteadas por nuestros científicos agrícolas encargados de la generalización del trigo en nuestro país. Estas opiniones no aparecen en nuestra prensa ni en la televisión, solo pueden consultarse en INTERNET. La población continúa desconociendo estos esfuerzos de la ciencia cubana. Creo que es el momento de ofrecer una información amplia sobre el trigo que permita impulsar el camino iniciado por estos investigadores cubanos. Esta información debiera, por ejemplo, estar al alcance de la Comisión “Agroalimentaria” de la Asamblea Nacional del Poder Popular, constituida junto a otras once comisiones, como la de “Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología”, para trabajar todos en el perfeccionamiento de nuestro socialismo. Quizá el trigo cubano pueda ocupar, como lo deseaban nuestros padres fundadores del siglo XIX, una presencia tangible en nuestros campos, junto al arroz y otros cultivos, para satisfacer las necesidades perentorias de nuestra dieta tradicional alimenticia. Todo parece indicar que el completamiento del camino comenzado en el siglo XIX, por los deseos de emancipación agrícola de nuestros padres fundadores, depende de la desaparición de los peligros de los marabúes alegóricos indicados por el compañero José Alejandro. Con el concurso de todos los revolucionarios y patriotas, poseedores de talento y voluntad agrícolas, podemos lograr ese propósito, siguiendo la recomendación del compañero Presidente Raúl Castro de trabajar “con sentido crítico y creador, sin anquilosamiento ni esquematismos”. |
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