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Batista se preparo en vano.

Autor(a): Mayra Aladro Cardoso, Instituto de Historia de Cuba.

A finales de 1956, el dictador Batista y su cúpula militar consideraban que la magnitud de las fuerzas y medios del Ejército, la Marina y la Policía , así como la disposición de sus unidades a lo largo del territorio nacional, garantizaban el éxito de los planes de defensa para rechazar, neutralizar y aniquilar cualquier intento expedicionario o contra las actividades subversivas que pudieran producirse en el país. En este análisis se evidencia la subestimación que del contrario tuvieron las fuerzas batistianas.

Ante la posibilidad real del desembarco, el Gobierno desarrolló acciones en dos direcciones: por una parte, intensificó la propaganda desinformadora, demagógica y divisionista, dirigida a la opinión pública nacional e internacional, que se centró en generar una impresión de normalidad en el país. Se insistía en que, en caso de ser alterada la tranquilidad, se disponía de los medios necesarios para liquidar cualquier acción; por otra parte se difamaba a los revolucionarios, divulgando supuestos vínculos con Prío y el gobierno trujillista. Aquí se evidencia otra característica de estas Fuerzas Armadas: la utilización de la mentira para tergiversar la verdadera actitud de los revolucionarios.

Aun cuando conocían que se avecinaba realmente el enfrentamiento armado, los representantes del gobierno no lo reconocían públicamente, por el contrario, le restaban credibilidad e importancia y calificaban cualquier acción revolucionaria de absurda y suicida.

El 15 de noviembre, el jefe de Estado Mayor del Ejército, Mayor General Francisco Tabernilla declaraba a la prensa que el Ejército estaba en condiciones de repeler cualquier agresión enemiga. Por su parte, el 18 de noviembre, el primer ministro García Montes expresaba que existían evidentes deseos de invasión y perturbación del orden, pero que como señalaba el vejo refrán del dicho al hecho había un gran trecho.

El propio dictador Batista afirmaba en declaraciones públicas que no se alteraría el Orden público, ni realmente se produciría una invasión.

Por otra parte, en el plano militar, se ocuparon de tomar medidas para el fortalecimiento de la capacidad combativa de las Fuerzas Armadas e intensificaron los servicios de Exploración y Patrullaje del Ejército y la Marina de Guerra. En noviembre, era constante la actualización de los planes y la movilización de fuerzas y medios, al punto de que fue decretado el estado de ALERTA.

El 5 de noviembre, los órganos de inteligencia del régimen habían informado que los revolucionarios cubanos habían adquirido el yate Granma, por lo que el mando castrense ordenó incluir este nombre en el listado que tenían la Fuerza Aérea del Ejército y la Marina de Guerra, a fin de identificarlo e interceptarlo.

Dos días después, el Jefe de Estado Mayor del Ejército dio a conocer a todos los mandos la Directiva de Operaciones No. 5, MUY SECRETA. En una especie de introducción a esta Directiva se reconocía la inminencia de un acción contra la tiranía. Pero, al mismo tiempo, recurría a la mentira y al engaño para desnaturalizar los ideales y objetivos de los revolucionarios cubanos, al introducir la calumnia de que estaban vinculados a Prío y al dictador Trujillo

En correspondencia con este engendro introductorio, se establecieron medidas en tres direcciones: reforzamiento de la seguridad de los puertos y campamentos, mantenimiento del Orden Público; vigilancia sobre los elementos subversivos o revolucionarios.

Por supuesto, en este y el anterior punto se trataba de la ya acostumbrada represión brutal:

•  Instruir bien al personal de todos los mandos para que, en caso de producirse cualquier ataque de elementos contrarios al Gobierno, lo que se esperaba entre el 20 y 27 de noviembre se repeliera la agresión, y al mismo tiempo, se comunicara a través de escalones de mando a la Jefatura del Ejército.

•  Debía comprobarse que todo el personal estuviera debidamente equipado en cuanto a armamento y parque.

El propio Batista ordenó, el 14 de noviembre al jefe de la Fuerza Aérea del Ejército, organizar el servicio de patrullaje, que desde octubre, funcionaba con base en la provincia de Camagüey, y cubría la región centro-occidental. A la siguiente semana, se le ordenó reestructurar ese servicio y aumentar el número de veces que debían realizar diariamente los recorridos previstos. Simultáneamente, se le entregaron tres aviones del tipo F-47 para garantizar el cumplimiento de las misiones.

Los vuelos de reconocimiento se realizaban todos los días con dos patrullas: por la mañana y por la tarde, entre las 06:00 hrs y las 16:00 hrs. Empleaban aviones F-47, B-25 y F-14 para explorar la tierra y el mar-hasta 20 millas de la costa- y comprendían todo el Norte- Sur de las provincias orientales.

Además, se reforzó el territorio del Regimiento No. 8 de la Guardia Rural , en Holguín, al que se le agregó una batería de artillería de costa bien entrenada que contaba con cuatro oficiales, 15 clases y 73 alistados procedentes del Regimiento Mixto de Artillería “Máximo Gómez”.

Otro elemento que tuvieron en cuenta en la preparación de las fuerzas de la tiranía ante el enfrentamiento que sabían se llevaría a cabo, fue la colaboración que brindó el gobierno de los Estados Unidos, cuyos funcionarios y el embajador en Cuba se pronunciaron sobre el grado de tranquilidad y prosperidad existentes en la Isla.

Al suministro de armamento, técnica de combate, asesoría e instrucción militares se sumó el apoyo político-moral al régimen, con la visita de personalidades y naves de guerra. El 2 de noviembre de 1956 llegó a Cuba el mayor general Thomas L. Harold, jefe del Ejército de Estados Unidos en el área del Caribe, con asiento en la zona del Canal de Panamá. En coincidencia con esa visita, llegaron al país un submarino y un buque escolta. Posteriormente atracaron en puertos cubanos tres submarinos, seis destructores escoltas y cinco barreminas, con una tripulación total de 1 392 oficiales y marinos.

Esas visitas no fueron casuales. Por supuesto que no se trataba de la participación de estos medios en el enfrentamiento a la expedición armada que se preparaba en México. Ellos conocían del plan de los expedicionarios, pero experimentaban una total subestimación hacia él, actitud que se ha expresado como una constante histórica de los gobiernos estadounidenses respecto a los revolucionarios y pueblo cubanos. Consideraban que el proyecto era irrealizable y, en todo caso, creían que las Fuerzas Armadas del régimen eran lo suficientemente capaces de neutralizarlo y vencerlo.

El 30 de noviembre de 1956, cuando se esperaba el desembarco de los expedicionarios que se preparaban con Fidel en México, los institutos armados del país, incluyendo en ellos el Ejército (21 307 miembros), la Policía Marítima ( 361 efectivos), la Marina de Guerra ( 5 946 efectivos) y la Policía Nacional ( 7 655 efectivos) lo que hacía un total de 35 997 efectivos y todo su equipamiento técnico estaba distribuido a lo largo del país.

La Marina contaba además con tres fragatas, un crucero, un buque escuela, tres buques patrullas escoltas, un buque patrulla faro, quince guardacostas y tres buques auxiliares, mientras la Fuerza Aérea contaba con 20 aviones B-26 de bombardeo ligero, 17 F-47 y 8 T-33 de persecución, así como 32 aviones de transporte de diferentes modelos.

Una apreciación general de las fuerzas del régimen ponía de manifiesto que poseían suficiente armamento en cantidad y calidad, su dispositivo defensivo era amplio y seguro, contaban con una red estable de suministros logísticos y asesoría militar estadounidense. El aparato militar disponía de un extenso y relativamente eficaz servicio de inteligencia, que le permitió disponer siempre de una información bastante exacta, al punto de conocer el día de salida del yate Granma desde México y la posibilidad de que el desembarco fuera apoyado por acciones en la país.

Sin embargo, no obstante las medidas extraordinarias que tomaron los jerarcas militares del batistato, fueron sorprendidos por las acciones del 30 de noviembre y no pudieron interceptar el Granma, ni siquiera impedir su desembarco. Estos hechos constituyeron en realidad un fuerte cuestionamiento de la eficacia de las Fuerzas Armadas, así como de los planes elaborados y las disposiciones especiales establecidas para evitar dichos acontecimientos.

Los mismos están justificados por elementos como la subestimación del enemigo por parte de los jerarcas del batistato y sus amos del Norte, así como la debilidad en los ideales que estas Fuerzas Armadas defendían a lo que se pudiera añadir la desenfrenada desinformación que se trató de trasmitir que en muchas ocasiones los llegó a confundir a ellos mismos.

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