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Parentela de alcurnia. La alta burguesía cubana de 1920 a 1958.

Autor(a): MsC. Maikel Fariñas. Investigador Agregado. Instituto de Historia de Cuba.

Una larga parentela, descubierta de pronto, puede producir satisfacción o agobio. Si bien hay mucho más afecto por recibir, aparecen también nuevos cumpleaños a recordar, más álbumes de fotos por comprar y primos que causan muchas molestias. Para colmo de quejas, quedará la posibilidad de que vengan a avecinarse en el mismo edificio habitado por la historiografía nacional.

Este inmueble, dicho sea de paso, se vio de pronto invadido por una pequeña pero sustanciosa masa de inquilinos. El libro de Carlos del Toro La alta burguesía cubana 1920-1958 vino a llenar con hombres y nombres buena parte del calidoscopio social republicano. Publicado por Editorial de Ciencias Sociales ( La Habana , 2003) este volumen quedó estructurado en dos partes, la última de estas complementa la primera.

Durante las últimas décadas, los esfuerzos de investigación sobre lo social en Cuba, se dirigieron hacia el estudio de aquellos sectores populares tradicionalmente forzados a vivir con las mayores privaciones. Sin embargo, estos trabajos exhibieron como su principal deficiencia un determinismo organizativo. Carlos del Toro, conocedor esta situación, avanzó como pionero de nuevos enfoques hacia el estudio social de los obreros en Cuba.

Si bien los estudios de la clase obrera cubana adolecieron de limitaciones, el estudio social de la burguesía quedó varado en la amnesia. Del Toro, pionero una vez más, emprendió la dura tarea del descubridor. El empeño por cubrir este vacío en la historiografía cubana le consumió los últimos años de su vida.

Discreción y respeto parecen palabras de primer orden para encarar una obra póstuma, inacabada por añadidura. La materialización de este volumen es en sí mismo un hecho positivo. Ante lo que pueda señalársele como imprecisión o desacuerdo, cabe preguntarse: de haber podido ¿no lo habría superado su autor? Luego, los apuntes que siguen tratarán de observar sus logros y desaciertos, siempre teniendo en cuenta que, lo insuficiente o inacabado puede achacarse a la lamentable muerte de este historiador.

En tanto objeto estudio, La alta burguesía cubana... reúne muchos elementos de necesario análisis a los que el autor atinadamente se orienta. No vale aquí repetirlos todos, pero resulta imprescindible señalar algunos.

La obra aporta el conocimiento de buena parte de la historia republicana: las circunstancias y actividades de quienes vivieron en su más alta cúspide social. Comprende el esfuerzo por acercar al estudio de lo social, de los individuos, de sus estilos de vida, lugares de asentamiento y prácticas rutinarias. El libro en su contenido resulta muy abarcador, si bien esto puede presentar dificultades, su amplio espectro de análisis permite una profunda comprensión de la globalidad del aspecto social estudiado.

El autor logra la caracterización de este selecto grupo de privilegiados, su estudio como pudientes señores de la política y la economía del país. No se le escapan elementos hacia el interior de esta clase: el ocio, su proyección religiosa, e incluso familiar. Por ejemplo, se llama la atención sobre la existencia del gran propietario casa-teniente, así como se apunta el fenómeno de su movilidad residencial. De igual modo, se resalta la presencia de una élite profesional, junto a otros acumuladores de fortunas que no alcanzaron este tipo de preparación. A todo ello vale agregar que del Toro indica una gran cantidad de nuevos temas viables de investigar.

El estudio de su dinámica interna de las clases altas, facilitó la observación de aquellos aspectos internos, expresiones vivas del accionar diario de esta clase social. Esta búsqueda de lo íntimo, de los detalles de la cotidianidad, provee durante la lectura de elementos que virtualmente aportan una representación casi gráfica o habitada de la burguesía cubana. El texto, aún cuando puedan señalársele otros aspectos, decanta en el lector una familiaridad con el tema, que sin duda refleja el profundo conocimiento que el autor poseía sobre él.

En cuanto a la segunda parte del libro, no puede dejar de señalarse los beneficios que reporta para el estudio del desenvolvimiento capitalista del país. Esta “Dinámica”, no es más que un concienzudo esfuerzo autoral por poner en manos del lector una obra definitiva.

Por lo acertado de comprender en su estudio los espacios de una vieja y una nueva burguesía, puede partirse del criterio que es el capítulo relativo a la Economía y prestigio el que debió abrir el libro. Por demás, el prestigio social no solo debe incluir en su análisis lo relativo a la cultura material. Para el estudio de algo intangible como el prestigio, se necesita agregar todos los órdenes de lo subjetivo. El prestigio no puede estar montado solamente en la riqueza. Se puede, en cualquier sociedad, tener prestigio sin que sea preciso llevar el bolsillo o el estómago llenos. Por ello es que la economía y el prestigio constituyen un binomio armónico, solo a los efectos de una cultura material.

Llama la atención que se elijan para derrumbar el mito del apoliticismo de la burguesía solamente los Clubes de recreo, cuando el activismo político de esa clase rebasaba por amplio margen esas instituciones, para expresarse también en los partidos políticos y las diversas instancias del Estado. Sin embargo, la decisión de ilustrar las incursiones políticas de estos clubes con el caso del Habana Yacht Club ha sido, sin duda, muy oportuna, pues éste no se limitó a dar felicitaciones por el derrocamiento de Gerardo Machado. En su seno se desarrollaron otras acciones opuestas al régimen –incluyendo las de orden conspirativo- que le ganaron serias dificultades con las autoridades.

Algún reparo puede ponerse al esfuerzo que más adelante se realiza para ejemplificar una concepción hereditaria del caudillismo, lo cual no parece muy acertado. En todo caso lo que se demuestra es lo hereditario de la accesibilidad al poder de esta clase. Los casos de José Miguel Gómez y Mario García Menocal como caudillos son incuestionables, pero semejante legado no puede ser adquirido por simple sucesión. Carisma y talento -utilizados en beneficio o no del país- no se alcanzan solamente por vía genética. El autor hace muy extensivo el uso del calificativo caudillo sin hacer el debido distingo de aquellos regionales y los que alcanzaron una proyección nacional.

Agréguese que el concepto de nacionalidad empleado por el autor es estrictamente jurídico. Sin embargo para los fines de este libro pudo emplearse una categoría económica de nacionalidad capaz de identificar a los miembros de esa burguesía -no solo por su estatus legal en el país sino- con arreglo a su naturalización económica.

Por otra parte, no quedan propiamente delimitados por el autor el esparcimiento de la alta burguesía cubana y las inversiones que estos individuos realizan en la llamada industria sin humo. Ambas cuestiones son abordadas como si se tratase de un mismo problema. Carlos del Toro circunscribe mayormente el ocio al deportismo, y con ello escapan a su atención otros muchos elementos validos de analizar en materia de esparcimiento.

Finalmente, no pueden dejar de señalarse algunas cuestiones: como la cantidad de extensas citas, y la lamentable ausencia de un índice onomástico. Aspectos estos que actúan en detrimento de la funcionalidad de la obra.

Sin duda la muerte le escamoteó al autor la conclusión definitiva de lo que constituye un hito en la historiografía nacional. Carlos del Toro se convirtió en uno de los pioneros de los temas de la historia social en el país. Sus esfuerzos han procurado poblar la historia de Cuba; masas y élites le deben su rescate.

Los temas de la historia social requieren continuamente de nuevos espacios en la historiografía cubana. Nadie se preocupará pensando en la superpoblación o algo así, pero habrá que buscar algo de madera y construir una popular barbacoa en este antiguo edificio que hoy ocupa la Historia. Queda por ver como se ajustará esta parentela de alcurnia en estos improvisados mezzanines contemporáneos.
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